8 de enero de 2014

Sonia Scarabelli, 2 poemas 2 (+1)


Fotografía de Tim Barber

EL ARTE DE SILBAR

Silbo y al rato un eco se desprende
y como si llegara alto, va y se queda
flotando en el aire.
Silbar no es de mujeres pero él
nos enseñaba a todos por igual,
mis hermanos y yo: silbar, nadar, pescar.
Después crecimos y recuerdo haber sentido
la soledad de ser una mujer
como quien marcha hacia el exilio.
Sobre todo del padre,
que en el sueño de anoche
se aparece de pronto en una ruta solitaria:
diferente y el mismo como siempre,
a la luz de los faros de un coche, dice:
hija, de la vida no se huye. 

del libro en preparación El arte de silbar,
extraído de HABLAR DE POESÍA Nº28





Fotografía de Tim Barber

IRSE

Mirá, papá, a veces quiero irme
intensamente de unas cosas
para estar en otras.
Quiero salir de abajo de los techos,
y sobre todo
quiero olvidarme de las cosas que se pueden
comprar y vender.
Quiero volverme
cualquier arbolito en las veredas
o perdido al costado de la ruta,
uno de esos perros sueltos, un pajarito
de los que se paran en los cables,
de los que se esconden entre las hojas.
Esas cosas en las que nadie se fija,
que nadie va a mirarlas
pensando en comprarselás:
un yuyal, un reflejo en el agua
del zanjón profundo que vimos ayer.
Un puñadito de cosas
que también las encuentro en el campo
cuando voy,
en la parte de atrás del pueblo,
y que bien miradas, fijate,
nunca son muchas. 

del libro en preparación El arte de silbar,
extraído de HABLAR DE POESÍA Nº28



B O N U S  T R A C K



Fotografía de Tim Barber

LA VISITA


"No hay que decir ni que existe. Las otras cosas son las que existen después de Él y por Él. (…) Una cosa que no existe ¿qué puede ser? No conviene hacer tales preguntas sino ir callando…" 
Chuang Tzu


Te soñamos los tres la misma noche.
Venís a ver a cada uno y lo curioso,
lo común no es nomás la coincidencia
de soñarte al unísono,
sino que en aquel sueño estás hablando,
y tu voz llega clara, casual y no preocupa
no saber qué decís
sino que hables así
con esa
fluidez de antes,
el timbre de tu voz
brotando del pasado
como cosa real por si creíamos
que olvidar es asunto de la mente
más que del cuerpo
(la oreja, el ojo, la espesura
de lo ido
que vuelve desbrozada
por el recuerdo de un segundo).


Pero este énfasis lo pongo yo,
porque en la mesa
del mediodía
no estamos tristes, nos hablamos
de vos como atontados
en medio del reflejo
de aquella luz completa
que llega desde el patio a la cocina
donde almorzamos
tranquilos y perdidos
en esa especie de
felicidad desconcentrada
que te da a veces tener una familia,
aunque después o antes
la vida sea
verla resquebrajarse despacito
como a esa loza de los platos
que al fin también se parten
porque un plato
igual tiene su cuota de mortal,
objeto semidiós entre los suyos
que se gana una muerte
casi humana.

La cosa es que la luz del mediodía
nos hace vernos blancos,
resplandecemos no de bellos
sino de deslumbrados,
y crece el entusiasmo por contarnos
la peripecia del viaje que te hiciste
directo del silencio hasta los sueños.

El trío entra en detalles
que se vuelven
asunto serio y la conversación
va corriendo sincera
hasta que cae
en ese pozo manso donde ahonda
su peso la verdad,
la sin palabras balanza de oro
que sopesa
al corazón y mide
la gravedad de ausencia
en que te vamos
dejando solo
ante la muerte

Dicen que en ese trance todos
al fin estamos solos,
pero vos
no sos el rey asesinado
clamándole venganza a un hijo príncipe,
no sos el rey envenenado,
un ferroviario, un operario de John Deere,
un viajante que vende por los pueblos,
un fletero al final en la ciudad cercada
de novedades,
un hombre que nos quiso
en el máximo misterio anónimo
donde entramos en grande mayoría,
y que ahora está
solito ante la muerte
que no llega codiciosa
de herencia o traición
y viene ni siquiera como una
muerte de las que cuentan
en los diarios.

Envejecer y después
salir callado por la puerta,
decime vos, papá,
ahora
que ya aprendiste a hablar en sueños,
cómo es posible
estar ahí.

extraído de REVISTA ATMÓSFERA



Sonia Scarabelli 
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1968)
para leer una nota de OSVALDO AGUIRRE
para leer MÁS

7 comentarios:

María Gladys Estévez dijo...

Pequeñas joyas poéticas. Intimismo, y pensamiento, plasmados con una gran riqueza literaria.
Saludos

Errata y errata dijo...

El tercero me mató. Besos, flaca.

vera eikon dijo...

Bellos...

EG dijo...

Lloré con los tres...cualquier parecido con la (mi)realidad es pura coincidencia...

Me alegro que les guste
Besos María, Maia, Vera!!!

Anónimo dijo...


Se me han mezclado las cosas. Y es para largo. Le doy algunas pistas.
Pista 1) Una vez mi padre me contó que en España la gente no silva por la calle. Y que eso mismo que observó, luego lo vio en la película Martín Hache.
A partir de eso, (también hace unos años di con el posteo de un blog de una madrileña que hablaba sobre eso.
http://neodespierta.blogspot.com.ar/2008/04/me-gusta-silbar.html#comment-form
2) Acabo de leer el poema 2 Irse.
3) Ayer me he despedido definitivamente de mi padre por carta. No está realmente muerto, pero la cosa ha resultado en que soy huérfano.
4) Lloro, pero debo cocinar milanesas con fideos para el almuerzo de los niños

EG dijo...

Hola Sudakia :)

Recuerdo a la perfección la película Martín Hache y esos diálogos. Los techos de Buenos Aires y los silbidos...si.

Fui a leer la nota que nos pasaste. Hermosa.

Yo despido a mi padre todos los días, el caso es que él sigue estando, todo el tiempo, aunque ya se haya ido.

El punto 4 me hizo volver a emocionar, es que tengo unos días...

ABRAZO

Leo Mercado dijo...

Poesía como líquido urgente.

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