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18 de junio de 2020

Marilyn Nelson, Cómo descubrí la poesía


Ilustración de Sally Nixon

CÓMO DESCUBRÍ LA POESÍA

Fue como si besaran mi alma, las palabras
que la Sra. Purdy leía desde su escritorio llenaron mi boca.
Los otros chicos pensaban en lo que harían después de las 3:15,
pero la Sra. Purdy y yo vagábamos solitarias como nubes arrastradas
por una brisa del monte Parnaso. Ella debió ver
brillar los ojos más oscuros del salón: Al día siguiente
me dio un poema que eligió especialmente para
que lo leyera a la clase donde todos eran blancos menos yo.
Ella sonrió cuando me dijo léelo, sonrió con firmeza,
me dijo oh sí tú puedes. Sonrió más y más
hasta que me puse de pie y abrí mi boca a la música del banjo
que los negros tocaban pelo é pasa, éto y éso. Cuando terminé
mis compañeros clavaron la vista en el piso. Caminamos en silencio
hacia los autobuses, sobrecogidos por el poder de las palabras.

HOW I DISCOVERED POETRY

It was like soul-kissing, the way the words
filled my mouth as Mrs. Purdy read from her desk.
All the other kids zoned an hour ahead to 3:15,
but Mrs. Purdy and I wandered lonely as clouds borne
by a breeze off Mount Parnassus. She must have seen
the darkest eyes in the room brim: The next day
she gave me a poem she’d chosen especially for me
to read to the all except for me white class.
She smiled when she told me to read it, smiled harder,
said oh yes I could. She smiled harder and harder
until I stood and opened my mouth to banjo playing
darkies, pickaninnies, disses and dats. When I finished
my classmates stared at the floor. We walked silent
to the buses, awed by the power of words.




Marilyn Nelson
-Marilyn Nelson Waniek-
(Cleveland, Ohio, EE.UU., 1946)
POETA/TRADUCTORA/AUTORA DE LIBROS INFANTILES/
PROFESORA DE LENGUA Y LITERATURA INGLESA
Copyright © 1994, 1995, 1996, 1997 
Editada por April Lindner, Sarabande Books, 2006
Fondo Nacional para las Artes de Estados Unidos
Traducción de Argentina Rodríguez
para leer más en POETICOUS

2 de septiembre de 2019

Evelín Bochle, 2 poemas 2


Ilustración de Sally Nixon
LLEVO EL CUERPO

Lo levanto
Le abro los ojos
Le pongo entre los dientes un bocado de algo

Me lo cargo encima

Lo enjuago
Lo visto
Le pongo rubor           perfume         un broche en el cabello
Cepillo su sonrisa
Delineo sus ojos

Me lo pongo

A veces
Las vísceras pesan
Los órganos espumosos se inflaman y duelen
Los fluidos se espesan                    se detienen
A veces
Se pone tenso
Difícil de dirigir

Pobre bodoque inerte

Pero el tiempo cae sobre el mundo como un cuchillo oxidado
Gargantas lejanas                         gritan
Me  llaman
Siempre alguno me reclama el cuerpo

Acudo

Me lo llevo a cuestas
Como un vestido caliente
Como el filo de una espina de pescado atascada en el alma
Como un calzado diminuto exprimiéndome los pasos
Como un pedazo de polvo irritándome la mirada

Así lo llevo

Lo transporto
Lo traslado
Lo acarreo
Lo arrastro

A todas partes lo llevo
Pedazo pesado
Como una joroba de barro tonto
Como un hijo estúpido y triste

Lo llevo
A veces

Yo también voy

de Como un vestido caliente, Semánticas Ediciones, 2018
publicado en Revista Semánticas del Desequilibrio Nº5



