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1 de noviembre de 2015

Sharon Olds, 3 poemas 3



Fotografía de Peter Lindbergh



SU QUIETUD

El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar."
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

 HIS STILLNESS

The doctor said to my father, “You asked me
to tell you when nothing more could be done.
That’s what I’m telling you now.” My father
sat quite still, as he always did,
especially not moving his eyes. I had thought
he would rave if he understood he would die,
wave his arms and cry out. He sat up,
thin, and clean, in his clean gown,
like a holy man. The doctor said,
“There are things we can do which might give you time,
but we cannot cure you.” My father said,
“Thank you.” And he sat, motionless, alone,
with the dignity of a foreign leader.
I sat beside him. This was my father.
He had known he was mortal. I had feared they would have to
tie him down. I had not remembered
he had always held still and kept quiet to bear things,
the liquor a way to keep still. I had not
known him. My father had dignity. At the
end of his life his life began
to wake in me.




Fotografía de Peter Lindbergh



ÚLTIMAS PALABRAS

Hace tres días, mis maletas estaban amontonadas
en un rincón de su habitación en el hospital.
Debía cogerlas por el cogote y dejarlo,
pero una vez tras otra volvía a apoyarlas,
desandaba mis pasos para besarlo
aunque su cansancio tuviera el brillo
de la plata oxidada.
No lograba cogerlas y marcharme,
cruzar ese umbral por última vez.
Volvía a sus labios, a la frente que alzaba
con esfuerzo, a sus ojos heridos, avergonzados,
hasta que por fin dijo ¡Último beso!
y lo besé y me fui. Esta mañana,
llamó su mujer para decir que ha dejado de hablar,
de modo que esas fueron sus últimas palabras para mí,
las que me deja-un beso-
una orden de clemencia,
sus agrietados labios de creador.
Para rogarme que me fuera
mi padre me pidió un beso.
No me hubiera ido de otro modo,
no te dejaré ir
hasta que clames por ello.

LAST WORDS

Three days ago, my suitcases
were hunched there, in his hospital room,
in the corner, I had to pick them up
by the scruff of their necks, and leave him.  I kept
putting them down, and going back
to kiss him again although he was exhausted,
shining like tarnished silver, and yet
I could not seem to pick up those bags
and walk out the door the last time.  I kept
going back to the mouth he would lift, his
forehead glittering with effort, his eyes
slewing back, shying, until
finally he cried out Last kiss!
and I kissed him and left.  This morning, his wife
called to tell me he has ceased to speak,
so those are his last words to me,
the ones he is leaving me with--and it is ending with a kiss--
a command for mercy, the offer of his cracked
creator lips.  To plead that I leave,
my father asked me for a kiss!  I would not
leave till he had done so, I will not let thee go except thou beg for it.






Elisa Sednaoui, Le Touquet, France, 2007 © Peter Lindbergh



SU OLOR

Durante sus últimos días de vida
quise encontrar un nombre para su olor: como levadura,
catalizador ocre alimentándose de líquido,
ingiriendo malta, excretando arrope,
fermento agrio, embriagador, exultante,
la bebida fuerte del sudor de mi padre.
Me inclinaba sobre la cama del hospital
y lo olía. Era cemento húmedo,
era acera de granito triturado, era cuarzo
y esquisto jurásico, o el olor agrio
del humidificador de cobre
lleno de humedad, era la puna, eran hilachas
ennegrecidas de tabaco; era el recuerdo del cloro
en el piso del vestuario de la piscina durante el verano;
el tenue olor a moho de la alfombra de su casa,
el esputo mordaz que huye de las fauces
nubladas de un borracho. Era también la cavidad
de un zapato de cuero, rancio,
mezcla de betún y medias ácidas:
en su olor, siempre, esa sensación
de mancha y la atracción de la mancha,
la armonía del aceite y el metal,
como si los mundos de la manufactura y de la industria
hubieran decidido usar su cuerpo
como glándula para sudar. El último día,
se alzó en su frente, una esfera de sudor
compacto, la tomé en mis labios.
Después de su último aliento, yacía ahí,
tendido de costado, inmóvil,
sin respirar, sin proferir sonido,
pero su olor era el mismo, ese olor viciado
fresco industrial doméstico varonil,
oscuro, reflejando puntos de luz.
Alguna vez pensé que al final
sería una palabra, una mirada, la presión
de su mano. Nunca, que él habría muerto
y que yo me inclinaría para olerlo,
respirándolo como se respira el aire,
profundamente, antes de partir hacia el exilio.

