Mostrando entradas con la etiqueta dolors alberola. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dolors alberola. Mostrar todas las entradas

29 de enero de 2012

Dolors Alberola, Del lugar de las piedras


Vista del Famatina, La Rioja, Argentina


DEL LUGAR DE LAS PIEDRAS

Debajo de la tierra, en la campiña 
donde los hombres tienen sus haciendas,
donde los eucaliptos alzan sus brazos hacia el viento
y danzan en hileras, inmóviles, clavados
como cruces de enormes esmeraldas 
a los pies del montículo, otras manos escarban.
Van haciendo los pozos diminutos
que jamás dan al agua, sino a la piedra, al duro
metal que no corroe la tierra en su habitáculo
sino el brutal delirio del abono,
el turbulento paso de los ácidos,
la amargura del tedio de los hombres.


Galerías estrechas van bajando
al corazón silente de otros tiempos.
Allá donde estuviera 
de Roma su hermosísimo armazón, 
hoy hay una ceniza arrinconada
de vidrios irisados y monedas,
fragmentos que nos duelen de plomo en ambas manos,
la tierra sigilata fragmentándose 
más allá de los ojos.
Ahí, como las betas de un mineral ardiendo
sacan, ellos, anillos, bajorrelieves nítidos 
como sellos y falos, pequeños falos marcan
las edades del hombre. Todo es metal ahora,
todo es vidrio llorando 

como en un lacrimario de la ausencia.


Los hombres saltan cercos,
salen de noche, turban a las enormes vacas
que muestran sus dameros a la luna.
Cruzan hombres los campos hasta llegar al tiempo,
al delirante tiempo de la piedra y el cáliz,
al tiempo que nos habla con sus verbos pasados,
al tiempo que nos muestra las exactas medidas
de tanta eternidad. 


Donde los otros duermen, ellos saltan,
ellos abren canales, se acercan a las tégulas,
rompen esas vasijas funerarias 
con sus excavadoras y aparecen las marcas 
de aquellos alfareros: Vitae, Necres. 
Donde los otros duermen ellos miran,
unos vienen buscando la memoria
pero no para alzar nuevamente los nombres,
para vender la piedra, el oro, los metales;
otros ven en el suelo 
la raíz de las altas legumbres, de los árboles,
el modo de sembrar para comprar más tierra.


Ellos duermen debajo, donde las piedras duermen,
habitan esas casas derruidas, 
los heridos cimientos,
los antiguos trazados de los anfiteatros,
las gradas de los circos
donde un león, ya muerto, emite broncos
alaridos, se queja, 
del paso fraudulento de los tiempos.


Ellos bajan, de noche, con linternas,
con detectores, bajan
hasta aquella ciudad que tuvo sus antorchas
y ahora sólo es ceniza,
vertidos deshaciéndose, pedazos hermosísimos
de platos, de vasijas, conteniendo la muerte,
la única que el hombre se encuentra bajo el manto
que cubre, lentamente, toda la edad del mundo.




Dolors Alberola (Valencia, España, 1952)
Para leer BIO y POEMAS














(clickear para leer)

6 de septiembre de 2011

Dolors Alberola, Sibila



(*)


SIBILA

Puedo ver desde aquí
toda la historia derruida.
Puedo ver las antiguas murallas, las esfinges,
las pirámides rotas. No temas, tú no estás.
Puedo sentir los mares jadeando sus furias,
los terremotos yendo desde el fondo hasta el centro
casual de las ciudades, el Etna, aún recuerdas
como recuerdo yo, y eso que no estuvimos,
las corrientes de lava carcomiendo,
convirtiendo en ceniza, llagando hasta las piedras,
bajando como un ojo impertérrito, firme,
en la desolación ajena. Puedo ver
cómo el hombre levanta, nuevamente, sus casas,
como vuelve el arado a escribir en la tierra
el viejo palimpsesto del olvido,
cómo se alzan matronas
detrás de los cadáveres y acunan
el dolor de las madres que sufren de belleza,
cómo se rompe un dios y edificamos otros.

