2 de abril de 2026

Miryam Hache, Perdona


Fotografía de Miles Aldridge
PERDONA

«No te enamores nunca, hija», me dijo mi mamá en la cocina, era 2002 o 2003, y aunque nadie lo predijo, ese día iba a darse la última reunión del club de las mujeres desesperadas, como llamábamos Flor y yo al grupete que venía a casa con mi mamá y mi tía Silvia y a veces hasta mi abuela, a hincharse de masitas y pastafrola, mate o café o vino según cuántas horas se extendiera la jornada de tirar papelitos, fotos y frustraciones en una olla. Entre carcajadas tristes, a pura lágrima rabiosa, a chusmerío infame, a puro tirarse dardos con los dientes afilados. Con el alma rota en la mano, pasaban las tardes y los años y ellas no conseguían nada. Los amarres no ataron a Ricardo, el exesposo de María, ni trajeron de vuelta a mi papá, ni al imbécil —como lo llamaban en ese entonces— del exesposo de mi tía, el papá de Flor. Lo único que esas mujeres lograron con el club fue pasar las horas, por un rato regodearse en el odio que las juntaba, sentirse menos solas, purificar la idea sacra de que los hombres eran los culpables de todos sus males, porque no sabían decir patriarcado ni supieron nunca de las relaciones asimétricas de poder fundantes de casi todas las cosas que las rodeaban, pero sí supieron hacer de la soledad su patria, del sufrimiento un rosario, del runrún de sus tardes juntas un rumor que, para Flor y para mí, fue una losa inmerecida. Pero a veces esas señoras eran graciosas, a veces cantaban boleros de Luis Miguel o entonaban letras de Raphael a gritos, a veces solo cocinaban y no destruían cartas ni quemaban viejos recibos de luz y gas, ni se insultaban ni rompían jarrones contra el suelo, ni mentaban hechizos de magia negra. A veces solo se sentaban a jugar al scrabble y a criticar a otras mujeres, a reírse un rato. A Florencia le parecía que nuestras mamás hablaban mucho, demasiado, decía, «Sobre todo la tuya, pasa de estar tirada como una muerta durante semanas a convertirse en payasa de feria, no se calla, eh, no sé cómo haces para vivir con ella». Y es verdad, mi mamá siempre estaba muy cansada o muy animada, muy acostada o muy de pie, pero algunos días, como ese en el que se juntaron todas, las seis o siete que eran, por última vez, parecía tranquila, estable diría yo ahora. Hacía meses que había empezado a hacer una terapia holística donde hablaban del apego, de viejos mandatos, de purgar los rencores a través de acciones desinteresadas y bondadosas, yo sabía que lo intentaba, que intentaba no faltar a las sesiones aunque a veces no pudiera ni levantarse de la cama, que intentaba no contarme lo malo, todo lo que yo nunca supe, lo que todavía no sé, sabía que estaba intentando cocinar para mí y para sus amigas una receta nueva de pollo relleno con pasas y verduras, que había comprado velas aromáticas, y había limpiado toda la casa con mucho esfuerzo —aunque quedaban bolas de mugre detrás de los muebles o entre las cosas—, que se había teñido las canas nuevas que empezaban a ocuparle la melena, que intentaba sonreír cuando no quería sonreír, sacarse ese odio ancestral a los hombres que no sabía de dónde venía y la anegaba por dentro y, sabiendo todo eso, la vi luchando contra sí misma cuando me dijo: «No te enamores nunca, hija, sé libre, pero no andes como una tonta enamorándote de los hombres, por favor», y sacó del horno el pollo quemado y desbordado de una masa informe, el vapor nos borroneó la cara, inundó la cocina, las señoras empezaron a entrar, yo por un momento me quedé atajando las palabras de mi madre, no sabía qué hacer con ellas, y vi toda la grasa que ella no había limpiado bien, todavía incrustada a los azulejos de la pared, de la mesada, vi las varices en las piernas de todas, la desolación ante el pollo quemado, y me pareció buena idea, esa noche, escribir en mi diario bordado de flores que «amar es resistir», y decidí algo que me perjudicaría o al menos pensaba que elegía, elegí algo que me arrastraría y me pasé el resto de la adolescencia y de la vida enamorándome hasta de los perros. 


La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026


Miryam Hache
(Buenos Aires, Argentina, en los 80')
Reside en Barcelona, España
ESCRITORA/GESTORA CULTURAL
de La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026
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