Mostrando entradas con la etiqueta olga orozco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta olga orozco. Mostrar todas las entradas

17 de agosto de 2026

María Sol Morais, 10 poemas 10

SECUELA

Quitarle a un pez el anzuelo
que le atravesó todo el cuerpo
y devolverlo al mar.

¿Vivirá?




Obra de Aron Wiesenfeld

NUNCA NEVÓ EN CANALS

Conocimos la nieve
en junio de 1996
y así quedamos,
cada uno,
con su muñeco de trapo en la mano,
enceguecidos por el frío,
sobreviviendo entre techos pueblerinos,
alrededor de un ferrocarril,
donde nunca más
pasó un tren.


Obra de Aron Wiesenfeld
DAMOS SALA

Vas a tener 9 años 
recién cumplidos, 
se te va a acercar una monja,
te va a decir: “Dios se lleva a su jardín
las mejores flores”. Luego,
sonará por todos lados: 
los buenos mueren, los buenos
mueren. 
Vas a tener 12 y otra vez la muerte
respirándote cerca, 
tan cerca que grabarás a fuego 
su aliento agrio,
se te meterá adentro,
cuestionándote la fe,
la vida, 
el sentido.
Te van a decir
tantas cosas, te vas a decir
tantas cosas. Nadie te va decir: 
“preparate chiquita”, 
“esto recién comienza”, 
“empezaste temprano”, además
de la muerte de tu padre y de tu madre,
de la idea de familia, de todo lo que creías
seguro, verás morir
seres amados, tuyos y de tus amigos,
morirás vos misma, una y otra vez,
conocerás el eterno poema de Perlongher 
y descubrirás cadáveres 
por todos lados, la muerte
será parte de la escena, a veces
protagonista principal,
doble de riesgo,
telón de fondo, entonces, la vida
burdamente absurda, 
se matará de risa en tu cara,
tanto, 
que te hará reír,
llorando incluso, a carcajadas,
reirás.


CÍCLICA

La mesa era redonda,
es redonda, quiero decir,
sigue existiendo,
la tiene uno de mis hermanos.
Guarda en su interior
dos tablas,
se abre al medio,
despliega sus alas,
se agranda y queda ovalada.
Cuando dejamos de ser seis
ya no fue necesaria su extensión,
quedó redonda,
circular, como el uroboros
y nunca sabés bien
si el ciclo termina
o está por comenzar.


Obra de Aron Wiesenfeld
EN EL NOMBRE DE ELLA

Rezábamos
todas las noches
como rutina de iniciación,
tus dedos en mi frente 
sellaban,
mansamente una cruz
de arriba abajo,
de sien a sien,
tapada por un flequillo
intacto
donde perdura
la bendición.


‘The Last Stop’ de Aron Wiesenfeld
SUEÑO RECURRENTE I

¿Alguna vez soñaste 
que eras chico
y el auto se ponía en marcha
con vos adentro?
A mí me pasaba seguido.
Mi viejo decía: “esperame acá,
no le abras a nadie, ya vuelvo”,
pero no alcanzaba a poner un pie en la despensa,
que el Duna avanzaba sin pausa,
mientras mi voz se estrellaba contra el vidrio
y él corría detrás.
El escenario no cambiaba,
la esquina con la casona vieja,
el bulevar,
el ferrocarril de fondo
y el veredón siendo testigo principal.
Con el tiempo, la desesperación,
como un relámpago,
se fue desvaneciendo,
pero yo seguía ahí, atrapada
como un pájaro en una jaula rodante,
pasando por esa esquina
sin parar, viendo a mi padre
achicarse a la distancia, en la vereda.
Un día, aún sin ser mayor de edad,
parece que aprendí a conducir,
esquivaba otros autos,
pasaba a saludarlo y nos decíamos,
ventanilla y bulevar mediante,
lo mucho que nos extrañábamos.
Nunca supe cuándo pactamos
encontrarnos siempre
en la misma estación,
pero recuerdo esa fiesta,
la pista de patinaje,
el trozo de brea
y mi cuerpo cayendo.
Tenía 6 o 7 años, una muñeca
fracturada, expuesta
y un padre sosteniéndome la mano.
En el quirófano,
mientras las hormigas coloradas
trepaban por mis venas
sin dejarme decir “uno”,
los médicos contaron hasta tres.
Desperté aturdida bajo una luz incandescente,
una puerta gigante se abría,
y el que entraba, era él.
Durante años
pensé que así sería mi muerte,
una luz brillante,
una puerta abierta y ellos,
esperándome del otro lado.
Ahora que creo en otras cosas,
y ya no lo busco en ferrocarriles,
ni en bulevares,
basta un motor encendido,
cualquier Duna pasando por alguna calle,
para que me suba a esa ruta invisible
donde la complicidad
es apenas un guiño
entre dos sombras que se cruzan,
dos destellos que se miran de reojo
y quedan ardiendo,
inalcanzables y unidos,
para siempre.


