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20 de febrero de 2013

Rebeca Yanke, 2 poemas 2


Fotografía de Aaron Feaver

SEWING GIRL

tienes un problema si crees que alguien
(que no seas tú) puede terminar un libro
en una noche. no seas tan ingenua, no
esperes eso de nadie, no esperes nada
de nadie, no esperes, no creas en la
esperanza, no desesperes, no te crezcas
pero crece, plántate, como un árbol,
estira tus mínimimos nimios brazos,
tus ramas no le hacen daño a nadie




Fotografía de Eliot Lee Hazel

ALMA DE CÁNTARO 


bajo un despertador de lluvia

y manta prestada, como mi
cama, como mi capa,
como las ocho menos
cuarto de la mañana,
como una princesa,
sobre montañas, y
con el secreto típico
del cuento, un guisante
bien adentro. lo único
que cambian son los
personajes. no tengo
reino, y en cualquier
momento podría
estar hirviendo




Rebeca Yanke 
(Bilbao, España, 1978)
de Infinitos corpúsculosColección Puerta del Mar, Málaga, 2010
Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga
extraído de SUBLEVACIÓN INMÓVIL
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su BLOG

30 de julio de 2012

Eva Vaz, Borrasca

Fotografía de Eliot Lee Hazel


BORRASCA

Me pregunto a menudo cuál es tu gesto.
He visto muchas fotos,
eres guapa pero tus fotografías
dicen más del hombre que te las hizo
que de ti.

Ese hombre te adoraba.
Ese hombre te abandonó.
Ese hombre es mi marido.

Y cuando te veo en el papel,
el corazón me late en la garganta
y aúlla mi animal sin pelo ni historia
porque en ellas veo a mi marido; no aparece
pero su amor es el protagonista de ellas.
Él te amaba.
La foto me quema las manos.
Ardo.

No sabes que nos parecemos demasiado
y odiarte a ti sería odiarme a mí misma.

Te odio.

Si no fueras la mujer
del hombre que te abandonó,
seríamos dos amigas íntimas.
Tendríamos el fuego para todos los cigarros,
la frase justa,
la sonrisa constante, como una ofrenda.

Si no fueras la mujer
del hombre que te abandonó,
convocaríamos en torno a la cocina
a todos los amigos que perdiste.
Prepararíamos cena para todos
y llenaríamos sus copas de vino.
Nos sentaríamos juntas en la mesa,
cómplices,
como predicados sin verbo.

Si no fueras la mujer
del hombre que te abandonó,
compartiríamos la ropa
y enamoraríamos de mentira
a los mismos hombres.

Pero eres la mujer que mi hombre abandonó
y ya tú no eres tú.
Eres un animal feroz en la fiesta de otros.
¿Tenías tanto veneno inoculado?

Ahora, el hombre que te abandonó no sabe
si te volviste otra
o ya eras otra cuando él te amaba.

Sé, el dolor y sus exigencias…
Pero no perdono tu metástasis de horror,
la extensión de tu odio como una masacre
ajena y propia.
Eres un cementerio sin muertos,
una brújula sin aguja. Nada.
El hombre sin la mujer.

El hombre que te abandonó
ya no te recuerda.

Y yo, su mujer, mezquina y feliz,
me alivio estúpidamente
porque ahora él es el protagonista
de mis propias fotografías.

Lo has logrado: ahora me siento
más miserable que nunca.

Este poema no existe.

No existe el pasado.



Eva Vaz 
(Huelva, España, 1972)
en Frágil (Antología 2001-2009), Editorial Baile del Sol,
Tenerife, 2010
su BLOG
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24 de mayo de 2012

Miyó Vestrini, Valiente ciudadano


Fotografía de Eliot Lee Hazel


VALIENTE CIUDADANO                                    

A María Inmaculada Barrios


Morid con el pensamiento
cada mañana y ya no
temeréis morir.

(Tratado Hagakuse)
                                                                                                       

Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluviade Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.

Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.

Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.

Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.

Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar a la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.

Supongamos, señor,
que eres el bing-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hots-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
                por los espaguetis de Portofino
                por las favadas del Guernica
                por los pasteles de coliflor de mi madre
                por los largos tragos de cerveza y ron.

Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
                                 yo, la pusilánime astuciosa
                                 la del dedo en el aire
                                 abanicando a la aburrida concurrencia.

Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.

Permíteme, señor,
contemplarme cómo soy:
            el rifle en la mano
            la granada en la boca
            destripando a la gente que amo.

Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.

Y verás como nada,
ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca






Miyó Vestrini - Marie José Fauvelles Ripert
(Francia, 1938 - Venezuela, 1991)
en Todos los poemas, Monte Ávila Editores Latinoamérica, 
Caracas, Venezuela, 1994
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29 de enero de 2012

Mariel Manrique, Este beso no es inútil


Fotografía de Eliot Lee Hazel

ESTE BESO NO ES INÚTIL

I.

A las cuatro y veinticinco de una tarde de invierno, Ana entró en coma. Pocos minutos después, un médico de guardapolvo blanco inmaculado se acercó a mí para informarme que ese coma era irreversible, apoyando la palma de su mano izquierda sobre uno de mis hombros y ejerciendo una leve presión, como intentando sostenerme o apiadarse o advertirme que ya nada volvería a ser lo mismo.

No presencié el accidente ni el ingreso de Ana al hospital, pero fue como si hubiera estado allí. Llovía y llevaba un gorro de lana azul calzado hasta las orejas, el pelo negro revuelto por el viento hasta la cintura, el bolso de cuero cruzado sobre el pecho cargado con un par de libros, varios cuadernos y una lapicera de tinta negra. Y las viejas botas de caña alta, con los tacos gastados. Se detuvo en medio de la calle para deslizar una mano en el bolso y confirmar que había olvidado el llavero del que colgaba un corazón y un silbato de colores y que tendría que recurrir, cuando sucediera ese regreso que nunca se produjo, al llavero suplementario enterrado en la maceta de piedra de las azaleas, al alcance de la punta de sus dedos frágiles, detrás de las rejas de hierro de su casa.

El taxi a alta velocidad la embistió brutalmente, la levantó en el aire y la arrojó sobre la vereda que Ana no llegó a pisar. Su cara golpeó secamente las baldosas, el bolso se abrió y despidió los cuadernos y Ana quedó tendida en una posición extraña, inarticulada e inerte, mientras la sangre rodeaba su cabeza. Imaginé la sirena insoportable de la ambulancia, la camilla y la sucesión mecánica y vertiginosa de actos destinados a salvar su vida.

El ingreso de la camilla al hospital, como una ráfaga desesperada rasgando la rutina de la mañana, la máscara de oxígeno con sus bandas elásticas hundidas en los pómulos de Ana, la apresurada apertura de las puertas del quirófano, el ruido previsible de los pequeños y precisos instrumentos quirúrgicos y la exploración inútil de un cerebro convulso que no daba señales de esperanza. Imaginé el pelo de Ana en un balde plástico y los ojos húmedos de la enfermera que colocó en una bolsa los cuadernos con la caligrafía aplicada e infantil borroneada por la lluvia, junto al repertorio de posesiones personales que luego me fueron entregadas.

La vistieron con una impersonal bata blanca y la trasladaron a una sala de terapia intensiva. La acostaron con movimientos expertos en una cama de sábanas recién planchadas, hundieron delicadamente una aguja en la vena inicial, que luego cedería (agotada) su lugar a otras venas, para inyectarle el suero que caía a un ritmo monocorde, le limpiaron y vendaron las heridas de la cara y Ana ingresó en un mundo paralelo, con la boca sellada. Tenía un tajo diagonal en la frente y un párpado cortado.

A las diez de la noche, la cabeza de Ana se llenó de peces. Yo velaba su sueño involuntario sentado junto a ella en una diminuta silla de metal. Durante los próximos dos meses me dedicaría a contemplarla, ajeno a todo lo que pudiese suceder alrededor y abstraído en las imágenes y las palabras que Ana me entregaría con una dulzura tenaz, sin abrir los ojos ni mover los labios, desde el exilio al que había sido confinada.

II. 

Fui su confesor y su cómplice. Su compañero en el desarraigo. Eso había sido también para Ana antes del accidente. Me gustaba estar con ella más que nada en el mundo y que Ana leyera los poemas que yo solía escribir. Me los devolvía subrayados y con preguntas. Jamás tachó un verso. Subrayaba los que la arrancaban de su estado de ausencia y me hacía preguntas inesperadas: “¿los cisnes pueden resistir mucho tiempo fuera del agua?" "¿los subterráneos se cansan y empiezan a avanzar más lentamente?”. No eran sugerencias para una reescritura. Eran preguntas provocadas por mis tímidos textos a los que Ana infundía coraje, inusuales preguntas para las que yo ensayaba una respuesta.