Ilustración de Sally Nixon

Alguien te dijo que sos mujer
hija
madre
vientre
cosa cóncava que contiene

incompleta sin varón a tu lado
vértice cerrado
tetitas tristes
niña nueva
cintura quebrada bajo su piel

alguien te contó
del milagro de los hijos rosados devorando tu carne desde adentro
matriz
ombligo manso

grandiosa el día en que dudaste
muda para no repetir
ciega para verte
sorda

rompiste el molde
quebraste
la forma perfecta
pariste una mujer cualquiera

hembra brava
hecatombe original

desastre natural entre tus piernas
en tu pecho
en tu vena misma
en el iris de tu mirada

de Calzado para damaEditorial Deacá, 2019


Feria del Libro de Caá Catí (Corrientes, Argentina)





Evelín Bochle
(Empedrado, Corrientes, 1979)
POETA/ESCRITORA/PROFESORA DE LENGUA Y LITERATURA/
LICENCIADA EN LETRAS/DOCENTE
para leer más en MOMARANDU
su FACEBOOK
Gracias Silvina Gio 💕

3 de enero de 2019

Cris Pizzimenti, Estoy hecha de retazos



Ilustración de Sally Nixon
ESTOY HECHA DE RETAZOS

Estoy hecha de retazos. Pedacitos coloridos de cada vida que pasa por la mía y que voy cosiendo en el alma.
No siempre son bonitos, ni siempre felices, pero me agregan y me hacen ser quien soy.

En cada encuentro, en cada contacto, voy quedando mayor...
En cada retazo una vida, una lección, un cariño, una nostalgia...
Que me hacen más persona, más humana, más completa.

Y pienso que es así como la vida se hace: de pedazos de otras gentes que se van convirtiendo en parte de la gente también.
Y la mejor parte es que nunca estaremos listos, finalizados...
Siempre habrá un retazo para añadir al alma.

Por lo tanto, gracias a cada uno de ustedes, que forman parte de mi vida y que me permiten engrandecer mi historia con los retazos dejados en mí. Que yo también pueda dejar pedacitos de mí por los caminos y que puedan ser parte de sus historias.

Y que así, de retazo en retazo podamos convertirnos, un día, un inmenso bordado de "nosotros".


SOU FEITA DE RETALHOS

Sou feita de retalhos. Pedacinhos coloridos de cada vida que passa pela minha e que vou costurando na alma. Nem sempre bonitos, nem sempre felizes, mas me acrescentam e me fazem ser quem eu sou.

Em cada encontro, em cada contato, vou ficando maior… Em cada retalho, uma vida, uma lição, um carinho, uma saudade… Que me tornam mais pessoa, mais humana, mais completa.

E penso que é assim mesmo que a vida se faz: de pedaços de outras gentes que vão se tornando parte da gente também. E a melhor parte é que nunca estaremos prontos, finalizados… Haverá sempre um retalho novo para adicionar à alma.

Portanto, obrigada a cada um de vocês, que fazem parte da minha vida e que me permitem engrandecer minha história com os retalhos deixados em mim. Que eu também possa deixar pedacinhos de mim pelos caminhos e que eles possam ser parte das suas histórias.

E que assim, de retalho em retalho, possamos nos tornar, um dia, um imenso bordado de ‘nós’.




Cris Pizzimenti
(San Pablo, Brasil)
Reside en Guarujá
su página UMA PITADA DE ENCANTO
su FACEBOOK

24 de agosto de 2016

Deborah Landau, 2 poemas 2 (+1)


Ilustración de Sally Nixon
Antes de tener niños,
hazte con un perro.

Entonces cuando te hagas con el niño,
espera a que el perro muera.

Cuando el perro muere,
es un alivio.

Cuando  tus niños no lo son,
quieres un perro de nuevo.

Los usos del cuerpo,
a ver dónde terminan.

Pero solo vamos por la mitad,
la mitad del camino.

Los órganos que se hacen más grandes en los bolsillos de felpa
desgástandose poco a poco.

Estamos aquí y pronto no estaremos
(a pesar de la cómoda cama el perro de peluche la almohada los libros el reloj).

El muchacho con sus calcetines y pijamas.
Una serie de colisiones accidentales.

Presión en el pecho. Todo el mundo respira
por ahora, dentro y fuera, durante toda la noche..