Obra de Aron Wiesenfeld
AHONDAR

Con la misma prisa 
con la que el reflejo del cielo
desaparece en un charco, 
lo que brilla en la superficie se oxida
y aunque todo lo profundo ama el disfraz, 
es necesario tocar fondo de vez en cuando,
rozar la médula del agua, 
bucear las oscuridades, allí 
donde el silencio guarda todos sus fósiles,
aprender del camuflaje de los peces, 
llorar como ellos
sin que nadie se dé cuenta.


Obra de Aron Wiesenfeld
VÍCTIMA

Estoy acá,
no me fui,
no voy a irme,
seré tu sombra y tu luz,
regaré tus plantas,
pondré tu canción favorita,
te haré bailar,
me olvidarás como a aquel paraguas,
te mojaré entera,
morirás de frío,
te enfermaré, luego
te llevaré a la cama,
pondré paños fríos en tu frente,
te abrigaré,
prepararé té de jengibre, miel y limón,
cocinaré para ti,
te alimentaré,
me alimentarás,
me acostaré a tu lado,
te abrazaré,
nunca más
estarás sola.


Obra de Aron Wiesenfeld
TIEMPO ORGÁNICO

Así como no hay error
en la oruga
ni en la mariposa,
ningún fruto cae
fuera de estación.
La aceptación es un pasillo oscuro, 
sinuoso,
lleno de espinas,
laberíntico, que desemboca
inevitablemente 
en un campo florido. 
El jardín sabe de espera.
Hasta el dolor más hondo 
madura
cuando la rama lo suelta.



Obra de Aron Wiesenfeld
REALIDAD PARALELA

Madre, madre,
vuelve a erigir la casa y bordemos la historia.
Vuelve a contar mi vida.

I

En una realidad paralela
el 30 de junio
del año 2000
me atendés el teléfono,
confirmás la remisión
de la enfermedad,
volvés al pueblo,
la raíz se expande
ramificando el linaje,
cobijás con tejidos coloridos
los nuevos frutos,
hasta que la vida
siguiendo su curso,
te encuentra un día
acostada en tu cama,
rodeada de nietos,
escuchando de sus voces
los cuentos que antes les leías
y una brisa suave entra por el balcón,
te envuelve,
te duerme,
te lleva,
mientras entibio tus manos
con esa gratitud
de haber gozado
la vida que nos dimos.

II

En una realidad paralela
desciendo livianamente,
caigo,
soy alivio,
lluevo.

La casa profunda, 2025




María Sol Morais 
(Canals, Córdoba, 1987)
Reside en Córdoba 
POETA/LICENCIADA EN TRABAJO SOCIAL/
NUMERÓLOGA/ASTRÓLOGA
de La casa profunda, (edición de autora), 2025 
Arte de tapa Joaquin Bonetto
Contratapa de Jorge L. Carranza

7 de enero de 2019

Olga Orozco, No hay puertas


Fotografía de Gohar Dashti
NO HAY PUERTAS

Con arenas ardientes que labran una cifra de fuego sobre el tiempo,
con una ley salvaje de animales que acechan el peligro desde su madriguera,
con el vértigo de mirar hacia arriba,
con tu amor que se enciende de pronto como una lámpara en medio de la 
                                                                                                            noche,
con pequeños fragmentos de un mundo consagrado para la idolatría,
con la dulzura de dormir con toda tu piel cubriendo el costado del miedo,
a la sombra del ocio que abría tiernamente un abanico de praderas celestes,
hiciste día a día la soledad que tengo.

Mi soledad está hecha de ti.
Lleva tu nombre en su versión de piedra,
en un silencio tenso donde pueden sonar todas las melodías del infierno;
camina junto a mí con tu paso vacío,
y tiene, como tú, esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez,
hasta un fulgor de ayer que se disuelve en lágrimas, en nunca.

La dejaste a mis puertas como quien abandona la heredera de un reino del 
                                                        que nadie sale y al que jamás se vuelve.
Y creció por sí sola,
alimentándose con esas hierbas que crecen en los bordes del recuerdo
y que en las noches de tormenta producen espejismos misteriosos,
escenas con que las fiebres alimentan sus mejores hogueras.
La he visto así poblar las alamedas con los enmascarados que inmolan el 
                                                                                                              amor
—personajes de un mármol invencible, ciego y absorto como la distancia,
o desplegar en medio de una sala esa lluvia que cae junto al mar,
lejos, en otra parte,
donde estarás llenando el cuenco de unos años con un agua de olvido.
Algunas veces sopla sobre mí con el viento del sur
un canto huracanado que se quiebra de pronto en un gemido en la garganta 
                                                                                                 rota de la dicha,
o trata de borrar con un trozo de esperanza raída
ese adiós que escribiste con sangre de mis sueños en todos los cristales
para que hiera todo cuanto miro.

