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5 de abril de 2020

Gabriela Kizer, Poética


Ilustración de Xuan Loc Xuan

POÉTICA

I

No tiramos nuestro cuerpo por la ventana.
No abrimos huecos en algún pedazo de tierra húmeda
para que nuestros amigos fueran a visitarnos.
No pedimos que nos sembraran flores encima.

Hemos visto caer sobre nosotros la modorra entera del dolor
y ni siquiera podemos decir que lo conocemos.
Hemos tratado de desperezarnos y de agarrar en el aire
una libélula: la flor prensada o podrida dentro del sueño.
Hemos besado su resequedad y sus larvas.
Hemos sentido en el sabor del barro, la mies
y aunque el grano fuese duro, inmasticable,
hemos aprendido a molerlo con los dientes.

¿Pero qué haremos ahora?
¿Qué sombrero le pondremos a esta tristeza de gaucho
solitario y ebrio?, ¿qué llanuras le daremos para que ande?,
¿qué oasis y qué cactus cuando precise recostarse
o apurar las espuelas, el puñal
para atrapar el tono que fuese necesario?

¿Recuerdas? Conocimos a un hombre 
que fingía ataques de epilepsia en distintas esquinas de esta ciudad.
Cada cierto tiempo volvía a ponerse en nuestro camino.
Tirado en alguna acera, 
lo veíamos bañado de sudor, con la mano en el corazón
y nos confundíamos nuevamente con espanto.
¿Y qué haremos ahora?
¿Qué le diremos a este sujeto que nos ha estafado?,
¿qué imagen suya pegaremos en el álbum de cromos superpuestos
para que no se nos confunda la memoria?

Para que no se nos olvide tampoco 
la lentitud de aquel recogedor de latas
que casi de pie y a lo largo de cien segundos
atravesó la avenida principal 
con luz roja para peatones
sin que ningún conductor gritara nada,
sin que ningún nuevo mitólogo afirmara
que así era como Atlas cargaba el mundo.

¿Y qué haremos en este mundo?
Qué cargamento de latas ganará algún valor de cambio
si no hemos caminado hasta el medio de la calle
para cargar y poner a salvo a un gato muerto,
si hemos visto a la amiga auscultar el corazón del animal
y mover el cuerpo, acariciarlo,
con una ternura que nos hizo avergonzar.
¿Y dónde buscaremos la cajita de cartón
en la que pueda caber esta vergüenza,
esa cara de gato atropellado
a la medida de un camión de basura?

No, no seguiremos buscando en el estiércol
la medida exacta de alguna frase inusitada.
No hallaremos nuevos ritmos en la quinta pata del gato
ni imitaremos a los hombres de manos enguantadas
que hay detrás de cada camión de basura.
Rasgaremos nuestras camisas, si hace falta, 
nos sentaremos siete días en el suelo
y guardaremos el más rígido luto por aquello que importa
y que cae y que fracasa siempre.
Pero no quedará enterrado el corazón.
Tampoco lo congelaremos para futuros más desoladores aún
o sorprendentemente magníficos.

De los barcos que pasan,
hemos conocido ya la estela grabada sobre los huesos, 
hemos entendido que nadie nos ha salvado de nada.
Pero no seremos los cronistas del desconsuelo.
No lo seremos.





Gabriela Kizer 
(Caracas, Venezuela, 1964)
POETA/DOCENTE/LICENCIADA EN LETRAS/MAGÍSTER 
EN LITERATURA LATINOAMERICANA CONTEMPORÁNEA
Leído en LA MAJA DESNUDA
su FACEBOOK
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26 de abril de 2019

Gabriela Kizer, Este último abril... (+1)


Fotografía de Caryn Drexl

Pongamos que
este último abril
me dejó un cargamento de tesoros,
piedras preciosas que no sé si arrastro
como bolas de presidiario
o llevo dignamente en una carretilla
que va delante de mis pasos.

Este último abril
me dejó, en principio
siete caries
algunas escondidas
y otras que exhibí a mis alumnos en el aula
como una mujer pobre y mal cuidada
que hablaba de mundos ideales y perfectos.
Y seguramente hubo quien creyó,
quien vio los huecos negros
quien no oyó.

Este último abril
me dejó, en segundo término,
algunos arañazos de frente y de costado,
una naranja comida a gajos
que supe tapar con mangas largas,
palabras de más y botines ajustados
que nunca resultaron suficientes
para pisar la primavera
que me pisaba a mí mientras pasaba.

Este último abril
me dejó, en tercer término,
un olvido
desmerecido y cobarde,
que vino a poner crueldad
donde el miedo estrangulaba los cojones,
que vino a poner locura
donde la falta de cojones estrangulaba el amor
que vino a izar esta asta de una bandera victoriosa
con la que alguna libertad vencida y maloliente y muerta
pedía a gritos mi cuello
y la mandíbula helada que profería no mil veces
y mil veces nadie oía,
mil veces no.

