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1 de febrero de 2022

Daniela Aguinsky, 5 poemas 5


Ilustración de Tahnee Kelland


TAREAS DEL HOGAR

Al último que le lavé los platos
desapareció una mañana 
luego de otra noche abrazados.
Sin saber que nunca más
lo vería, me quedé 
haciendo de su casa
un lugar más agradable
para estar de a dos.

Ahora 
mientras miro fijo tu colador metálico
impregnado de harina del día anterior
después de que amasaras
un pan de ajo esponjoso 
y apenas tostado en la base
después de haber separado y estirado
del bollo de los días
unas pocas horas para nosotros
y de que te fueras perfumado a la oficina
me debato
entre lavar la pila de utensilios grumosos
que descansan en tu cocina
o desentenderme por completo
cepillarme los dientes y salir. 

En eso estoy cuando giro
la cabeza y me encuentro
con las sábanas rosadas
que cuelgan tendidas
en el lavadero
arrugadas unas cuantas veces
flamean apenas
sin rastros de nadie
con vista al patio de aire y luz.

Entonces decido
hacerme del chiquero
fregar con virulana el engrudo
que se adhiere como crosta al teflón
y que en remojo apenas se disuelve
para ceder ante mis manos hundidas
que sacan llenas de espuma
la mugre estancada en la rejilla:

es imposible
salir limpia 
tanto
de las tareas del hogar
como del amor.


Ilustración de Tahnee Kelland
 
AFECCIONES FAMILIARES

Siento dormidas las puntas de los pies
y ojalá sean solo 
las contracturas
mis problemas de espalda
cómo cruzo las piernas cuando estoy sentada
o cómo me doblo sobre el colchón.

Creo que tengo
la enfermedad de mamá
en poco tiempo voy a quedar endurecida
sosteniéndome en bastones o en una silla de ruedas.
O la de papá
y abandonar la espontaneidad de compartir
una pizza con cerveza en cualquier lado.
O la de mi tío muerto
y simplemente voy a dejar de respirar, de a poco.

O quizás una nueva, solo mía
que requiera de otra especialidad médica
para agregar a la lista
de antecedentes familiares
al árbol de afecciones
que se remonta a la rusia de los zares
quizás
por comer demasiada papa y demasiada cebolla.

Me digo que soy joven y gozo
de buena salud
y que a mi lo peor recién me va a llegar
en algunas décadas
que falta mucho
que estoy bien.

Pero por más joven
por más linda
y más alegre
yo sé que la vida
no es buena conmigo
como no lo es con nadie.

O sí
que es increíblemente
maravillosa
pero no
con mi espalda.



Ilustración de Tahnee Kelland

CORTAR UN LIMÓN

Recién en la cocina me acordaba
que antes de conocerte
cuando cortaba un limón lo hacía por el Ecuador
en cuatro partes anchas y carnosas
que apretaba con toda la mano,
el líquido chorreándome hasta la muñeca
semillas disparadas
la lengua corriendo detrás.

Desde que apareciste en mi vida
corto el limón como me explicaste que se cortan los limones:
en seis meridianos y con destreza
una cuchilla afilada en el aire
que no llega a tocar la mesada.

Con dos dedos exprimo los gajos,
las yemas empujan suavemente 
la piel rugosa
los jugos bajo control.

Admito que así 
la fruta es más rendidora
el procedimiento metódico
y sencillo
pero cómo me gustaba 
chuparme la humedad ácida 
de las palmas
cuando la pulpa explotaba silenciosa 
como una estrella 
y nadie me veía.


Ilustración de Tahnee Kelland

PASAJE DE VUELTA

A mí siempre
me dejan ir
a todas partes.

Hago sola
como Dios.

La experiencia
se presenta única
iluminada.

La trago
como un sintético
por la euforia.

Total ya sé
voy a volver
rota

a mi sitio
a casa
donde tomo agua de la canilla
y no me pasa nada.

Fotografía de Anni Leppälä

AMOR

Camino hacia vos
por un piso luego de que se rompa un vidrio

hasta que me olvido 
del peligro potencial de un corte
una astilla invisible. 

Camino descalza:
está frío.






Daniela Ema Aguinsky 
(Buenos Aires, Argentina, 1993) 
ESCRITORA/POETA/PERIODISTA/TRADUCTORA/
CINEASTA/GUIONISTA
2º Premio Nacional de Poesía Storni 2021
de Terapia con animales, Paisanita Editora
Argentina, 2022
reeditado por Editorial Liliputienses, España, 2023
su WEB

2 de junio de 2020

Mariana Finochietto, 3 poemas 3 (+2)


Ilustración Tahnee Kelland


Nunca fui tan hermosa
como a los cuarenta
cuando el mundo comenzó a apagarse
como si alguien hubiera dictado
el final de una fiesta.
Ah, qué precioso es el fin de las cosas,
todo el cuerpo extendido hacia el disfrute
de los últimos instantes.
Es
como el final del deseo,
ese momento en que no importa
si sos vos
o no sos,
sólo sucede estar allí,
en un cuerpo
habitando la cueva de la sangre,
el corazón
en un pulso feroz latiendo,
latiendo.

