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13 de marzo de 2016

Marina Colasanti, Lo sé, pero no debería



Fotografía de Sebastian Bieniek
LO SÉ, PERO NO DEBERÍA

Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería.

La gente se acostumbra a vivir en un apartamento  interior
y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor.
Y como no tiene vistas, luego se acostumbra a no mirar hacia  afuera.
Y como no mira hacia afuera luego se acostumbra a no abrir de todo las cortinas.
Y como no abre las cortinas luego se acostumbra a encender más pronto la luz.
Y a medida que se acostumbra, olvida el sol, olvida el aire, olvida la amplitud.

La gente se acostumbra a levantarse por la mañana sobresaltado porque es la hora.
A tomar el café corriendo porque va atrasado.
A leer la prensa en el autobús porque no puede perder el tiempo del viaje.
A comer un sandwich porque no hay tiempo para almorzar.
A salir del trabajo porque ya es de noche.
A dormitar en el autobús porque está cansado.
A acostarse temprano y dormir profundo sin haber disfrutado el día.

La gente se acostumbra a abrir el periódico y a leer sobre la guerra.
Y aceptando la guerra, acepta los muertos y que haya una cifra de muertos.
Y aceptando la cifra acepta no creer en las negociaciones de paz,
acepta leer todo el día sobre guerra, sobre cifras, sobre su larga duración.

La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar al teléfono: hoy no puedo ir.
A sonreír a la gente sin recibir una sonrisa de vuelta.
A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto.
La gente se acostumbra a pagar por todo lo que desea y necesita.
A luchar para ganar el dinero con qué pagar.

Y a ganar menos de lo que necesita.
Y a hacer colas para pagar.
Y a pagar más de lo que las cosas valen.
Y a saber que cada vez pagará más.
Y a buscar más trabajo, para ganar más dinero, para tener con qué pagar en las colas en las que se cobra.

La gente se acostumbra a andar por la calle y ver carteles.
A abrir las revistas y ver anuncios.
A encender al televisión y ver publicidad.
A ir al cine y engullir anuncios.
A ser instigado, conducido, desnortado, lanzado a la infinita catarata de productos.
La gente se acostumbra a la polución.

A las salas cerradas con aire acondicionado y olor a cigarro.
A la luz artificial con su ligero temblor.
Al choque de los ojos con la luz natural.
A las bacterias del agua potable.
A la contaminación del agua del mar.
A la lenta muerte de los ríos.

Se acostumbra a no oír los pájaros, ni el gallo de madrugada, a temer la hidrofobia de los perros,
a no coger la fruta a pie del árbol, a no tener ni siquiera una planta.
La gente se acostumbra a demasiadas cosas para no sufrir.

En dosis pequeñas, intentando no percibir, se va apartando un dolor de aquí,
un resentimiento de allí, una revuelta allá.
Si el cine está lleno la gente se sienta en primera fila y tuerce un poco el cuello.
Si la playa está contaminada la gente solo moja los pies y suda en el resto del cuerpo.

Si el trabajo es duro la gente se consuela pensando en el fin de semana.
Y si el fin de semana no hay mucho que hacer la gente se acuesta temprano
y aún queda satisfecho porque siempre tiene sueño atrasado.

La gente se acostumbra para no rallarse en la aspereza, para preservar la piel.
Se acostumbra para evitar heridas, sangrados, para esquivarse
de la faca, de la bayoneta, para proteger el pecho.
La gente se acostumbra para proteger la vida que poco a poco se gasta y, que
de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma.


EU SEI, MAS NÃO DEVIA

Eu sei que a gente se acostuma. Mas não devia.

A gente se acostuma a morar em apartamentos de fundos e a não ter outra vista que não as janelas ao redor. E, porque não tem vista, logo se acostuma a não olhar para fora. E, porque não olha para fora, logo se acostuma a não abrir de todo as cortinas. E, porque não abre as cortinas, logo se acostuma a acender mais cedo a luz. E, à medida que se acostuma, esquece o sol, esquece o ar, esquece a amplidão.

