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3 de septiembre de 2020

Carmen Ruiz Fleta, 13


Fotografía de Giovanni Marrozzini

13

Que no te escondas.
Que no hagas como tu madre y no te escondas.
Que aprendas de ellas:
de Virginia, de Alfonsina, de Anaïs,
y sepas dar un golpe de verso
cuando la vida se ponga bruta.




Carmen Ruiz Fleta
(Zaragoza, España, 1978)
POETA/PERIODISTA
de Vida doméstica, colección La Gruta de las Palabras, 
Editorial Prensas de la Universidad de Zaragoza (PUZ), 2017
para leer MÁS


12 de mayo de 2017

Carmen Ruiz Fleta, 3 poemas 3



Fotografía de Raoul Huasmann, 1931

Mi hija crece mientras mi padre mengua.
Un desfile de células despojadas,
abandona el salón de la que fue mi casa
y la cabeza del que fue mi padre.
Las cortinas filtran
la luz manzana a la que huele Candela.
Todo en el mismo espacio.
Con los muebles y el espejo ante el que crecí. 

Abuelo y nieta se dan la mano.
Candela es estruendosa.
El abuelo arrastra su silencio hasta el dormitorio.
Parece que se entienden.

Mi padre llora todas las tardes.
A veces, los pasos de ella le hacen dejar de llorar.
Procura esconderse para hacerlo.
Es un hombre
y aún es joven para ser tan viejo.

Mi hija entiende a mi padre mejor que yo.
Pero yo sé por qué llora mi padre.





Fotografía de Emma Neely

7

En la sartén, el sofrito del arroz.
Recuerdas a tu madre,
lo que aprendiste de ella.
En sus últimos años,
sólo era ya
un pertinaz aliento,
vestido de piel y huesos.
Libre de memoria,
sonreía a las mañanas del otoño.
Qué tristeza verla así, pensabas.
Y qué alivio.
Renacida, sin recuerdos.

El arroz exige atención.
Empieza a cocerse.
Viste morir a un hijo,
antes de que tu madre viera morir al suyo.
¿Qué sentido tiene eso?
Ninguna madre debería ver morir a un hijo.
Ningún hijo de ninguna madre debería morir.

No crees en dios, pero le pides cuentas.
Y la respuesta siempre es el silencio.
Es más. Si existiera dios, se encogería de hombros.

El colorante empieza a teñir.
Los granos alargados, aún duros.
En un rato llegaremos todos.
El bullicio, la conversación banal,
el revuelo infantil.
Todos con nuestras preocupaciones.
Todos con nuestras miserias, mentiras, trabajos,
enemigos, miedos y fobias.
Todos creyéndonos más importantes
que los demás.
Y desde luego, mucho más trascendentes
que ese plato de arroz
que ignorantes devoramos.




Fotografía de Cig Harvey



No crees en Dios.
Y tampoco estás dormido.
¿Contra quién rezas cuando cierras los ojos?
Todos los veranos de la prehistoria 
se comprimen en un solo.
Unas vacaciones desteñidas
en coches sin aire acondicionado,
ni cinturón de seguridad.
Estíos de hermanas 
jugando con cajetillas de tabaco
y aguardando dos horas al baño 
para hacer la digestión.
Sólo una vez 
el apartamento estuvo en primera línea de playa,
pero no había toma de antena,
y nos quedamos sin ver los Juegos Olímpicos.
Había un momento de la tarde
en el que el olor a aftersun lo llenaba todo.
Era justo antes del paseo marítimo 
y los tenderetes 
y el helado.
Era cuando creíamos 
que los padres serían siempre jóvenes,
y nosotras nunca tan viejas como ellos.

Nos parecía entonces que la felicidad era eso.
Barquillo y chocolate.
Y estar muy morenos.
Y eso era dios.

Estás despierto. Estás sentado. No abres los ojos.
Ojalá estés rezando, papá.








Carmen Ruiz Fleta
(Zaragoza, España, 1978)
PERIODISTA/POETA
de Vida doméstica, colección La Gruta de las Palabras, 
Prensas de la Universidad de Zaragoza (PUZ), 2017
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31 de marzo de 2011

Carmen Ruiz Fleta, 2 poemas 2

s/d del autor

Las tendí de una cuerda en el patio. 
Vacié de letras todos mis huecos, 
chupé el polvo de la única palabra que ya no uso, 
y me atraganté. 
Después de perseguirte a distancia, 
de aprender todos los gestos, 
de peinarme frente a tu espejo. 
De resbalarme cabeza abajo hasta tu sexo. 
Apreté las piernas hasta hacerte daño. 
Pasa el tiempo y las pelusas anidan en las tripas. 
Han hecho un útero donde antes había estómago, 
y en lugar de comer, 
doy a luz todos los días una manzana de tristeza. 
Si las nanas hacen llorar, ¿qué se les canta a los que nacen difuntos? 
Te haré una canción que sepa a leche y así saldaré la deuda de no ser tu madre. 
El suelo cada vez está más sucio y no me queda tinta para remediarlo. 
En mi tendedor las manzanas se pudren antes de suicidarse 
llevadas por la inexcusable tentación de la inercia.



