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7 de enero de 2019

Olga Orozco, No hay puertas


Fotografía de Gohar Dashti


NO HAY PUERTAS

Con arenas ardientes que labran una cifra de fuego sobre el tiempo,
con una ley salvaje de animales que acechan el peligro desde su madriguera,
con el vértigo de mirar hacia arriba,
con tu amor que se enciende de pronto como una lámpara en medio de la 
                                                                                                            noche,
con pequeños fragmentos de un mundo consagrado para la idolatría,
con la dulzura de dormir con toda tu piel cubriendo el costado del miedo,
a la sombra del ocio que abría tiernamente un abanico de praderas celestes,
hiciste día a día la soledad que tengo.

Mi soledad está hecha de ti.
Lleva tu nombre en su versión de piedra,
en un silencio tenso donde pueden sonar todas las melodías del infierno;
camina junto a mí con tu paso vacío,
y tiene, como tú, esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez,
hasta un fulgor de ayer que se disuelve en lágrimas, en nunca.

La dejaste a mis puertas como quien abandona la heredera de un reino del 
                                                        que nadie sale y al que jamás se vuelve.
Y creció por sí sola,
alimentándose con esas hierbas que crecen en los bordes del recuerdo
y que en las noches de tormenta producen espejismos misteriosos,
escenas con que las fiebres alimentan sus mejores hogueras.
La he visto así poblar las alamedas con los enmascarados que inmolan el 
                                                                                                              amor
—personajes de un mármol invencible, ciego y absorto como la distancia,
o desplegar en medio de una sala esa lluvia que cae junto al mar,
lejos, en otra parte,
donde estarás llenando el cuenco de unos años con un agua de olvido.
Algunas veces sopla sobre mí con el viento del sur
un canto huracanado que se quiebra de pronto en un gemido en la garganta 
                                                                                                 rota de la dicha,
o trata de borrar con un trozo de esperanza raída
ese adiós que escribiste con sangre de mis sueños en todos los cristales
para que hiera todo cuanto miro.

Mi soledad es todo cuanto tengo de ti.
Aúlla con tu voz en todos los rincones.
Cuando la nombro con tu nombre
crece como una llaga en las tinieblas.

Y un atardecer levantó frente a mí
esa copa del cielo que tenía un color de álamos mojados y en la que hemos 
                                                          bebido el vino de eternidad de cada día,
y la rompió sin saber, para abrirse las venas,
para que tú nacieras como un dios de su espléndido duelo.
Y no pudo morir
y su mirada era la de una loca.

Entonces se abrió un muro
y entraste en este cuarto con una habitación que no tiene salidas
y en la que estás sentado, contemplándome, en otra soledad semejante a mi 
                                                                                                                   vida.





Olga Orozco
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
de Los juegos peligrosos, 1962
en Olga Orozco Obra Poética, Biblioteca Ayacucho, 
Caracas, Venezuela, 2000
Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía de Manuel Ruano
para leer MÁS , MÁS y MÁS

6 de diciembre de 2012

Alejandra Pizarnik, Sous la nuit

(*) s/d del autor de la fotografía

a Y. Yván Pizarnik de Kolikovski, mi padre


Los ausentes soplan grismente y la noche es densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto.

Huyo toda la noche, encauzo la persecución y la fuga, canto un canto para mis males, pájaros negros sobre mortajas negras.
Grito mentalmente, el viento demente me desmiente, me confino, me alejo de la mano crispada, no quiero saber otra cosa que este clamor, este resolar en la noche, esta errancia, este no hallarse.

Toda la noche hago la noche.

Toda la noche me abandonas lentamente como el agua cae lentamente. Toda la noche escribo para buscar a quien me busca.

Palabra por palabra escribo la noche.