Estas cosas tristes tienen que ser.
Entro en la cocina del pensamiento para endulzarme.

Los huevos duros no van a hacer nada.
Ostras. Desinfectante. Mantequilla de maní. Ginebra.

Gran cara de bebé, me hartas.
Tengo veinte. Tengo treinta. Tengo cuarenta años.

Una amiga me dice Escucha,
trata de calmarte.

Versión de Ana Gorría


Before you have kids,
you get a dog.

Then when you get a baby,
you wait for the dog to die.

When the dog dies,
it’s a relief.

When your babies aren’t babies,
you want a dog again.

The uses of the body,
you see where they end.

But we are only in the middle,
only mid-way.

The organs growing older in their plush pockets
ticking toward the wearing out.

We are here and soon won’t be
(despite the cozy bed stuffed dog pillows books clock).

The boy with his socks on and pajamas.
A series of accidental collisions.

Pressure in the chest. Everyone breathing
for now, in and out, all night.

These sad things, they have to be.
I go into the kitchen thinking to sweeten myself.

Boiled eggs won’t do a thing.
Oysters. Lysol. Peanut butter. Gin.

Big babyface, getting fed.
I am twenty. I am thirty. I am forty years old.

A friend said Listen,
you have to try to calm down.



Ilustración de Sally Nixon
NO TENGO UNA PASTILLA PARA ESO

Me asusta mirar
a una mujer cojeando
por la acera, apoyándose en

un adagio encorvado—
tengo tanto miedo
que podría dibujar un diagrama

de la gran dislocación
pronto todos nosotros
estaremos de vuelta.

La boda ha terminado.
El verano ha terminado.
Explícamelo, por favor.

El libro de la vida está casi a la mitad.
No tengo una pastilla para eso,
dijo el médico.

Versión de Carlos Alcorta


I DON'T HAVE A PILL FOR THAT

It scares me to watch
a woman hobble along
the sidewalk, hunched adagio

leaning on —
there’s so much fear
I could draw you a diagram

of the great reduction
all of us will soon
be way-back-when.

The wedding is over.
Summer is over.
Life please explain.

This book is nearly halfway read.
I don’t have a pill for that,
the doctor said.




B O N U S  T R A C K 

Ilustración de Sally Nixon
SOLITARIA

Ese verano no quedaba en mí nada de la niña que fui.
Se hizo evidente poco a poco.
De repente ocurrió.

En la piscina, yo pesaba más que la luz.
Picada de viruela y escuálida con un sombrero de ala ancha.
¿Qué será de mi cuerpo

cuando esté tirado toda la noche en el suelo?
Pleno verano. Inspiración. Expiración.
No soy una bombona de oxígeno.

Dos veces a la semana tenemos sexo.
Veo a las ágiles chicas junto a la piscina
casadas con hijos, con anchas

caderas de mujeres maduras.
No puedo ver más allá del punto en el que estoy.
Como tú, sólo estoy de paso.

Quiero mantenerme durante un tiempo.
No quiero nada
ni renunciar a nada, no quiero

estar entre algodones o exhibirme en carne viva.
Si yo retinol. Si yo maratón.
Si yo vitamina C. Si yo carmesí

mis labios y mi pelo moteado.
Si yo cera. Exfoliar. Copular
al lado del pescado contaminado.

Cúbreme, tengo frío. Cúbreme, estoy en mitad del camino.
¿Me aplastarías en el hueco de la escalera?
¿Podríamos acostarnos?

Si los frenos no funcionan.
Si los pesticidas no desinfectan.
Si el séptimo piso expulsa un ladrillo

por la ventana y cae en mi cabeza.
Si un estremecimiento, la menopausia. Cáncer. ALS.
Estos son el ABC de mis miedos.

El médico dice
No tengo una pastilla para eso, querida.
Ojalá, sería una panacea, señoras,
¿gin-tonics en una noche de verano?
¡Te crees inmortal! Desconcertada.
Sucesión de días que no podemos atrapar.