Sucedía lo mismo cuando íbamos al cine. Ana prolongaba la película con sus interrogaciones desconcertantes. Nada terminaba para ella. Cada historia se extendía, se bifurcaba, se engarzaba con otras historias y no tenía fin. Aun en las épocas de sus noviazgos continuamos compartiendo muchas tardes. Entrábamos en las librerías y tomábamos un chocolate en el bar, intercambiando ideas sobre nuestros hallazgos. A veces nos sentábamos en una iglesia, a escuchar el silencio.

No tenía sentido hablar de nuestras familias. Ana la había perdido y yo era un huérfano aunque la tuviera. La vi entrar en relaciones amorosas con entusiasmo y salir de ellas con rabia, porque había preguntas que sencillamente nadie comprendía o descubrimientos que debía guardarse a su pesar. Ese espacio de complicidad lo mantenía conmigo y nunca nos pedimos más que eso. Era una zona de ternura asegurada donde las revelaciones nos asaltaban mutuamente y nos sentíamos invencibles. No le confesé ninguno de mis escasos y pálidos romances, cuyo relato hubiera opacado cualquier conversación.

Juntos aprendimos a temblar de fascinación. Ana militaba en un partido de izquierda radical, al que yo observaba con cierto escepticismo. Me enternecían su furia y su impotencia. Se olvidaba los paraguas en todas partes, hasta que dejó de usarlos. Le gustaba el perfume a jazmines y por eso cada tarde le llevaba un ramito al hospital, que colocaba cuidadosamente en un vaso rescatado del baño de la habitación. Pensé en comprar un florero pero supe que finalmente terminaría en el cesto donde se acumulaban las vendas y las gasas. El ritual del vaso ofrecía una promesa de continuidad. Seguiría en ese baño para nuevos pacientes, cuando Ana ya no estuviera allí.

Le leía mis nuevos poemas y subrayaba los versos que suponía que ella hubiera subrayado. Me hacía en voz alta las preguntas que Ana hubiera hecho y probaba respuestas. Iba a ver las películas que hubiéramos visto y se las relataba, concentrándome en los detalles que nos hubieran conmovido. No le hablaba para rescatarla del coma. Le hablaba para acompañarla y porque necesitaba compartir con ella lo que había vivido. En esos dos meses, Ana me dio mucho más de lo que yo le di, aunque estuviese inmóvil y mis palabras le fueran supuestamente ajenas. Mirar su perfil me tranquilizaba. Adivinar sus brazos debajo de la bata, sus piernas debajo de las sábanas y su corazón conectado a una geometría impasible en el monitor a su costado.

Eso era todo y para mí era mucho más de lo que hubiera imaginado tener. Amaba esa república compartida que nos pertenecía naturalmente. Nunca me pregunté por qué no habíamos ido, ninguno de los dos, más lejos. En cualquier circunstancia, el dolor de perderla hubiera sido igualmente insoportable. 

III.

Una tarde el pecho de Ana se sobresaltó, como si fuera a convulsionar. El monitor alteró súbitamente su geometría y Ana abrió los ojos. Sin ver. O viendo algo que, esta vez, me fue negado. Apoyé mi mejilla derecha contra su perfil y la abracé, pasando mis brazos bajo las sábanas con olor a limpio. La estreché contra mi cuerpo para darle calor, tomándola de la nuca. Respiró abruptamente y sus ojos quedaron perpetuamente fijos en un punto fuera de mi alcance. La deslicé en la cama y besé, cerrándolos, sus párpados, especialmente el que llevaba una cicatriz. Ana se hubiera reído de la historia de la Bella Durmiente. No era una princesa. No iba a despertarse. Aun así, sentí que mi beso sobre esa cicatriz no era un beso inútil. Era la señal en clave de una despedida provisoria.

El monitor se replegó en una línea plana. Al día siguiente me entregaron, en una bolsa plástica, el gorro de lana azul, el bolso de cuero, la lapicera, los cuadernos, un par de libros y las botas gastadas, que quemé ese misma noche en la plaza donde buscábamos sombra en las tardes de verano. En el hueco de tierra donde se hundió su cuerpo arrojé el último ramo de jazmines que se resistían a languidecer.

