26 de abril de 2019

Gabriela Kizer, Este último abril... (+1)


Fotografía de Caryn Drexl

Pongamos que
este último abril
me dejó un cargamento de tesoros,
piedras preciosas que no sé si arrastro
como bolas de presidiario
o llevo dignamente en una carretilla
que va delante de mis pasos.

Este último abril
me dejó, en principio
siete caries
algunas escondidas
y otras que exhibí a mis alumnos en el aula
como una mujer pobre y mal cuidada
que hablaba de mundos ideales y perfectos.
Y seguramente hubo quien creyó,
quien vio los huecos negros
quien no oyó.

Este último abril
me dejó, en segundo término,
algunos arañazos de frente y de costado,
una naranja comida a gajos
que supe tapar con mangas largas,
palabras de más y botines ajustados
que nunca resultaron suficientes
para pisar la primavera
que me pisaba a mí mientras pasaba.

Este último abril
me dejó, en tercer término,
un olvido
desmerecido y cobarde,
que vino a poner crueldad
donde el miedo estrangulaba los cojones,
que vino a poner locura
donde la falta de cojones estrangulaba el amor
que vino a izar esta asta de una bandera victoriosa
con la que alguna libertad vencida y maloliente y muerta
pedía a gritos mi cuello
y la mandíbula helada que profería no mil veces
y mil veces nadie oía,
mil veces no.

Este último abril
me dejó, en algún otro término,
un alma con siete huecos en sus partes delanteras y traseras
visibles y escondidas.
El dentista dice
que acudiendo a la cita tres veces por semana
y con un poco de suerte
puedo volver a sonreír
como si nada hubiese pasado.
El dentista dice que mi boca sufrió
como de una balacera incomprensible
y yo me callo,
acepto que taladre sin anestesia
porque parece que su única guía
es la escasa sensibilidad que aún queda.
Luego me llama mujer cuatriboleada,
me da un café muy negro
y me manda a casa,
doy gracias al cielo
y al dentista
y reflexiono:
a fin de cuentas
no sabía que la odontología era una ciencia tan sabia,
no sabía que para curar un hueco enfermo
era menester abrirlo hasta lo último,
hasta lo último del hueco y del dolor
y que no se podía gritar sino con la garganta
y ahogar el grito de modo que se devuelva
a los intestinos para que no cunda el pánico
en la sala de espera
aunque yo sea la última paciente de una tarde
y de un dentista que me cura,
que me puebla la boca de amalgamas,
de porcelanas cuidadosamente escogidas
como si me estuviese devolviendo los dientes
y ambos sabemos que no
pero sacamos las cuentas ya van cuatro
y así se perfora el alma reponiéndose
y va saliendo el pus
de todas las heridas infectadas
las de afuera
y a las que no se les puede aplicar
alcohol ni agua oxigenada
para que haga burbujas
y uno sople
sobre este último abril para que se vaya tan lejos
que no vuelva
como regresarás tú detrás de tu vendimia
en la que seguro estarás ahora descubriendo
los vinos que no me diste a probar
y el amor que guardaste para más adelante.
Y más adelante es ahora,
más adelante es este taladro
que va hundiendo cada letra de tu nombre
como si se tratara de siete entierros.
¡Qué maravilla!
Siete entierros de los cuales
mi boca saldrá plateada y blanca y amarilla
como la más hermosa luna llena
que pueda aparecer.
Y tú regresarás entonces
dolido quizá
quién sabe
si sediento del bloody mary inimitable,
de las ensaladitas digestivas
o del cuerpo
de la carnada
porque la carne ¿recuerdas?
hacía daño a la hora de cenar.
¿Y qué diré entonces, hombre?,
¿diré que el pedacito de carne se zafó del anzuelo
y se arrojó al pez que acaba de tragárselo?
¡Ahh!
¿Quién puede brindar conmigo ahora?
Tú no.
Tú regresarás como extraviado
de alguna noche de sensaciones salobres,
regresarás como el primer Adán sin su costilla.
Y ya tu costilla no tendrá beso para darle a nadie,
ya Eva habrá ido varias veces al dentista
y le habrá perdido algún miedo a los infiernos
y doblará estas hojitas
para tenerlas por si acaso en la cartera
hasta que alguna matica endeble
o algún cactus o diente de leche o lo que sea
pueda asomar otra tarde
en algún soplo de milagro
que venga azaroso y porque sí,
porque después de tanta pena
alguien merecerá que le quiten las lagañas
sin un solo gesto de asco.
Se acabó.
El punto final es Eva saldando su cuenta con el dentista.





B O N U S  T R A C K 


Fotografía de Caryn Drexl




De una mujer que escribe poemas,  
los mejores, dicen, 
son aquellos en que no tiene su ojo puesto 
en un hombre.








Gabriela Kizer 
(Caracas, Venezuela, 1964)
POETA/DOCENTE/LICENCIADA EN LETRAS
de Amagos, Caracas, Monte Ávila Editores
para leer una reseña en: LETRALIA
para leer MÁS
su FACEBOOK


1 comentario:

lunaroja dijo...

Me enamoró...
Qué difícil hacer un poema tan largo, y no perder ni por un segundo el ritmo y el interés!
Gracias!

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