Versión de Carlos Alcorta

SOLITAIRE

That summer there was no girl left in me.
It gradually became clear.
It suddenly became.

In the pool, I was more heavy than light.
Pockmarked and flabby in a floppy hat.
What will my body be

when parked all night in the earth?
Midsummer. Breathe in. Breathe out.
I am not on the oxygen tank.

Twice a week we have sex.
The lithe girls poolside I see themat their weddings
I see them with babies their hips

thickening I see them middle-aged.
I can’t see past the point where I am.
Like you, I’m just passing through.

I want to hold on awhile.
Don’t want to naught or 
forsake, don’t want

to be laid gently or racked raw.
If I retinol. If I marathon.
If I Vitamin C. If I crimson

my lips and streakish my hair.
If I wax. Exfoliate. Copulate
beside the fish-slicked sea.

Fill me I’m cold. Fill me I’m halfway gone.
Would you crush me in the stairwell?
Could we just lie down?

If the brakes don’t work.
If the pesticides won’t wash off.
If the seventh floor pushes a brick

out the window and it lands on my head.
If a tremor, menopause. Cancer. ALS.
These are the ABCs of my fear.

The doctor says
I don’t have a pill for that, dear.
Well, what would be a cure-all, ladies,

gin-and-tonics on a summer night?
See you in the immortalities! O blurred.

O tumble-rush of days we cannot catch.



Deborah Landau
(Colorado, Estados Unidos, 1973)
POETA/ENSAYISTA/CRÍTICA
de The Uses of the Body, Copper Canyon Press, 2015
en INSTAGRAM
su WEB

23 de abril de 2014

Leopoldo Brizuela, El derecho a leer a las mujeres


Ilustración de Sally Nixon

EL DERECHO A LEER A LAS MUJERES

Desde que empecé a escribir, y sobre todo, desde que empecé a publicar y a hablar públicamente sobre mis lecturas, amigos, colegas, periodistas, críticos, me han hecho la misma pregunta: ¿por qué leés tantas mujeres? Una pregunta que siempre me perturbó tanto como para contestarla, apenas, con evasivas o subterfugios. Como si decir la verdad –una verdad de la que yo mismo era apenas consciente, a fuerza de no discutirla- pudiera exponerme al peor peligro.

Yo balbuceaba: “Bueno, no te mencioné tantas”. Y era verdad: la recriminación ocurría a la segunda o tercera escritora citada, pero ya eran más de las que el propio interlocutor conocía o juzgaba prudente conocer. Otras veces yo fingía recoger el guante de un duelo del que sabía que desertaría: “Si yo hubiera mencionado sólo escritores varones, ¿vos me lo habrías hecho notar?” Porque era obvio que no. Y ni aun a las autoras mujeres que sólo nombran escritores varones, ni siquiera a las críticas o profesoras que sólo incluyen libros de escritores varones en sus programas, antologías, ensayos, este interlocutor les habría objetado ningún tipo de ignorancia.

Pero yo no respondía, y el otro, envalentonado, como si hubiera desenmascarado una artimaña o una conspiración, remataba: “te pregunto simplemente porque es raro”. Se erigía, en fin, como representante o árbitro de la normalidad, y todo parecía volver a ella. Me había recordado, y era su victoria, la ley que rige para todos, varones y mujeres: sólo el que se disimula sobrevive.

Dos vías

Primera salvedad. Quizá yo no me haya atrevido hasta hoy a contestar claramente esa pregunta, por carecer de otra ayuda que los libros de las mismas escritoras. Porque formular en términos teóricos lo que me habían revelado la inercia de las protagonistas de Jean Rhys y la lucidez de las heroínas de Doris Lessing; demostrar por qué las reflexiones que Simone de Beuvoir o de Adrienne Rich sobre el “segundo sexo” podían también aplicarse a mi experiencia, era una tarea que iba más allá de mis capacidades. Hoy, en cambio, contamos con las teorías sobre la construcción de la masculinidad; y esas teorías pueden ayudarme a explicar cómo la violencia y el terror que corrían soterrados bajo esa escena repetida, echan raíces en la infancia.