Un animal
irguiéndose en sus pies
es siempre majestuoso.

Leído en BRUNCH POESÍA


Ilustración de Sara Boccaccini Meadows

Tengo la suerte de tener amigas
que aún sufren por amor.
Son más altas que el viento.
Son austeras
como suelen serlo las palabras justas.
Abrazadas al mundo,
se abren como las flores nuevas
cuando el aire es tibio,
y se olvidan la cabeza y las costumbres
por las cosas más triviales.
Caminan entre los restos de los días
llevando una bandera
de colores.
Lloran. Ríen. Nunca saben
lo que es conveniente. Nunca saben
lo que se debe hacer. Pero lo hacen.
Me las merezco.
Me las gané pateando los vidrios de la calle,
golpeando las puertas de casas imposibles,
rezando a un dios que no conozco
de pie frente a la cama de los hijos.
Es mío este puñado de dementes
a las que se puede querer
con el  corazón abierto.



Ilustración de El Hulahoop


Cuando una hija se vuelve una mujer
o mejor dicho,
cuando tu nena se vuelve una mujer,
la voz de una mamá cambia de tono,
se vuelve
de a poquito, más grave,
más serena,
porque las madres
también crecen con sus hijas.
Una charla con una hija
que se ha vuelto una mujer
prescinde,
casi siempre,
de esas cosas
que fueron un lenguaje en la niñez,
se transforma,
despacito, en otra cosa.
El idioma
entre dos mujeres que se miden
con el péndulo de la maternidad
y de pronto,
son pares,
es el idioma más magnífico del mundo.
Está hecho de palabras pequeñitas
con un infinito margen de significados
pero sabés,
siempre sabés
que habla de amor.




B O N U S  T R A C K (x2)


Ilustración de Daria Petrilli


Quise a un hombre,
a dos,
tal vez fueron cincuenta, 
acaso un poco más.
Es poca cosa un número,
tan insignificante
contar con los dedos
la capacidad de amar.
Los hombres son hermosos.
Mi corazón, 
voraz.



Ilustración de Paula Bonet

Cuando me duele
el corazón
recuerdo
una promesa
que me hice hace ya tiempo,
cuando la vida
era eterna y cada muerte
un simulacro.
Cuando me duele vivir,
cuando me duele
respirar hasta lo hondo del pulmón
me acuerdo siempre
que el miedo de morir
nos pertenece a todos,
que mi columna
es una serie de huesitos
que se sostiene orgullosa y vertical:
yo,
como el árbol,
también muero de pie.





Mariana Finochietto
(General Belgrano, Bs. As., Argentina, 1971)
Reside en City Bell, La Plata
POETA/TALLERISTA
para leer + en TUERTO REY

27 de julio de 2019

Sabrina Benaim, Explicándole mi depresión a mi madre: Una conversación


Ilustración de Tahnee Kelland
EXPLICÁNDOLE MI DEPRESIÓN A MI MADRE: UNA CONVERSACIÓN

