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19 de febrero de 2017

Lucía Fraga, 3 poemas 3


Ilustración de Marija Jevtic

EL ASESINATO

Yo aprendí a hablar con una piedra en la boca,
cuando el mundo era un eterno desfile por brazos desconocidos
y las almas se deshacían dentro de puños violentos.
Me acostumbré al silencio y a la hipnosis de los relojes.
A la caricia del verdugo antes de dormir.

Del hacha comprendí
que las heridas más dolorosas no se abren en la carne.
Y aunque mi grito se fue haciendo anónimo,
cuanto más crecía,
más eran las manos que cercaban mi cuello.

Comencé a caminar de noche,
convencida de que la sombra era un escondite para ciegos.
Di mis primeros pasos a oscuras
y mis primeras palabras fueron para el reflejo de una ventana.
Pero un día me escapé y corrí hacia el sol.

Dicen que hay niños que traen un pan debajo del brazo.

A mi me robaron el pan:
y en su lugar
puse un cuchillo.



Ilustración de Marija Jevtic

LA BELLEZA TÓXICA

El aroma de un poema es un gas lacrimógeno que incendia los ojos.
Por eso cada noche siembro versos de amor que te hacen llorar.
Me acerco a tu cama y te miro de rodillas
Con la misma ternura que pondría una madre suicida.
“Al amanecer seguiré a tu lado
Y haré un barco de papel
con todas mis promesas incumplidas”.
Aunque la madrugada se me caiga de los brazos
Y ya no me queden palabras con las que remendarte el corazón,
Daré alimento a tu sueño con un campo de venas azules.




Ilustración de Marija Jevtic

¿TE APETECE SUBIR? 

Soy lo suficientemente ingenua como para creer
que las camas sólo son para dormir,
pero también lo bastante zorra como para saber
que no tienes sueño.





Lucía Fraga
(A Coruña, España, 1979)
de Nostalgia del acero, Follas Novas, 2006
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10 de enero de 2011

Lucía Fraga, Suicidios matinales

Fotografía de Alison Brady

SUICIDIOS MATINALES

Hay mañanas en las que levantarse de la cama es un suicidio.
Yo he tenido un patio de armas dentro del cuarto de baño.
Abandoné muy pronto los peines y cambié los cepillos
por cuchillas que me acariciaban el estómago.

Nadie sabe que yo he amado mi cadáver con devoción.
Aquellas tardes de castigo me vuelven a la cabeza con un fuerte olor a pintura.

El cuerpo anunciaba las carencias de la carne
y teñía mis ojeras con misticismo teresiano.
El bolígrafo describía la órbita espacial
sobre un campo de venas azules.

Nunca el desprecio fue mejor aliado del arte de amar.

Cuando el silencio es luz blanca,
la boca que besa es la boca que devora.

El tiempo deja de ser contención de latidos y minutos, 
porque da paso a la era de la muerte analgésica.

Dios tiene la extraña cualidad de hacerse desear, 
alguna que otra noche que el cielo rompe en llamas.





Lucía Fraga 
(A Coruña, España, 1979)
de Nostalgia del acero, Follas Novas, 2006
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8 de enero de 2011

Lucía Fraga, La ceguera de tu mano

Dibujo a lápiz de Marcos Rey

LA CEGUERA DE TU MANO

De vez en cuando hago que estoy ciega.
Mis dedos se convierten
en buscadores de relieves familiares
y escucho la voz de mi padre
que me llama por mi nombre,
sin confundirme con mis hermanas.
Y mi cuerpo es un trozo de barro
que modela tu boca.
Pero la oscuridad de mi noche oculta
                         [ un abrazo perverso que me tapa los ojos
y también me deja sorda y sin voz
para que no te oiga,
para que no me oigas.
Y el cuerpo se deshace, se va perdiendo
y la ceguera es la costumbre de tu mano
para no vernos más.






Lucía Fraga 
(A Coruña, España, 1979)
para leer + en EMMA GUNST
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