Dicen los especialistas que en sociedades como la nuestra se “hace varón” el que se aleja de la madre; se echa al varón de la casa, a la escuela o a la calle, para que otro aprendizaje mucho más importante que el que declaran los colegios: la masculinidad, esa condición que es un valor en sí y que le permitirá ocupar, durante el resto de su vida, los espacios de poder del patriarcado. Como lo explica Ariel Sánchez en Marcar la cancha este aprendizaje se da por dos vías. Por un lado, el varón busca un grupo de varones en el que pueda adquirir y desarrollar fuerza, entendida ésta como la capacidad de ejercer violencia sobre los demás. A través del mecanismo básico de la competencia, y de la medición de fuerzas que ésta posibilita, se establecen las jerarquías dentro del grupo; y la lealtad a éste y a sus jerarquías se entenderá como una verdadera condición de existencia.

Y por otro lado, la construcción de la masculinidad depende del hallazgo de un varón a quien calificar de “maricón”; mediante su hostigamiento permanente, el varón pretenderá demostrar su rechazo de todo lo femenino, es decir, su ya definitivo alejamiento de la madre. Como recordará cualquier persona de mi edad, para los niños de los años sesenta el mote de “maricón” no tenía que ver con la homosexualidad –la mera idea de “sexualidad” era ajena a nuestro mundo – sino con una u otra característica de personalidad que los demás varones identificaban como “femenina”. Eran características sorprendentemente variadas -podían ir de una manera de moverse o de hablar, a un rasgo físico o, precisamente, según me cuentan amigos mayores, a la afición a la lectura-; pero todas parecían vincularse con una carencia de fuerza física, o con una disidencia respecto del uso de la fuerza.

Ahora bien. Lo perverso del mecanismo de hostigamiento al “maricón” reside en que, como es demasiado fácil ejercer violencia sobre el débil -tanto más cuanto que el propio grupo le ha impedido desarrollar su fuerza-, quien lo agrede demuestra menos su masculinidad que la íntima, infinita vileza del entramado social. Y por eso la violencia contra el maricón se reitera cotidiana, incesantemente, en pos de esa demostración imposible; causando en sus víctimas daños de por vida sobre los que la sociedad de hoy, al fin, parece al fin abrir los ojos. Daños para los que, durante siglos, casi no ha habido otra salida que la lectura.

Vida y literatura

Segunda salvedad. Quizá la pregunta ¿por qué leés tantas mujeres? me habría perturbado menos si yo hubiera empezado a hacerlo por algún tipo de estrategia política o deliberación. No. Empezamos a leer escritoras, digamos, “espontáneamente”, como un animal perseguido que descubre de pronto el único lugar del mundo que se parece a su primer cubil; pero fue allí, también casi por sorpresa, donde encontramos permiso para ser lo que se nos había prohibido, y armas para lograrlo.

Para horror de quienes sostienen que lo único importante es el texto, nunca buscamos solamente libros: buscábamos autores cuya experiencia pudiéramos adivinar detrás del enigma de sus obras. ¿Y cómo podía dejar de interesarnos un nombre de mujer en la tapa de un libro, si era la prueba de que alguien, en sociedades aun más opresivas que la nuestra, había hecho algo que los demás no esperaban de ella, y había pagado precios altísimos por hablar, ya que sus contemporáneos no podían comprenderla, con algún “hermano del futuro”, es decir, con nosotros mismos? Si una película nos había iniciado en la compasión por Anna Frank y su muerte trágica, lo que nos cautivó para siempre de su Diario fue su decisión de sostener, ante la asfixia del confinamiento político y familiar, el deseo de dialogar consigo misma, y convertirse, así, en una escritora. Si una canción compuesta por dos varones nos había hablado del suicidio de Alfonsina Storni; la solapa del primer libro de ella que pedimos que nos compraran nos llevó a leer cada uno de sus poemas como otra creación no deseada por los hombres y salvada de su vigilancia omnímoda.