IV.

Pasaron muchos años, un par de mujeres y varios hijos. Voy solo a las mismas librerías y subrayo líneas de poemas que no muestro a nadie. Me imagino preguntas insólitas que intento responder. Los sábados a la tarde salgo a caminar y entro en los cines. Vuelvo tarde a casa. Cada noche, antes de dormirme, le cuento a Ana mentalmente las películas que vi.

Nadie supo ni sabrá quién es Ana. No me contesta pero todavía está aquí, en el rumor de esta conversación que no se extingue. Su perfil me escucha, su cabeza gira su cabeza y su boca aún mueve su boca. Con ella entro en el sueño como si me llevara de la mano. Ana es mi silencio y mi secreto. Ana despertó lo único que brilla y arde, incendiando las líneas planas de los monitores, dentro de mí.






Mariel Manrique 
(Buenos Aires, Argentina, 1968)
extraído de su blog PÁJARO DE CHINA
su otro blog PUTAS DE BABILONIA
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24 de enero de 2012

Miren Agur Meabe, Notas para conservar la memoria 1 (+1)


Fotografía de Eliot Lee Hazel


NOTAS PARA CONSERVAR LA MEMORIA 1

No puedo encerrarte:
eres la calle llena de gorriones y de locos.
No puedo ordenarte:
eres un amasijo oscuro de humedad lasciva.
No puedo alcanzarte:
eres el caballo que galopa sin destino.
No puedo amarte:
eres el saco de los miedos de la gente de bien.
No puedo pensarte:
eres la idea que me tiraniza en el insomnio.
Sin embargo, te puedo conocer:
eres como yo, con otra piel.


B O N U S  T R A C K

Fotografía de Märta Thisner

NOTAS BREVES, 1

Ayer se me quemó una sábana.
La quemé con la plancha.
Le estampé un triángulo del color del pan tostado
por culpa de la televisión.
Siempre enciendo el televisor pequeño de la cocina
cuando tengo que planchar:
un niño negro de la guerra
estaba chupando la teta de su madre muerta.
Se me hizo un nudo de pelo en la garganta.

No se me olvidará,
la leche me humedeció el sujetador

OHAR LABURRAK 1

Atzo izara bat erre zitzaidan.
Erre egin nuen lisaburdinaz.
Ogi xigortuaren koloreko triangelua estanpatu nion telebistaren erruz.
Beti izaten dut piztuta sukaldeko telebista txikia arropa lisatu behar dudanean:
gerrako haurtxo beltz bat
ama hilaren titia miazkatzen ari zen.
Ilezko korapiloa egin zitzaidan eztarrian.

Ez zait ahaztuko,
esneak sujetadorea umeldu zidan eta


NOTES BREUS, 1

Ahir se'm va cremar un llençol.
El vaig cremar jo, amb la planxa.
Li vaig estampar un triangle color de pa torrat per culpa de la tele.
Sempre tinc engegada la tele petita de la cuina quan toca planxa:
un xiquet negre de la guerra
xuplava el pit de sa mare morta.
Se'm féu un nuc de pél a la gola.

No se m'oblidará:
la llet em va mullar el sostenidor




Miren Agur Meabe 
(Lekeitio, Bizkaia, España, 1962)
POETA/ESCRITORA/LICENCIADA EN FILOLOGÍA VASCA/
DIPLOMADA EN MAGISTERIO
de Anzalaren kodea/El código de la piel, Barcelona Bassarai, 2002
Traducción de la autora y Kepa Murua
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30 de octubre de 2011

Laura Yasán, Vida sana



Fotografía de Eliot Lee Hazel


VIDA SANA

cuando te fuiste eliminé la carne

me volví selectiva
desconfiada
metódica

no me llevo a la boca
nada en estado crudo

conservar la cadena de frío
es la clave

VITA SANA

quando te ne sei andato ho eliminato la carne

mi sono fatta selettiva
sfiduciata
metodica

non mi porto alla bocca
nulla nello stato crudo

conservare la catena del freddo
è la chiave



Laura Yasán 
(Buenos Aires, Argentina, 1960 - 2021)
de La llave Marilyn, Poesía Pez Náufrago, Ediciones del Dock, 2010
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