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2 de diciembre de 2018

Fernanda Trías, Viernes 3 AM


Fotografía de Oleg Oprisco

VIERNES 3 AM

Todo coexiste. La cronología es artificial, sólo determinada por la emoción. Cuando resbalé por la escalera del bar, incluso antes de partirme el labio, ya estaba resbalando por la escalera de La Boca —las mismas botas, los mismos escalones de madera gastada— el día en que mi padre murió. Quizá mi padre ya estuviera muerto entonces (queremos esquivar la muerte que ya nos mató). Resbalo. Estoy borracha pero menos que otras veces, manoteo la baranda, veo la sonrisa de Ada que me habla desde el descanso, unos escalones más abajo, y la sonrisa no tiene tiempo de deshacerse porque antes me deshago yo: caigo. Y qué larga puede ser una caída. Ada me levanta. Creo que nuestra relación está terminada. No queda nadie en el bar más que los chicos de la barra; están cerrando. Me ven, supongo, con las manos llenas de sangre envolviéndome la boca. Me alcanzan un trapo con hielo y me acuestan en un sillón. Pienso que tengo las manos sucias, que no llegué a lavármelas al salir del baño. Recuerdo entonces que fue al revés: mi padre murió hace tres meses. ¿Qué escalera sucedió primero? Dormito con el hielo apretado en la boca. Cuando abro los ojos, veo a Ada bailando sola en el bar vacío, las sillas dadas vuelta sobre las mesas. Todo coexiste. El artificio es cronológico.




Fernanda Trías 
(Montevideo, Uruguay, 1976)
ESCRITORA/TRADUCTORA/MAGÍSTER EN ESCRITURA CREATIVA
de Bienes muebles, Brutas Editoras, Chile-Nueva York, 2013
de La Ciudad InvencibleEditorial Demipage, Madrid, 2014
extraído de DESCONTEXTO
para leer una entrevista en OCULTALIT
su página en FACEBOOK


17 de marzo de 2011

Marosa di Giorgio, Está en llamas el jardín natal (fragmento)


Fotografía de Gaby Herbstein, Huella Ecológica 2, 
Ilustración de Pablo Bernasconi

ESTÁ EN LLAMAS EL JARDÍN NATAL

1

          Fui desde mi casa, a la casa de los abuelos, desde la chacra de mis padres a la chacra de los abuelos. Era una tarde gris, pero, suave, alegre. Como lo hacían las niñas de entonces, me disfracé para pasar desapercibida, me puse mi máscara de conejo, y así anduve entre los viejos peones y los nuevos peones, saltando crucé el prado y llegué a la antigua casa. Recorrí las habitaciones. Todos estaban felices. Era el cumpleaños de alguien. Por los cuatro lados habían puesto jarritas de almíbar y postales. En medio de la mesa, una exquisita ave, un muerto delicioso, rodeado de lucecillas. El abuelo que siempre estaba serio, esta vez se sonreía y se reía; y antes de que bajase la tarde, me dijo que fuera con él al jardín, y que iba a mostrarme algo. Ya allá arrojó al aire una moneda; yo la vi rebrillar, al caer se volvió un caramelo, del que, enseguida, salió una vara larga y florida como un gladiolo, a cuya sombra yo me erguí, y que creció aún más, después, y duró por varias semanas.

          Yo soy de aquel tiempo,
                                                            los años dulces de la Magia.
              



Marosa di Giorgio 
(Salto, 1932 - Montevideo, Uruguay, 2004) 
para leer MÁSMÁS

21 de noviembre de 2010

Simone Seija Paseyró, Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor del fuego




CUANDO LAS CABEZAS DE LAS MUJERES SE JUNTAN ALREDEDOR DEL FUEGO

Alguien me dijo que no es casual… que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.

Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.

Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.

Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “veníte el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.

El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…y sin embargo…detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.
Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar. 

Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.

Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.

Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.

Entonces…los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.

Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.

Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.

 Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.

Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.

Para todas las brasas de mi vida, las que arden desde hace tanto, y las que recién se suman al fogón.

(2010)



Simone Seija Paseyro 
(Montevideo, Uruguay, 1968)
ESCRITORA/LECTORA DE REGISTROS AKÁSICOS/
ESCRIBANA/PSICÓLOGA/
LICENCIADA EN CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN


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