Por supuesto, detrás de aquella pregunta “pero ¿por qué leés tantas mujeres?” uno creía entender: “no son tan buenas” Pero ya nos dábamos cuenta de que la literatura escrita por mujeres poseía valores que pocos varones podían apreciar. Básicamente, esa capacidad de invención y manejo de herramientas que representaban, más o menos disimuladamente, una experiencia de incomodidad y rebeldía; produciendo esa experiencia única que llamamos arte y que implica no sólo goce estético, sino transformación profunda de la percepción de la realidad. Así, aunque pocos varones pudieran comprenderlo, una sola frase de Carson McCullers, apenas la primera de su primera novela: “En el pueblo había dos mudos y estaban siempre juntos” podía generar una experiencia estética infinitamente más rica que todos los cuentos de Ernest Hemingway, con sus alardes de macho que se foguea entre soldados, mafiosos, cazadores y toreros.

Y si escribir literatura, como dice Gilles Deleuze, es inventar una lengua extranjera dentro de la lengua; y si la tarea de las mujeres ha sido subvertir por la poesía la convención masculina, ¿quién nos lo reveló mejor que Sara Gallardo, con ese Eisejuaz mataco santo o loco que es su alter ego -ese personaje insólito capaz de sugerir, en un lenguaje nuevo, todo aquello que la cultura argentina no había podido nombrar nunca?

Una fuerza secreta

Creo que ya puedo empezar a responder. Leer a las mujeres fue un modo de transformar nuestras homéricas cargas de dolor, odio y violencia contenida en una fuerza productiva alternativa y nueva. Y quizá llegó el momento de describirla, para no sobrevalorarla y exponerse a un daño mayor. ¿En qué consiste, hoy por hoy? En principio, creo que todo maricón que sobrevive a la infancia consigue distanciarse y comprender, no sólo el por qué de las violencias que se ejercían sobre él, sino los terrores e impotencias que también torturan, secretamente, a los violentos.
En este sentido, desde muy temprano he visto a mis compañeros escritores como los niños que fueron, empeñados en la agotadora tarea de demostrar su poder ejerciéndolo de aquellas mismas dos maneras. Mírenlos en cualquier congreso de literatura: cómo se camuflan, como compiten, cómo intentan seducir: sobreactúan su masculinidad, acaso porque la poesía, convengamos, no es la habilidad que un coronel de caballería quisiera para su primogénito. Escúchenlos hablar –quizá sería excesivo pedirles que dialoguen con ellos-. Formateados por el fútbol, su primera preocupación ha sido integrarse a “un equipo” bajo el ala de un “director técnico” que les dijera qué y cómo escribir de modo que cada frase, cada palabra, diera testimonio de sus atributos viriles. Y hablan del “campo literario” como de la cancha en donde han salido a jugar un campeonato permanente; y de ganar premios como de “hacer un centro”, y de “meter” libros en una editorial importante, o un artículo en un medio masivo, como quien habla de goles. Y es cierto que cada tanto nombran a escritoras, cómo no; pero son siempre aquellas que, alegres convictas de la parcela que la cultura les asignó, le sirven para ejemplificar viejas categorías, aquellas que hasta los vivan y alientan como las porristas más sofisticadas de la historia.