A gente se acostuma a acordar de manhã sobressaltado porque está na hora. A tomar o café correndo porque está atrasado. A ler o jornal no ônibus porque não pode perder o tempo da viagem. A comer sanduíche porque não dá para almoçar. A sair do trabalho porque já é noite. A cochilar no ônibus porque está cansado. A deitar cedo e dormir pesado sem ter vivido o dia.

A gente se acostuma a abrir o jornal e a ler sobre a guerra. E, aceitando a guerra, aceita os mortos e que haja números para os mortos. E, aceitando os números, aceita não acreditar nas negociações de paz. E, não acreditando nas negociações de paz, aceita ler todo dia da guerra, dos números, da longa duração.

A gente se acostuma a esperar o dia inteiro e ouvir no telefone: hoje não posso ir. A sorrir para as pessoas sem receber um sorriso de volta. A ser ignorado quando precisava tanto ser visto.

A gente se acostuma a pagar por tudo o que deseja e o de que necessita. E a lutar para ganhar o dinheiro com que pagar. E a ganhar menos do que precisa. E a fazer fila para pagar. E a pagar mais do que as coisas valem. E a saber que cada vez pagar mais. E a procurar mais trabalho, para ganhar mais dinheiro, para ter com que pagar nas filas em que se cobra.

A gente se acostuma a andar na rua e ver cartazes. A abrir as revistas e ver anúncios. A ligar a televisão e assistir a comerciais. A ir ao cinema e engolir publicidade. A ser instigado, conduzido, desnorteado, lançado na infindável catarata dos produtos.

A gente se acostuma à poluição. Às salas fechadas de ar condicionado e cheiro de cigarro. À luz artificial de ligeiro tremor. Ao choque que os olhos levam na luz natural. Às bactérias da água potável. À contaminação da água do mar. À lenta morte dos rios. Se acostuma a não ouvir passarinho, a não ter galo de madrugada, a temer a hidrofobia dos cães, a não colher fruta no pé, a não ter sequer uma planta.

A gente se acostuma a coisas demais, para não sofrer. Em doses pequenas, tentando não perceber, vai afastando uma dor aqui, um ressentimento ali, uma revolta acolá. Se o cinema está cheio, a gente senta na primeira fila e torce um pouco o pescoço. Se a praia está contaminada, a gente molha só os pés e sua no resto do corpo. Se o trabalho está duro, a gente se consola pensando no fim de semana. E se no fim de semana não há muito o que fazer a gente vai dormir cedo e ainda fica satisfeito porque tem sempre sono atrasado.

A gente se acostuma para não se ralar na aspereza, para preservar a pele. Se acostuma para evitar feridas, sangramentos, para esquivar-se de faca e baioneta, para poupar o peito. A gente se acostuma para poupar a vida. Que aos poucos se gasta, e que, gasta de tanto acostumar, se perde de si mesma.

(1972)




Marina Colasanti 
(Asmara, Etiopía, 1937-2025) 
Residió en Brasil desde 1948
POETA/ESCRITORA
de Eu sei, mas não devia, Editora Rocco, Río de Janeiro, 1996
en O pequeno livro das grandes emoções
una antología de trabajos literarios brasileños, 2009
Traducción al castellano de Selo Blanco
para escucharlo recitado por Antônio Abujamra
en INSTAGRAM
para leer MÁS
su WEB

26 de febrero de 2016

Marilyn Bobes León, 3 poemas 3


Fotografía de Federica Erra

LA DEMENTE

Ella fue lejanía. Oyó las danzas y cuidó los pájaros.
Se quedaba en ciudades olvidadas. Bailaba en los entierros.  
Ella fue oscuridad. Trajo en los ojos signos de catástrofe.  
Podó jardines. Liberó sus bestias. ¿Ocurrió todo así?  
Ahora se precipita en los espejos,  
destrozando tal vez corceles, lirios,
cosas que nadie amó.