Este último abril
me dejó, en algún otro término,
un alma con siete huecos en sus partes delanteras y traseras
visibles y escondidas.
El dentista dice
que acudiendo a la cita tres veces por semana
y con un poco de suerte
puedo volver a sonreír
como si nada hubiese pasado.
El dentista dice que mi boca sufrió
como de una balacera incomprensible
y yo me callo,
acepto que taladre sin anestesia
porque parece que su única guía
es la escasa sensibilidad que aún queda.
Luego me llama mujer cuatriboleada,
me da un café muy negro
y me manda a casa,
doy gracias al cielo
y al dentista
y reflexiono:
a fin de cuentas
no sabía que la odontología era una ciencia tan sabia,
no sabía que para curar un hueco enfermo
era menester abrirlo hasta lo último,
hasta lo último del hueco y del dolor
y que no se podía gritar sino con la garganta
y ahogar el grito de modo que se devuelva
a los intestinos para que no cunda el pánico
en la sala de espera
aunque yo sea la última paciente de una tarde
y de un dentista que me cura,
que me puebla la boca de amalgamas,
de porcelanas cuidadosamente escogidas
como si me estuviese devolviendo los dientes
y ambos sabemos que no
pero sacamos las cuentas ya van cuatro
y así se perfora el alma reponiéndose
y va saliendo el pus
de todas las heridas infectadas
las de afuera
y a las que no se les puede aplicar
alcohol ni agua oxigenada
para que haga burbujas
y uno sople
sobre este último abril para que se vaya tan lejos
que no vuelva
como regresarás tú detrás de tu vendimia
en la que seguro estarás ahora descubriendo
los vinos que no me diste a probar
y el amor que guardaste para más adelante.
Y más adelante es ahora,
más adelante es este taladro
que va hundiendo cada letra de tu nombre
como si se tratara de siete entierros.
¡Qué maravilla!
Siete entierros de los cuales
mi boca saldrá plateada y blanca y amarilla
como la más hermosa luna llena
que pueda aparecer.
Y tú regresarás entonces
dolido quizá
quién sabe
si sediento del bloody mary inimitable,
de las ensaladitas digestivas
o del cuerpo
de la carnada
porque la carne ¿recuerdas?
hacía daño a la hora de cenar.
¿Y qué diré entonces, hombre?,
¿diré que el pedacito de carne se zafó del anzuelo
y se arrojó al pez que acaba de tragárselo?
¡Ahh!
¿Quién puede brindar conmigo ahora?
Tú no.
Tú regresarás como extraviado
de alguna noche de sensaciones salobres,
regresarás como el primer Adán sin su costilla.
Y ya tu costilla no tendrá beso para darle a nadie,
ya Eva habrá ido varias veces al dentista
y le habrá perdido algún miedo a los infiernos
y doblará estas hojitas
para tenerlas por si acaso en la cartera
hasta que alguna matica endeble
o algún cactus o diente de leche o lo que sea
pueda asomar otra tarde
en algún soplo de milagro
que venga azaroso y porque sí,
porque después de tanta pena
alguien merecerá que le quiten las lagañas
sin un solo gesto de asco.
Se acabó.
El punto final es Eva saldando su cuenta con el dentista.





B O N U S  T R A C K 


Fotografía de Caryn Drexl




De una mujer que escribe poemas,  
los mejores, dicen, 
son aquellos en que no tiene su ojo puesto 
en un hombre.








Gabriela Kizer 
(Caracas, Venezuela, 1964)
POETA/DOCENTE/LICENCIADA EN LETRAS
de Amagos, Caracas, Monte Ávila Editores
para leer una reseña en: LETRALIA
para leer MÁS
su FACEBOOK


4 de marzo de 2019

Gabriela Kizer, 4 poemas 4


Fotografía de Oscar Keys
ERA MÁS FÁCIL

Bastaba una señal, un dejo luminoso
para alargar la mano al aire
          como hacia un cuenco de abundancias,
para temblar al pie de una página sin reverso.
¿Qué suerte de futuro permitía entrar
una vez y otra
al juego de avanzar con el trapo en los ojos?
Taima.
¿Cuándo me vine abajo?
¿Cuándo crucé los brazos sobre el pecho?

de Amagos, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1999
para leer una reseña de Alberto Hernández en: LETRALIA





Fotografía de Oscar Keys

En una vida
deben escribirse pocos poemas de amor.
Sólo cuando el corazón anuncia algún presentimiento difícil,
cuando ya no sabemos si en medio de un mal sueño
seremos despertados por un beso
o pasaremos de largo hacia un sueño peor,
sólo ante un minuto que oscila
es dado escribir algo breve y conciso,
que no salga muy fácil.

