11 de abril de 2026

Carolina Doartero, 4 poemas 4 (de Un nido en la boca)

Fotografía de Anka Zhuravleva

Escuché muchas veces
que mi abuelo tenía
            don de gentes

¿dónde ese gen
            vive en mí
que me gusta 
            tanto
            estar sola?

Fotografía de Anka Zhuravleva
“Todos los caracoles
cargan con su tristeza”
Niimi Nankichi
I

Me recuerdo siempre
            elongada
para alcanzarte

intensa 
logré que me miraras
            mal
eso te vino
            bien

decepciona da
lástima da
el fallido intento dadá
de poner dos objetos lejanos
            juntos

Fotografía de Anka Zhuravleva
II

Hoy veo belleza
en la intención
            desolada
hay una danza ahí

el dolor 
materia oscura
para más luz

me diste la gema 
            de la desazón
como una joya opaca
que se hereda

y me volví guardiana 
            de mis ganas

de mi terca 
            confianza

fianza con
            nubes negras
que se funden
con el horizonte

elongada
uno los puntos 
del círculo primordial

incansable
            cada amanecer
te busco
por el este 

Fotografía de Anka Zhuravleva
En los espacios
            de desamor
los cuerpos
            se secan

¿quién hace el corte
            con ese 
locus lugar?
           
el desamado 
no puede amar
            se
le anuda la boca
            del estómago

y el corazón no late
en la raíz

de ese barro
seco 
nace un loto

Un nido en la boca, Alción Editora, 2025
Contratapa de Valeria Melchiorre




Carolina Doartero
(Laprida, Bs. As., Argentina, 1965)
Reside en CABA
POETA/BAILARINA/COREÓGRAFA/ASTRÓLOGA
de Un nido en la boca, Alción Editora, 2025
Contratapa de Valeria Melchiorre
para leer + en VALLEJO&COMPANY
su WEB

4 de abril de 2026

Carolina Biscayart, 2 poemas 2 (de Jazmín de las Azores)

Fotografía de Elizabeth Gadd
PACTO

Tal vez esto de andar por el frío
hundirse en la nieve
mirarla con toda incomprensión
desde la calma
tal vez esto de haber sido empujada
al ciclo de los abedules
al filo o al vértigo de la montaña
tal vez la sumisión a la inclemencia
de esta tierra cuando grita
esa obediencia incómoda
se deba a mi enamoramiento con la muerte.


Elijo que no sea el mar
el que extinga.



Fotografía de Elizabeth Gadd

SEMÁNTICA

Te sentás en el asiento de atrás del auto del adiós
a los seis años
llevás tu muñeca
entre abrazada y tirada de los pelos
el Sur es un exilio
pero a esa edad
no sabés el significado de la palabra
e xi lio
tal vez hasta te suene bonito
a esa edad sos tan frágil
te pueden sacar
hasta el último amor que te sostiene
te dejás a ese viaje
a ese destino
de escalera empinada sin barandas
a esa visión del abismo
y te vas con el amor hacia atrás
mientras pisás cada escalón
te vas hacia atrás
con el amor
mientras subís a ese cielo final
desangelado.




Jazmín de las Azores, Las Guachas Ediciones, 2026



Carolina Biscayart 
(Mar del Plata. Bs.As., Argentina, 1972)
Reside en Bariloche desde 1985
POETA/MATEMÁTICA/ASTRÓLOGA/PSICÓLOGA SISTÉMICA
de Jazmín de las Azores, Las Guachas Ediciones, 2026
para leer una reseña en EL CORDILLERANO
para leer + en RESCATE