Fotografía de Rachael Putt

ARTE POÉTICA

La aguja con que hilvano estas
palabras
la encontré en un pajar.
Es su destino laborar el lienzo
con la terca paciencia de quien sabe
que el desastre de un hilo
puede arruinar la magia del
bordado.
Es una aguja racional:
zurce hábilmente las desgarraduras,
refuerza los botones desprendidos
a la camisa del amor más esperado;
armoniza la urdimbre de esta tela
casi enhebrada al hilo de los años.
No es una aguja de cambiar la vida
pero su trazo puede hacer un mapa.
Limpia y usada, la encontré en un pajar.


ARTE POETICA

L’ago con cui imbastisco queste 
parole
l’ho trovato in un pagliaio.
E’ il suo destino dedicarsi alla tela
con l’ostinata pazienza di chi sa
che il disastro di un filo
può rovinare la magia del
ricamo.
E’ un ago razionale:
rammenda abilmente gli strappi,
rinforza i bottoni staccati
alla camicia dell’amore più aspettato;
armonizza l’ordito di questa tela
quasi infilata dal filo degli anni.
Non è un ago da cambiare l vita
pero il suo tracciare può fare una mappa.
Pulito e usato, l’ho trovato in un pagliaio.





Fotografía de Sebastian Bieniek

ANOCHECERES APACIBLES

Ella lo espera.
Él no la ha advertido.
Se preocupa más bien por las
noticias
Dice que la felicidad es
inalcanzable
y se arrepiente un poco
mientras enciende el último
cigarro.
Ella pregunta entonces 
si el domingo 
llegarán los parientes
y se aferra a una cara.
En la televisión: una película,
una eterna película.
Los niños juegan.
Otra noche acaba.
Después 
se acuestan
a morir temprano.





Marilyn Bobes León 
(La Habana, Cuba, 1955)
POETA/EDITORA/CRÍTICA LITERARIA/NARRADORA
en La aguja racional 1978-2010Ediciones Unión
Ciudad de La Habana, 2011
Prólogo de Sigfredo Ariel
Leídos en EXCELENCIAS MAGAZINES
para leer MÁS

24 de enero de 2016

David Mariné, Nunca seré una chica gunst - la noche como cita


Fotografía de Sebastian Bieniek

NUNCA SERÉ UNA CHICA GUNST - LA NOCHE COMO CITA

nunca seré una chica gunst,
escribir poesía es un parto que cuando se inicia 
ni el mejor de los padres anda preparado para la sangría,
para la fuerza vital de un verso,
-ajeno a tu control-
y del llanto íntimo y preciso anudado en la garganta del útero.

nunca seré una chica gunst
inquieto y abrumadoramente frágil os lo digo,
abierto en canal y lastimero,
cercano como el grito de la vida 
o la delicada pesadez de la muerte.

nunca seré una chica gunst, 
la savia empapa mis músculos.

odio a los pájaros que no hablan de sexo, 
odio a los árboles que te nombran de viejo,
porque sé de un viento desnudo
que es ritmo intensidad y respiro,
sé de una niebla iracunda que hace al horizonte minúsculo,
sé del náufrago en la noche de todos los abandonos,
sentado en la acera,
lanzando piedrecitas a las cloacas
como quien lanza ajorcas en el vientre de los muertos.

nunca seré una chica gunst
nunca tendré los zapatos de mil colores,
ni mi nombre lucirá de naranja y cicatrices,
nadie vendrá a fecundar 
-con un ojo en zozobra 
y otro en exterminio -
el resonar vacío y hueco de mis ovarios.

y la noche,
una vez más,
con sus arrojos y sus protestas
con sus bostezos,
inquieto sueño agostado como llama de una vela:

yo quise poseer una floristería 
una floristería pequeña, 
cercana,
amante,
una floristería donde reírse y despeinarse 
rodeado de nereidas 
y de marineros tibios con la entrepierna abultada.

porque amo el sarmiento de todas las inclinaciones,
amo la frágil arteria de los descosidos,
el cinturón oliváceo de tus ojos,
amo los lirios,
los rosales,
un árbol de jade,
la cima de todos los senos,
la risa del vagabundo,
el miedo de las tumbas.

nunca seré una chica gunst,
-la noche como cita -
preciso de la impaciencia
y del abandono,
preciso de la asfixia,
de la exclamación de quien es laureado
con un bello manojo de flores proscritas.