Y en segundo lugar, guiados por aquellos “directores técnicos” que son siempre grandes humilladores, los muchachos se aplican a señalar a “los maricones de la literatura”-ésos que no se debe ser- ; y a la literatura “maricona” – aquello que no se debe escribir. Hoy como ayer, lo “maricón” no tiene que ver necesariamente la elección sexual de un escritor, sino con aquellas características que se corresponden los estereotipos de lo femenino; características tan asombrosamente variadas como para pertenecer a campos tan distintos y vastos de la cultura que, a fuerza de rechazarlos, la mayoría de los varones destaca por una ignorancia sobrecogedora. Pero volviendo a nuestro tema. Los muchachos se burlan, por ejemplo de la admiración de los “maricones” por las mujeres escritoras, como si no fuera más que una variación del amor delictual por la madre; no ven que, como señala Wayne Koesterbaum, lo que el “maricón” celebra de las “divas” es un exceso de voz sólo comparable a la magnitud de su propia imposibilidad de decir, y a la tradición perdida que esa voz de diva devuelve, por sorpresa, con vitalidad arrasadora. Los muchachos se ríen de los “maricones” por la franqueza con que éstos quieren expresar sentimientos, asimilándolos mecánicamente al kitsch, que tanto maricón celebra; enfermos de “pudor” (ese mecanismo parecido a la vergüenza pero que va más allá: porque es el castigo autoinflingido a su parte “femenina”) los varones niegan así su propia incapacidad para lidiar con lo que sienten, y esa risa es lo poco que pueden hacer con su desesperación. Porque están desesperados, es evidente: habiendo “naturalizado” su ignorancia hasta sentirla como un rasgo de su propia identidad; en cada cosa desconocida con que se confrontan no ven una posibilidad de enriquecerse, sino el peligro de su propia disolución… Prueba de que todavía hay que ir con mucha prudencia: porque no hay nada más violento que un negador acorralado.

Una necesidad y un derecho

En fin, ¿por qué leemos a las mujeres? Porque es una necesidad, quizá nuestra necesidad más profunda, y donde hay una necesidad hay un derecho. Porque ese derecho es el de toda una tradición que sobrevive, fortalece y se libera cuando leemos y respondemos a la lectura con nuestras propias obras Y porque, por mucho que intenten convencernos de que todo cambió, como si la utopía del viejo feminismo hubiera sido la única alcanzada, el cambio sólo afecta a la superficie de lo social, no al sustrato de las costumbres y al estrato profundo de las mentes.

¿Cómo se explica que, en una época en que ya nada dificulta el libre intercambio sexual entre dos personas adultas, los varones sigan haciendo florecer, en secreto, como tratantes pero también como clientes, la explotación sexual? No menos misteriosa resulta otra evidencia: aunque muchos de los grandes libros de todas las literaturas hayan sido escrito por mujeres, y aunque las mujeres sean mayoría en las carreras de letras, las editoriales, los talleres literarios, etc. la presencia de mujer en la literatura aun sigue considerándose una anomalía?

¿Qué hacer con esta ceguera de los varones? Hay quien piensa que el cambio es imposible, o sólo posible en el caso de una remotísima mutación genética, y que nuestra tarea es combatir, aunque la manera de hacerlo resulte bastante inconcebible y, como sea, la disparidad de fuerzas todavía nos asegure una derrota inmediata. Otros sostienen que el camino es persuadir, olvidando que la persuasión, como señala Hanna Arendt, sólo es posible entre dos seres humanos en pie de igualdad, sin otra arma que la excelencia de sus argumentos. Incapaz de arriesgar un sólo consejo, me limito a señalar una comprobación: el varón con poder sólo cambia cuando aquellos de cuya explotación depende consiguen escapar o al menos correrse un poco de lugar, y los dejan sin base. Es decir, cuando cambiar se vuelve, para ellos, una cuestión de vida o muerte, y por fin ven la necesidad de cargo, a solas, de su destino.

Mi propósito personal es éste: hablar, escribir para nosotros. Estaremos más cerca de una liberación verdadera si, en lugar de atender al enemigo, de entrar en su juego de constante competencia y aniquilación, optamos, como las grandes escritoras, por propagar entre nosotros un saber que tienda puentes más allá del tiempo y el espacio y de los muros antiguos y nuevos. Si nos atrevemos a revivir, comprender, y consolar al niño que fuimos; si comprendemos la literatura como el vehículo más poderoso de ese amor y esa fraternidad, y tratamos de escribirla para los que aun hoy, todavía, los necesitan como el agua y el pan.





Leopoldo Brizuela
(La Plata, Bs. As., Argentina, 1963 - 2019)
POETA/ESCRITOR/PERIODISTA/TRADUCTOR
Texto publicado originalmente en ETERNA CADENCIA
en WIKIPEDIA
en FACEBOOK

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