HIS SMELL

In the last days of my father’s life
I tried to name his smell-like yeast,
ochre catalyst feeding in liquid,
eating malt, excreting mush-
sour ferment, intoxicant, exultant, the
strong drink of my father’s sweat,
I bent down over the hospital bed
and smelled it. It smelled like wet cement,
a sidewalk of crushed granite, quartz,
and Jurassic shale, or the sour odor
of the hammered copper humidor
full of moist, bent, blackish
shreds of pipe tobacco; or the smelling-salts
tang of chlorine on the concrete floor of the
changing room at the pool in summer;
or the faint mold from the rug in his house
or the clouded pungence of the mouth and sputum
of a drinking man. And it was also the socket
of a man ’s leather shoe, acid with
polish and basic with stale socks-
always, in his smell, the sense
of stain and the attraction of the stain,
the harmony of oil and metal,
as if the life of manufacture and
industry were using his body
as a gland for their sweat. On the last day,
it rose on his forehead, a compound disc
of sweat, I brought it off on my lips.
After his last breath, he lay there
tilted on his side, not moving,
not breathing, making no sound,
but he smelled the same, that fresh tainted
industrial domestic male smell,
dark, reflecting points of light.
I had thought the last thing
between us would be a word, a look, a pressure
of touch, not that he would be dead
and I would be bending over him
smelling him, breathing him in
as you would breathe the air,
deeply, before going into exile.




ph Brian Palmer
Sharon Olds 
(EE.UU., San Francisco, 1942)
de The Father, New York: Alfred A. Knopf, 1998
en El padre, (edición bilingüe) Bartleby Editores, 2004
Traducción de Mori Ponsowy
para leer más en: HUELLAS EN LA CIÉNAGA
y MÁS

20 de octubre de 2015

Marie Howe, Cómo pasó


Fotografía de Robin Macmillan
CÓMO PASÓ

Aun de niño, mi hermano tenía miedo de quedarse ciego—
                                                                                                 [ tanto
que en la mesa de la cocina volteaba los cuchillos


para que no lo miraran, decía.
Arrojaba una camisa sobre los seguros de la puerta del auto


y una vez desarmó una lámpara colgante
en medio de la noche mientras todos dormían. A la mañana
                                                                                            [ siguiente

encontramos una pila de cristales filosos y brillantes en la
                                                                                         [ sala.
Así que, entenderás, fue terrible

cuando le abrieron el ojo, y se lo sujetaron y le metieron una
                                                                          [ aguja por la mejilla
hacia arriba hasta dentro del ojo

y se la dejaron ahí todo un minuto antes de sacársela despacio
una vez por semana durante muchas semanas. Aprendió a
                                                                        [ reclinarse sobre ella,

a calmarse decía. Igual el ojo murió, ulcerado,
estalló verde en su cabeza, mientras el otro, aún azul,

muy abierto, miraba y miraba el reloj.

Después de que nuestro padre murió, mi hermano me
                                                                [ prometió que él no moriría.

Yendo a casa una Navidad, me agarró la mano en el tren y
                                                                        [ me regaló cinco años 

con la misma certeza con que una noche de otoño en
                                                                                      [ Nueva York
me había prometido que volvería a casa para desayunar. A las
                                                                        [ nueve, te lo prometo

—y regresó. Cinco años después me prometió otros cinco.
Tanto vale el valiente orgullo de la premonición,


la preocupación que no lo dejará pasar.
Sabes, siempre supe que moriría joven, dijo. Pero después me
                                                                                           [ enseriaba

y pensaba, bueno, no. Voy a llegar a los treinta y vivir hasta
                                                                                           [ ser viejo.
Y ahora resulta que me voy a morir. ¿No es gracioso?

—Un día pasa: lo que has temido toda tu vida,
lo insoportablemente especifico, exactamente eso. Sin
                                         [ importar lo que digas o lo que hagas

Mi hermano dijo: Ven, siéntate más cerca de la cama

para que pueda verte.