David Mariné 
(L’ Hospitalet de Llobregat, España, 1971)
para leer + en HEMINGWAY NUNCA ESTUVO AQUÍ
su blog INTEMPERANCIA VERBAL

23 de octubre de 2015

Sara Zapata, 2 poemas 2 (+1)


Fotografía de Chrissie White

PUESTOS A ELEGIR


"Han muerto como mueren los leones;

peleando y rugiendo". 
MIGUEL HERNÁNDEZ

Puestos a elegir elijo:

El mar embravecido
tu lunar de la espalda
la sonrisa de Jimena
el abrazo de mi padre.
Puestos a elegir elijo:
cañas en el Mercado de San Fernando
a cena en el Ritz
tus poemas a Neruda
Lope a Góngora
ver por enésima vez una de Billy Wilder
a la última de Ridley Scott
diez días de verano al invierno de Madrid
volver a ver a mi abuelo preparar sus migas al Cuponazo
el asiento de atrás del Corsa
a una suite francesa.
Pero todos mis elijo cambiaría.
Cambiaría mis pequeñas batallas cotidianas por una mayor,
por ver a Lorca escribir en su patio de Granada
por no ver a Machado pisar Colliure
por ver a Hernández acercarse a una cuna con un saco lleno de panes, queso y jamón del bueno,
por no ver a Alberti a bordo del "Mendoza".
Cedería mis elijo
por ver bailar juntas a las trece rosas
por no contar los muertos
por ver a los maestros en sus escuelas
por ver desterrado al que vino de África en un remoto rincón de Groenlandia
por ver vacíos los Pirineos y no escuchar La Pirenaica.
Mis elijo daría
por haber ganado esa Guerra
por sentir la vida,
la libertad.



Fotografía de Chrissie White

ESCONDIDA

Nos envolvemos en capas
como esas Matrioskas
intentando esconder lo que somos,
protegiéndonos de todo,
de todos.
Hartos de golpes,
de zonas en las que falta color,
vamos construyendo nuevos armazones,
falsas apariencias.
Pero ahora que te acercas
a mi yo minúsculo y escondido,
quiero que sepas
que dentro de la última muñeca
sólo encontrarás un papel
que dice:
Cuidado. Frágil


B O N U S  T R A C K 

Fotografía de Sebastian Bieniek

CON MI PERMISO

Me permito vivir como quiera
porque esto, la vida,
es lo único realmente mío.
Me permito por tanto
tropezar las veces que sea necesario
y también vaguear,
tumbarme al sol y dejar que pase el tiempo
sin que nada pase.
Me permito también
adelgazar y engordar a mi antojo
puesto que este cuerpo es mío
y darle placer sin reproches.
Me permito amar y que me amen
sin ridículos límites
que edulcoran al amor
e intentar
aceptar el fin con valentía
sin miserables reproches,
pero si llegado el momento
me falla la entereza,
me permito convertirme en escarabajo
durante un tiempo determinado.
Me permito cambiar de opinión
sin sentirme culpable
ya que nada es estático.
Me permito además,
permanecer en la confusión del ser
en la intriga de las sombras
en esta interrogación constante.
Me lo permito
porque ya me cansé,
de apuñalarme a cada instante.




Sara Zapata 
(Madrid, España, 1977)
POETA/DOCENTE
de Palabras para salvarse, Huerga & Fierro Editores, 2015
para leer más en CREPUSCULARIO SIGLO 21
su blog SE CANTA LO QUE SE PIERDE
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