Obra de Jonathan Viner

Nos dejamos seducir por el orgullo.
somos seres atormentados.
que nos dejamos seducir por el orgullo
de la distancia y las palabras mordidas al tiempo.
que nos saciamos demasiado pronto de
cuerpos vacíos,
que nos vacían a la par que los años.
las mujeres queremos acunar el tiempo
a nuestro ritmo y alimentarlo en la proporción
exacta.
de sueños y razones.
las mujeres morimos
asfixiadas por los dedos de palabras
que nunca dijimos,
por miedo
o por orgullo.
a las mujeres nos asoma el deseo a los ojos
y nos suicidamos constantemente.
nos matamos a solas,
o nos matan a golpes.
no nos duele amar,
y si duele seguimos amando.
Somos guardianas de paraísos propios y secretos,
de lágrimas que nos corren el rímel
y nos hacen feas a la vista de los hombres.
Por eso muchas veces las mujeres
preferimos lucir bellas
y pudrirnos por dentro.

 selección y prólogo de Vicente Muñoz Alvarez,
Ediciones Baile del Sol)





Carmen Ruíz Fleta 
(Zaragoza, España, 1978)
PERIODISTA/POETA
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25 de enero de 2011

Carmen Ruiz Fleta, 3 poemas 3 (+2)


Ilustración  "The lovers", de Alexandra Plibernik
dhttp://alexandraplibernik.carbonmade.com/aboute  

PRINCESA CON CARETA

Abandona el cuarto y se abandona a la ducha,
prendiendo a conciencia su olor en las baldosas.
Se asoma silenciosa antes de marcharse del todo.
Él duerme.
Ya descubrirá de día que las princesas madrugan.


También está sola la noche
y a nadie reprocha nada.
Tanta quietud asusta a los cuerpos dormidos
que se asfixian abrazados
robándose mutuamente el aliento.
Sola extiende sus manos hacia la nada,
o hacia los hombres, es lo mismo,
hacia el espejo ciego
que devuelve noche a la noche.
Que la hace más noche y más negra y más sola.
Y a nadie reprocha nada mientras,
sola,
acaricia con sus dedos de muerte.


Aún no he aprendido
a morder esta vida manzana
como una loba,
como las mujeres antiguas de los libros.
Si de ello dependiera la vida de mis hijos,
o la lumbre del vientre vacío,
arrancaría a dentelladas la carne de la fruta,
y aullaría nanas cada noche.
Nada menos parecido a mí que una loba:
frágiles encías,
no cuido de nadie,
no nació mi camada.
Pero no hay luna
en que no aúlle mis culpas.




B O N U S  T R A C K x2


La mujer más fea del mundo
me hablaba de tratamientos faciales gratuitos
mientras ponía en mi mano un folleto
con la mujer más bella del mundo.
Ha sido a las 10 de la mañana.
La mujer más fea del mundo
debe entregar 500 folletos diarios
de la mujer más bella del mundo
para ganar 587 euros al mes.
Nadie mira a la cara de la mujer más fea del mundo.
Nadie se atreve.



Debería mancharme de una vez
el traje de novia
y dejar que se rasgara
tanta blancura y tanta candidez,
tan bien vestida desde la cuna.
Tanto faldón y tanta pátina
para acabar deseando pringarme de grasa
hasta los muslos
y comer con los dedos
sobre la vajilla dominical,
y mostrar los tatuajes
en forma de cicatriz
que me dejaron tantas batallas
en las que nunca luché.
Me canso de este contenedor de miedos
llamado cuerpo.
Me canso de no poder reciclarlo,
de no poder moldearlo
a la imagen y semejanza
de las miserias que acoge.
Me canso de estos músculos vagos,
de los cartílagos que dolían en la adolescencia.
Me canso de la autoridad de la epidermis,
y del desprecio abrupto de los párpados
que encierran tanto dolor inútil.
Me canso del cabello que no me atrevo a cortar,
me canso de estos pies, tan cobardes…
Este contenedor de mentiras llamado cuerpo
no me va a librar de la muerte
ni me va a salvar de mí misma.



Carmen Ruiz Fleta 
(Zaragoza, España, 1978)
PERIODISTA/POETA
en 23 pandoras: poesía alternativa española
Ediciones Baile del Sol
Selección y prólogo de Vicente Muñóz Álvarez
para leer MÁS
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