HOW SOME OF IT HAPPENED

My brother was afraid, even as a boy, of going blind—so
                                                                                      [ deeply
that he would turn the dinner knoves away from, looking at him,

he said, as they lay on the kitchen table.
He would throw a sweatshirt over those knobs that lock the
                                                                                   [ car door

from the inside, and once, he dismantled a chandelier in the
                                                                                      [ middle
of the night when everyone was sleeping.

We found the pile of sharp and shining crystals in the
                                                                            [ upstairs hall.
So you understand, it was terrible

when they clamped his one eye open and put the needle in
                                                                    [ through his cheek
 and up and into his eye from underneath

and left it therefor a full minute before they drew it slowly out
 once a week for many weeks. He learned to, lean into it,


to settle down he said, and still the eye went dead, ulcerated,
breaking up green in his head, as the other eye, still blue

and wide open, looked and looked at the clock.

My brother promised me he wouldn 't die after our father
                                                                                         [ died.

He shook my hand on a train going home one Christmas and
                                                                  [ gave me five years,

as clearly as he promised he'd be home for breakfast when I
                                                                            [ watched him
walk into that New York City autumn night. By nine, I 
                                                                           [promise,

and he was—he did come back. And five years later he
                                                       [ promised five years more.
So much for the brave pride of premonition,

the worry that won't let it happen.
You know, he said, I always knew I would die young. And
                                                                       [ then I got sober

and I thought, OK, I'm not. I'm going to see thirty and live to
                                                                         [ be an old man.
And now it turns out that I am going to die. Isn 't that funny?

—One day it happens: what you have feared all your life,
 the unendurably specific, the exact thing. No matter what
                                                                                 [ you say or do.

This is what my brother said: Here, sit closer to the bed

so I can see you.





Marie Howe 
(Nueva York, EE.UU., 1950)
de Lo que hacen los vivos, Ed. Luna Nueva, Caracas, 2002
Traducción de Mori Ponsowy
para leer + en REVISTA FÉNIX
y MÁS
su WEB

17 de octubre de 2015

Mori Ponsowy, 2 poemas 2


Fotografía de Silvia Grav


ROMPECABEZAS

Veo las piezas en esta mesa de madera
desparramadas como caracoles marinos olvidados un día de lluvia,
sin sentido en su disposición arbitraria,
riéndose de mí irreverentes.

Tantas que ninguna caja alcanzaría-
pequeñas como óvulos algunas; otras, pesadas como el mar.
Imágenes de agua, bosques, oscuridades-Ninguna puede ser devuelta.
Se multiplican cada segundo,
abandonan los lugares donde necesito verlas,
claman por atención si me distraigo.

El rompecabezas está en mis sueños, mis sueños en él:
no hay despertar al alivio, descanso reparador, diferencia entre noche y día.
Imágenes adheridas a mis párpados con fuego, con agonía, con amor-
mi madre alzándome en un banco de plaza,
el primer día de escuela,
un picnic junto a un río de piedras cubiertas de lana.

¿Cómo puedes ser la misma ahora, Madre,
la misma hacia quien corrí con brazos abiertos en una playa del Perú?
¿Eres sólo lo que veo, o hay algo más en ti
que las palabras que desespero por encontrar?
¿Por qué esta inagotable mesa plena de culpa entre nosotras?
Y, dime: ¿acaso tus ojos siempre han sido tristes,
o es sólo mi mirada reclamando tu regazo?

Encajo dos piezas y luego una tercera,
pero las otras se reproducen cual células malignas,
desbordan la mesa, copulan en el aire sin vergüenza.
Como ha sido, será-
Estoy atada con recuerdos a esta silla,
sólo cuando todo encuentre su lugar estaré en libertad,
podré salir de esta casa oscura,
volver a ese domingo cuando reíamos juntas
y el miedo aún no alimentaba mi alma.

¡Si pudiéramos volver a escribir la historia, Madre!
¡Si pudieras ayudarme a descifrar el barro del que nací!
Pero estás más allá de las manos que tengo para alcanzarte-
Centímetro a centímetro te acercas a tu muerte
y yo no hallo un lenguaje que baste para las dos.