Pero tú no, no estás, no te preocupes. Puedo
ver arder los volúmenes,
el humo nos cegaba a través de la historia,
en aquella ciudad de Alejandría. Nunca
volveremos a ver tan tristes llamas.
Puedo sentir los ríos,
bajando hasta el destino que dijera Manrique
y la mano incansable de aquel poeta, Juan
de Yepes batiéndose
contra la oculta escala de la carne.
Todo sucede un día. Todo ya ha sucedido.
Todo va a suceder. Puede que ahora tú
ya estés aquí, no sufras.
Todo lo que empezó ha de acabar cayendo.
Todo lo que nació es como el río,
como el mar que, de pronto, se inventa nuevas olas,
como el rayo que dura
lo que dura un instante. Todo es vida
y simiente y raíz y estiércol y destino.

Yo aboné con palabras mis eternas
preguntas y no había
resolución ni cambio. Yo aboné con amor
todo lo que era fuego. Yo aboné con preguntas
las respuestas inútiles. Ya estás, ya sé que estás,
porque todo se viene de repente
y todo es como el día, como la noche, como
un huracán de verbos sin respuesta,
un palpitar de sierpes escondidas,
un rumor de violines cruzándose en la noche.
Se que estás, te presiento,
como logro tocar desde aquí tantas cosas.
Pero las cosas duelen como si fueran cosas,
las cosas son durables como duran las cosas,
las cosas pertenecen y, de pronto, ya no.

Tú no me perteneces todavía,
ya tendremos el tiempo.
Si es que el tiempo es el tiempo,
si es que la vida es tiempo,
si es que el tiempo que vino se quedó en nuestro tiempo,
si es que hubo algún tiempo que no fuera ese tiempo
de no tener más tiempo que la muerte.
Si es que la muerte labra
territorios anclados en la sangre,
si es que la carne es tiempo
y los ojos son tiempo y las palabras tiempo.

Puedo ver desde aquí antiguos hospitales
y niños que se engendran cuando la noche duerme
y noches que se apagan cuando el hombre pronuncia
y tantas cosas, tantas
que prefiero la sombra de los ojos,
la sinrazón ya ciega, la locura,
poder decir: te tuve
y que tú me hagas caso y consideres
que el pasado fue nuestro, que tuvimos
un nombre de mujer y otro de hombre,
un cuerpo miserable que aún amaba
detrás de tanta niebla, tanto cieno
contra tanta videncia y la razón
sólo fue suficiente para calmar los besos.



Dolors Alberola (Sueca, Valencia, España, 1952)
en El Poder del Cuerpo, Editorial Castalia, 2009
para leer más en: LAS AFINIDADES ELECTIVAS
su BLOG
(*) cieno m. Lodo que se deposita en el fondo de las lagunas o en sitios bajos y húmedos.
(*)  imagen extraída de la web, sin datos del autor

16 de febrero de 2011

Dolors Alberola, Pecado de la carne

Fotografía de Jiri Ruzek, Arrowanna, 2010



PECADO DE LA CARNE

Hay un dolor de huecos por el aire sin gente 
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!

Federico García Lorca

Sí. A ella la pretendo.
Deseo amar sus muslos, sus caderas.
Poder lamer sus huesos y a su traje arrancar los botones
con delirio. A ella, mudamente, la anegaría en sangre.
Le hundiría los ojos capitales para amarla más ciega.
A ella no la quiero, pero la puedo amar después de todo.
Sé que os preguntaréis -¿A ella. No es, pues, una mujer
quien esto escribe?-.
Algunos miraréis con saña la primera partitura del libro.
Observaréis la firma y, parcamente, sin excesiva fuerza
sabréis como me llamo.
Pero a ella yo misma le arrancaría el alma,
le encendería un fuego sacrílego en las ingles,
le arrancaría el pelo y un fetiche haría para mí.
Después de todo, muerta, de qué le sirve nada.
De qué me sirve a mí su vida eterna si ella
hace en mí lo que yo cuento.




Dolors Alberola (Sueca, Valencia, España, 1952)
en El Poder del Cuerpo, Editorial Castalia, 2009
para leer más en: LAS AFINIDADES ELECTIVAS
su BLOG


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...