Mi soledad es todo cuanto tengo de ti.
Aúlla con tu voz en todos los rincones.
Cuando la nombro con tu nombre
crece como una llaga en las tinieblas.

Y un atardecer levantó frente a mí
esa copa del cielo que tenía un color de álamos mojados y en la que hemos 
                                                          bebido el vino de eternidad de cada día,
y la rompió sin saber, para abrirse las venas,
para que tú nacieras como un dios de su espléndido duelo.
Y no pudo morir
y su mirada era la de una loca.

Entonces se abrió un muro
y entraste en este cuarto con una habitación que no tiene salidas
y en la que estás sentado, contemplándome, en otra soledad semejante a mi 
                                                                                                                   vida.





Olga Orozco
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
de Los juegos peligrosos, 1962
en Olga Orozco Obra Poética, Biblioteca Ayacucho, 
Caracas, Venezuela, 2000
Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía de Manuel Ruano
para leer MÁS , MÁS y MÁS

6 de diciembre de 2012

Alejandra Pizarnik, Sous la nuit

(*) s/d del autor de la fotografía

a Y. Yván Pizarnik de Kolikovski, mi padre


Los ausentes soplan grismente y la noche es densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto.

Huyo toda la noche, encauzo la persecución y la fuga, canto un canto para mis males, pájaros negros sobre mortajas negras.
Grito mentalmente, el viento demente me desmiente, me confino, me alejo de la mano crispada, no quiero saber otra cosa que este clamor, este resolar en la noche, esta errancia, este no hallarse.

Toda la noche hago la noche.

Toda la noche me abandonas lentamente como el agua cae lentamente. Toda la noche escribo para buscar a quien me busca.

Palabra por palabra escribo la noche.





Alejandra Pizarnik 
(Buenos Aires, Argentina, 1936-1972)
Copia de la hoja mecanografiada por Alejandra Pizarnik, 
enviada a Félix Grande 
(Cuadernos Hispanoamericanos) en agosto de 1972
En Textos de sombra y otros poemas,
Edición de Olga Orozco y Ana Becciú
Buenos Aires, Sudamericana, 2ª edición, 1985
para leer más en POESÍA DE MUJERES 
MÁS

17 de enero de 2012

Ana Becciu, de Como quien acecha (4 poemas 4)


Fotografía de Geoffroy Demarquet

Dirá que fue la noche
la noche la vida la noche
la atroz locura de amar el sueño
la palabra
la ardua labor de imaginar los signos

                                                        A Olga Orozco

Dirà che è stata la notte
la notte la vita la notte
l’atroce follia di amare il sogno
la parola
il difficile lavoro d’immaginare i segni

a Olga Orozco

(Traducción del CCTM)


Fotografía de Geoffroy Demarquet

COMO QUIEN ACECHA

Como quien acecha
los descampados instantes
agazapado
en cada entraña del aire,
así  yo,
fibra minúscula
donde la nada
se inventa,
recorro
la muralla de los nombres.
Como quien acecha
en el límite
de los bordes tanteándolos
para un salto
mortal,
así yo,
invocando la sombra
de los cuerpos
soy en vilo
un abismo
expectante.


Fotografía de Geoffroy Demarquet

Quien reconozca
la noche
que aún no ha presentido
en su voz la locura;
quien reconozca,
al promediar la fiebre,
la angostura del aire;
el nacimiento
de todo lo que es miedo
y a solas late,
sabrá
qué es lo que se adueña
de los bordes.
 Aguarda detrás de los vidrios.
Crece sin miedo.
Apela a los más fríos crepúsculos.

Es tu oscura cicatriz
iniciando la danza
profanadora de tu mente.






Ana Becciu 
(Buenos Aires, Argentina, 1948) 
Reside en Francia
POETA/TRADUCTORA LITERARIA
de Como quien acecha, Ediciones de la flor, 1972
Sobre su relación con OLGA OROZCO
para leer MÁS

8 de agosto de 2011

Olga Orozco, Si me puedes mirar


(*) sin datos del autor de la fotografía
SI ME PUEDES MIRAR

Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio
de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre: tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda entre las galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.
Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el más imposible de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo por no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo
en el que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.



Olga Orozco 
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
de Los juegos peligrosos, 1962
en Otro río que pasa (un siglo de poesía argentina contemporánea)
Compilación y prólogo: Jorge Fondebrider
Bajolalunapoesía, 2010
para leer MÁS
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...