Fotografía de Silvia Grav


ABRACADABRA

El mago saca un conejo de la galera,
traga una espada, serrucha una mujer en dos,
hace desaparecer un elefante en nuestras narices.
Matí­as no se sorprende:
sus manos, mi pelo, los zapatos rojos
de la niña delante nuestro,
le interesan más.

En el zoológico, en vez de mirar los tigres,
contempla las plantas.
Los gorros de los chicos grandes lo hipnotizan.
Simples nubes, la blancura de una pared,
el ir y venir constante de los dedos de sus pies-
¿Qué hay ahí?

No me lo dice:
sus ojos en mis labios
forcejean por gobernar sonidos.
Le lleva semanas enteras
(nada por aquí, nada por allá)
pero, finalmente, da con el conjuro exacto,
"ma-ma-ma-ma", y ahí estoy para él. Ahí estaré

mucho después, cuando pierdan encanto las palabras
y, aburrido de proezas, el brujo
me deje de llamar. ¿Será más fácil entonces,
libre una vez más, cuidar sólo de mí?
¿Qué lazo, además de un instinto deslucido,
llenará el vacío entre nosotros?

¿Seremos capaces de admirar de nuevo un hormiguero,
de remontar un barrilete juntos,
de reunirnos en silencio
una tarde invernal?





Mori Ponsowy 
(Buenos Aires, Argentina)
ESCRITORA/EDITORA/TRADUCTORA
de Enemigos afuera, Colección Fénix
Ediciones del Copista, Córdoba, 2001
su blog: GOMA DE BORRAR
para leer MÁS

10 de septiembre de 2015

Mori Ponsowy, Cuánto tiempo un día


Fotografía de Leonhard Kätzel
CUÁNTO TIEMPO UN DÍA

¿Cuánto tiempo puede durarnos este día
si cuando arremeten las olas
lo barren todo: la sombra de las casas,
la arena de los sueños, el vacío
de los vanos en las puertas?

¿Cuánto, si al andar tropiezo
con pozos de cangrejos, y caigo
hasta el otro lado del mundo,
allí donde mis brazos
no se pegan a tu cuerpo?

Aspavientos del olvido.
Aspas del agua
que enmascaran la nada
de tanta tarde de domingo
que siempre llegó a lunes,
de tantos días idos
en la avalancha de las olas
que vienen y se van,
inclementes siempre.

Como las horas.



Mori Ponsowy 
(Buenos Aires, Argentina)
ESCRITORA/EDITORA/TRADUCTORA
de Cuánto tiempo un día, Colección Fénix
Editorial Brujas, Córdoba, Argentina, 2015
para leer MÁS
y + en CARTAS DESDE EL JARDÍN

10 de febrero de 2015

Sharon Olds, Lo que me impresionó cuando murió mi padre


Fotografía de Nishe (Magdalena Lutek)

LO QUE ME IMPRESIONÓ CUANDO MURIÓ MI PADRE

No me impresionó de su muerte
que su rostro perdiera cuanto le quedaba de carne
como si sus huesos estuvieran creciendo;
ni la pequeñez de su último aliento,
mota de polvo bajo la cama de una muñeca;
ni el hogar abierto de su boca al morir;
o su corazón detenido, bajo su pecho.
Las llamas que lo quemarían, la línea
que apareció bajo sus pupilas, la tierra que lo cubriría:
nada me impresionó hasta que desperté
junto a mi esposo y recordé que mi padre
no se afanó por respirar, con cuánta calma
su cuerpo recibió la muerte, ese aliento final
tan pequeño y, después, nada, ni un esfuerzo: eso
no me impresionó pero cuando lloré
y sentí el peso de mi esposo sobre mí
y las lágrimas sobre mi rostro mi cabello mis orejas
como si mi cabeza estuviera sumergida,
cuando lloré y él me hizo callar -los niños
al otro lado de la puerta y la esposa de mi padre
al otro lado de la pared delgada- cuando calló mi llanto
con su mano suave sobre mi boca
casi como si pensara que mi llanto podía sonar
como si yo estuviera acabando, eso me impresionó.





Ph Antonio Olmos 
Sharon Olds 
(EE.UU, San Francisco, 1942)
de The Father, New York: Alfred A. Knopf, 1998
en El padre(edición bilingüe) Bartleby Editores, 2004
Traducción de Mori Ponsowy
para leer MÁS
extraído de RITUAL

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