Por lo demás
sólo rezamos cuando creemos que estamos a punto de morir,
pero creer ya es algo.

de Guayabo, Ediciones Arte Dos Gráfico/Ediciones Esta Tierra de Gracia, Bogotá, 2002




Fotografía de Rebecca Miller

Mi primer novio solía llevarme al cementerio
para hacerse más liviana la compañía de su madre.
Mi primer amante solía llevarme al cementerio
para hacerse más liviana mi compañía.
Mi primer marido solía llevarme al cementerio
sin ninguna razón aparente.
Mi segundo amante manifestó siempre inconformidad
ante mi negativa de hacerle mantenimiento 
a su sepulcro predilecto 
desde la infancia.
Mi tercer amante enfureció y me llamó puritana
por no haber querido hacer el amor
sobre la losa de la que fuera su mujer.
Mi cuarto amante me echó de la casa tildándome de puta
mientras gritaba delante de toda la vecindad
que yo pertenecía a un tipo de mujeres
que debían haber nacido muertas.
Mi quinto amante jamás pudo comprender
que tuviese que dejarlo con urgencia
al enterarme de que invertía su dinero sobrante
en parcelas equidistantes e iguales. 
Sé que aún hoy mantiene la sospecha de algún motivo oculto
y sigue expandiendo sus propiedades por diversos camposantos.
Supongo que yo también mantengo la sospecha de algún motivo oculto
que me ha llevado a heredar una casa propia, 
un buen sofá y una habitación pequeña
donde a veces suelo preguntarme por qué los hombres
persisten en buscar mujeres vivas.

de Guayabo, Ediciones Arte Dos Gráfico/Ediciones Esta Tierra de Gracia, Bogotá, 2002




Fotografía de Chrissie White
1.

Padre,
he aquí al orador de orden,
heme aquí, fuera de orden y sin saber orar.
He aquí la artritis del orador de orden,
heme aquí entumeciendo y deformando las líneas trazadas en sus manos
para que no haya gesto que pueda ser posible, para que no haya gesto.
He aquí los guantes en las manos del orador de orden,
henos aquí enajenados en la soltura de sus movimientos
y en la gracia de sus expresiones,
aunque sepamos, Padre.

He aquí el coro de lutos antiguos y parsimoniosos,
he aquí la pestilencia que trae nuestra sangre caliente,
he aquí que el único modo que tuvimos de inclinar al espectador
sobre el abismo de la escena
fue arrojándonos a él.

He aquí el hambre del abismo bajo las tablas de la escena.
He aquí el abismo,
heme aquí, a veces inapetente o padeciendo de hartura
como un muchacho pálido y enfermo,
como un muchacho enfermo, Padre, enfermo.

He aquí la ceguera del bardo, su melodía incipiente.
He aquí el miedo de la muchacha que hará soplar el viento,
heme aquí convirtiendo sus ojos en acero para los héroes, para el verdugo.

Padre,
he aquí a la gente que no fue a escuchar al orador de orden,
henos aquí en nuestras cocinas blasfemando
porque hoy será quemada la bruja que tiene maldito este lugar,
la bruja que asusta a los niños hombres por las noches,
la única habitante del pueblo que sabe rezar, pero le faltan dientes y es bruja.
Henos aquí sobre nuestros calderos
sin saber si usar sapos o ranas para el susto de esta noche.
Henos aquí, Padre, para la carcajada.

Ja. He aquí la risilla pueril de quien ya no puede ni asustarse.
He aquí lo que no convence de esta dentadura postiza.
Porque nuestra raza no habrá de tener dientes,
fue lo que dijeron en la primera conseja.
Y no me pasaron las alquimias
ni me dieron a guardar el ácido de las pociones disolventes
ni me enseñaron más que la inutilidad de la cola del lagarto.
Y heme aquí, Padre, sin saber hacer casitas de chocolate y leche
ni jaulas para tantear el espesor de mi bocado.
Heme aquí, ¿no me he presentado?
He aquí a la que escapa del fuego por la inutilidad de la cola del lagarto,
heme aquí montada en el miedo que no tienen, en la risa de su farsa
que es mi escoba, la divina comedia de esta quema
realizada mil veces en este mismo lugar.

¿Acaso ya no hay héroes? ¿Mujeres histéricas y alucinadas?
¿Alguna santa que quiera suplantarme?
¡Ah! ¿Qué otro martirio forjaréis para la bruja terrible de este pueblo?
Os saldréis con la vuestra.

Heme aquí, Padre, sin lengua para presentarte respetos,
yo, la que jamás ha reído, orgullosa verruga sin una mísera maldición a mano
y ni siquiera dispuesta a arder, heme aquí.

Padre,
he aquí al sastre laborioso de estas horas,
heme aquí tomándole medidas al eco de la carcajada
que se convierte en llanto, que se convierte en risa, que se convierte en eco.
Heme aquí atravesado de alfileres como un muñequito de mala magia
escondido en algún cajón de la antigua máquina de costura
que ya no anuda sino que parte los hilos
y deshace los ruedos
y no puede.

de Tribu, La cámara escrita, Caracas, 2011
para leer la reseña de Luis Moreno Villamediana en: 500 EJEMPLARES





Gabriela Kizer 
(Caracas, Venezuela, 1964)
POETA/DOCENTE/LICENCIADA EN LETRAS
para leer + en LA MAJA DESNUDA
y + en KALATHOS
su FACEBOOK

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