2 de abril de 2026

Miryam Hache, Perdona


Fotografía de Miles Aldridge
PERDONA

«No te enamores nunca, hija», me dijo mi mamá en la cocina, era 2002 o 2003, y aunque nadie lo predijo, ese día iba a darse la última reunión del club de las mujeres desesperadas, como llamábamos Flor y yo al grupete que venía a casa con mi mamá y mi tía Silvia y a veces hasta mi abuela, a hincharse de masitas y pastafrola, mate o café o vino según cuántas horas se extendiera la jornada de tirar papelitos, fotos y frustraciones en una olla. Entre carcajadas tristes, a pura lágrima rabiosa, a chusmerío infame, a puro tirarse dardos con los dientes afilados. Con el alma rota en la mano, pasaban las tardes y los años y ellas no conseguían nada. Los amarres no ataron a Ricardo, el exesposo de María, ni trajeron de vuelta a mi papá, ni al imbécil —como lo llamaban en ese entonces— del exesposo de mi tía, el papá de Flor. Lo único que esas mujeres lograron con el club fue pasar las horas, por un rato regodearse en el odio que las juntaba, sentirse menos solas, purificar la idea sacra de que los hombres eran los culpables de todos sus males, porque no sabían decir patriarcado ni supieron nunca de las relaciones asimétricas de poder fundantes de casi todas las cosas que las rodeaban, pero sí supieron hacer de la soledad su patria, del sufrimiento un rosario, del runrún de sus tardes juntas un rumor que, para Flor y para mí, fue una losa inmerecida. Pero a veces esas señoras eran graciosas, a veces cantaban boleros de Luis Miguel o entonaban letras de Raphael a gritos, a veces solo cocinaban y no destruían cartas ni quemaban viejos recibos de luz y gas, ni se insultaban ni rompían jarrones contra el suelo, ni mentaban hechizos de magia negra. A veces solo se sentaban a jugar al scrabble y a criticar a otras mujeres, a reírse un rato. A Florencia le parecía que nuestras mamás hablaban mucho, demasiado, decía, «Sobre todo la tuya, pasa de estar tirada como una muerta durante semanas a convertirse en payasa de feria, no se calla, eh, no sé cómo haces para vivir con ella». Y es verdad, mi mamá siempre estaba muy cansada o muy animada, muy acostada o muy de pie, pero algunos días, como ese en el que se juntaron todas, las seis o siete que eran, por última vez, parecía tranquila, estable diría yo ahora. Hacía meses que había empezado a hacer una terapia holística donde hablaban del apego, de viejos mandatos, de purgar los rencores a través de acciones desinteresadas y bondadosas, yo sabía que lo intentaba, que intentaba no faltar a las sesiones aunque a veces no pudiera ni levantarse de la cama, que intentaba no contarme lo malo, todo lo que yo nunca supe, lo que todavía no sé, sabía que estaba intentando cocinar para mí y para sus amigas una receta nueva de pollo relleno con pasas y verduras, que había comprado velas aromáticas, y había limpiado toda la casa con mucho esfuerzo —aunque quedaban bolas de mugre detrás de los muebles o entre las cosas—, que se había teñido las canas nuevas que empezaban a ocuparle la melena, que intentaba sonreír cuando no quería sonreír, sacarse ese odio ancestral a los hombres que no sabía de dónde venía y la anegaba por dentro y, sabiendo todo eso, la vi luchando contra sí misma cuando me dijo: «No te enamores nunca, hija, sé libre, pero no andes como una tonta enamorándote de los hombres, por favor», y sacó del horno el pollo quemado y desbordado de una masa informe, el vapor nos borroneó la cara, inundó la cocina, las señoras empezaron a entrar, yo por un momento me quedé atajando las palabras de mi madre, no sabía qué hacer con ellas, y vi toda la grasa que ella no había limpiado bien, todavía incrustada a los azulejos de la pared, de la mesada, vi las varices en las piernas de todas, la desolación ante el pollo quemado, y me pareció buena idea, esa noche, escribir en mi diario bordado de flores que «amar es resistir», y decidí algo que me perjudicaría o al menos pensaba que elegía, elegí algo que me arrastraría y me pasé el resto de la adolescencia y de la vida enamorándome hasta de los perros. 


La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026


Miryam Hache
(Buenos Aires, Argentina, en los 80')
Reside en Barcelona, España
ESCRITORA/GESTORA CULTURAL
de La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026
su página en facebook IMAGINACIONES FÍLMICAS
para leer + en ESCRITURAS INDIE
ALASTOR
y en EMMA GUNST
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28 de marzo de 2026

Valeria Dubinowski, Hija de la hija (+1)


Ilustración de Andrea Ucini

HIJA DE LA HIJA

Vale y vale cuatro
como en una partida de trucos
saca de la galera
el alma
y la guarda
en una tacita de té.
Todas nosotras
miramos su mirada.
La vida es una suma
dice mi padre
¿será que la niña
suma y resta
delantal y llanto
en la foto que no está?
Madre de tantas
espera ansiosa
una pista
una senda
de buenas muchachas.

de Práctica del deseo, Caburé Editorial, 2026

Práctica del deseo, Caburé Editorial, 2026


*

B O N U S  T R A C K

Ilustración de Andrea Ucini

PARECIDAS

No nos parecemos mi niña y yo.
Mi niña no tan niña
pregunta y pregunta
arma rompecabezas de su historia,
la mía: su historia.
Me obliga a mirarme.
Callarme. Gritarme.
Se sabe: el tiempo no para,
bajamos
en tobogán
sobre mis piernas, vamos juntas
pero se desprende y se va.
Mi niña es valiente, decidida.
Confía y recorre el camino, templada.
Decía:
no nos parecemos mi niña y yo.
Sin embargo, algo nos convoca:
¿el llanto?. 
Lloramos por distintas cosas, pero lloramos, las dos.
Ella se queja de mi llanto y yo me quejo del suyo.
Nos enojamos.
Ella sigue llorando y se va.
Yo sigo llorando.

Leído en MEDIUM


Valeria Dubinowski
(Buenos Aires, Argentina, 1967)
POETA/SOCIÓLOGA
de Práctica del deseo, Caburé Editorial, 2026

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