Mamá, mi depresión es un cambiaformas.
Un día es una pequeña luciérnaga en la palma de un oso,
El otro, es el oso.
En esos días me hago la muerta hasta que el oso me deja en paz.
Yo llamo los días malos: “los Días Oscuros.”
Mamá dice, “Intenta encender algunas velas.”
Cuando yo veo una vela, veo la carne de una iglesia, el parpadeo de una llama,
Chispas de una memoria más joven que el mediodía.
Yo estoy de pie junto a su a su ataúd abierto.
Es ese el momento en que aprendo que cada persona que he llegado a conocer morirá algún día.
Además, mamá, no me preocupa la oscuridad.
Quizás es eso parte del problema.
Mamá dice, “Yo pensaba que el problema era que no podías salir de la cama.”
No puedo.
La ansiedad me retiene como su rehén dentro de mi casa, dentro de mi cabeza.
Mamá dice, “¿De dónde viene esa ansiedad?”
La ansiedad es el tío que viene de fuera que la depresión se sintió obligada a traer a la fiesta.
Mamá, yo soy la fiesta.
Sólo yo soy una fiesta en la que no quiero estar.
Mamá dice, “¿Porqué no intentas ir a fiestas de verdad, ver a tus amigos?”
Claro, yo hago planes. Hago planes pero yo no quiero ir.
Hago planes pues sé que debería querer ir. A veces sé que me habría gustado ir.
No es tan divertido pasárselo bien, cuando no quieres pasártelo bien, mamá.
Ya ves, mamá, cada noche el insomnio me recoge en sus brazos, me mete en la cocina junto a la débil luz de la estufa.
El insomnio tiene esa manera romántica de hacer que la luna parezca la mejor compañía.
Mamá dice, “Intenta contar ovejas.”
Pero mi mente sólo puede contar razones por las que estar en vela;
Así que voy a dar paseos; pero mis rótulas tartamudas suenan como cucharas de plata retenidas en fuertes brazos con muñecas sueltas.
Suenan en mis oídos como torpes campanas de iglesia recordándome que soy una sonámbula en un océano de felicidad en el que no puedo bautizarme.
Mamá dice, “Ser feliz es una decisión.”
Pero mi felicidad está tan vacía como un huevo pinchado con un alfiler.
Mi felicidad es una fiebre alta a punto de romper.
Mamá dice que yo soy  muy buena haciendo algo de nada y sin reparos me pregunta si tengo miedo de morir.
No.
Yo tengo miedo de vivir.
Mamá, estoy sola.
Creo que aprendí, cuando papá se fue, a cómo hacer de la ira soledad —
El estar sola en estar ocupada;
Así que si te digo, “He estado súper ocupada últimamente,” me refiero a que me he quedado dormida viendo Sports Center en el sofá
Para evitar plantarle cara al lado vacío de mi cama.
Pero mi depresión siempre me arrastra de vuelta a mi cama
Hasta que mis huesos son los fósiles olvidados de una ciudad esqueleto hundida,
Mi boca un campo de huesos de dientes rotos por morderse a ellos mismos.
El vacío auditorio de mi pecho se desvanece con ecos de un latido de mi corazón,
Pero yo soy una turista despreocupada aquí.
Nunca conoceré realmente todos los lugares en donde he estado.
Mamá todavía no lo entiende.
¡Mamá! ¿No puedes ver que yo tampoco?

Traducción por Jörn Coll

EXPLAINING MY DEPRESSION TO MY MOTHER: A CONVERSATION

Mom, my depression is a shape shifter.
One day it is as small as a firefly in the palm of a bear,
The next, it’s the bear.
On those days I play dead until the bear leaves me alone.
I call the bad days: “the Dark Days.”
Mom says, “Try lighting candles.”
When I see a candle, I see the flesh of a church, the flicker of a flame,
Sparks of a memory younger than noon.
I am standing beside her open casket.
It is the moment I learn every person I ever come to know will someday die.
Besides Mom, I’m not afraid of the dark.
Perhaps, that’s part of the problem.
Mom says, “I thought the problem was that you can’t get out of bed.”
I can’t.
Anxiety holds me a hostage inside of my house, inside of my head.
Mom says, “Where did anxiety come from?”
Anxiety is the cousin visiting from out-of-town depression felt obligated to bring to the party.
Mom, I am the party.
Only I am a party I don’t want to be at.
Mom says, “Why don’t you try going to actual parties, see your friends?”
Sure, I make plans. I make plans but I don’t want to go.
I make plans because I know I should want to go. I know sometimes I would have wanted to go.
It’s just not that fun having fun when you don’t want to have fun, Mom.
You see, Mom, each night insomnia sweeps me up in his arms dips me in the kitchen in the small glow of the stove-light.
Insomnia has this romantic way of making the moon feel like perfect company.
Mom says, “Try counting sheep.”
But my mind can only count reasons to stay awake;
So I go for walks; but my stuttering kneecaps clank like silver spoons held in strong arms with loose wrists.
They ring in my ears like clumsy church bells reminding me I am sleepwalking on an ocean of happiness I cannot baptize myself in.
Mom says, “Happy is a decision.”
But my happy is as hollow as a pin pricked egg.
My happy is a high fever that will break.
Mom says I am so good at making something out of nothing and then flat-out asks me if I am afraid of dying.
No.
I am afraid of living.
Mom, I am lonely.
I think I learned that when Dad left how to turn the anger into lonely —
The lonely into busy;
So when I tell you, “I’ve been super busy lately,” I mean I’ve been falling asleep watching Sports Center on the couch
To avoid confronting the empty side of my bed.
But my depression always drags me back to my bed
Until my bones are the forgotten fossils of a skeleton sunken city,
My mouth a bone yard of teeth broken from biting down on themselves.
The hollow auditorium of my chest swoons with echoes of a heartbeat,
But I am a careless tourist here.
I will never truly know everywhere I have been.
Mom still doesn’t understand.
Mom! Can’t you see that neither can I?





Sabrina Benaim
(Toronto, Canadá, 1987)
POETA/ESCRITORA/PERFORMER/PROFESORA DE ARTE
de Depression and Other Magic Tricks, Button Poetry, 2017
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