Alejandra Pizarnik 
(Buenos Aires, Argentina, 1936-1972)
Copia de la hoja mecanografiada por Alejandra Pizarnik, 
enviada a Félix Grande 
(Cuadernos Hispanoamericanos) en agosto de 1972
En Textos de sombra y otros poemas,
Edición de Olga Orozco y Ana Becciú
Buenos Aires, Sudamericana, 2ª edición, 1985
para leer más en POESÍA DE MUJERES 
MÁS

17 de enero de 2012

Ana Becciu, de Como quien acecha (4 poemas 4)


Fotografía de Geoffroy Demarquet

Dirá que fue la noche
la noche la vida la noche
la atroz locura de amar el sueño
la palabra
la ardua labor de imaginar los signos

                                                        A Olga Orozco

Dirà che è stata la notte
la notte la vita la notte
l’atroce follia di amare il sogno
la parola
il difficile lavoro d’immaginare i segni

a Olga Orozco

(Traducción del CCTM)


Fotografía de Geoffroy Demarquet

COMO QUIEN ACECHA

Como quien acecha
los descampados instantes
agazapado
en cada entraña del aire,
así  yo,
fibra minúscula
donde la nada
se inventa,
recorro
la muralla de los nombres.
Como quien acecha
en el límite
de los bordes tanteándolos
para un salto
mortal,
así yo,
invocando la sombra
de los cuerpos
soy en vilo
un abismo
expectante.


Fotografía de Geoffroy Demarquet

Quien reconozca
la noche
que aún no ha presentido
en su voz la locura;
quien reconozca,
al promediar la fiebre,
la angostura del aire;
el nacimiento
de todo lo que es miedo
y a solas late,
sabrá
qué es lo que se adueña
de los bordes.
 Aguarda detrás de los vidrios.
Crece sin miedo.
Apela a los más fríos crepúsculos.

Es tu oscura cicatriz
iniciando la danza
profanadora de tu mente.






Ana Becciu 
(Buenos Aires, Argentina, 1948) 
Reside en Francia
POETA/TRADUCTORA LITERARIA
de Como quien acecha, Ediciones de la flor, 1972
Sobre su relación con OLGA OROZCO
para leer MÁS

8 de agosto de 2011

Olga Orozco, Si me puedes mirar


(*) sin datos del autor de la fotografía
SI ME PUEDES MIRAR

Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio
de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre: tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda entre las galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.
Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el más imposible de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo por no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo
en el que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.



Olga Orozco 
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
de Los juegos peligrosos, 1962
en Otro río que pasa (un siglo de poesía argentina contemporánea)
Compilación y prólogo: Jorge Fondebrider
Bajolalunapoesía, 2010
para leer MÁS

26 de marzo de 2011

Olga Orozco, Un relámpago, apenas

Obra de Mercedes García Bravo (España, 1963-2011)



UN RELÁMPAGO, APENAS

Frente al espejo, yo, la inevitable:
nada que agradecer en los últimos años,
nada, ni siquiera la paz con las señales de los renunciamientos,
con su color inmóvil.
Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso de los ángeles,
sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada del tiempo.
Esta boca no canta.
Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,
es una larga estría en un mármol de invierno.
Pero ninguna marca delata los abismos
-ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel sin fin-
bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si dibuja unas alas
en vuelo.
¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la distancia
hasta donde comienza la región de las brumas,
ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo
del sol decapitado?
Estos ojos que vienen de muy lejos saben ver más allá,
hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.
Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más
lejanísima frontera,
y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si soy yo,
entera todavía,
y los dos resurgimos como desde un Jordán
guardado en la memoria.
Los mismos otra y otra vez en cualquier lugar del mundo,
a pesar de la noche acumulada en todos los rincones,
los sollozos y el viento.
Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un relámpago, un suspiro,
el tiempo del milagro y la caída.
Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y te arrastró el oleaje
más allá de la última frontera, hasta detrás del vidrio.
Imposible pasar.

Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:
una imagen en sombras y toda la soledad multiplicada.




Olga Orozco 
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
de Últimos poemas, Editorial Bruguera, 2009
para leer MÁS
para leer una nota en PÁGINA 12

18 de enero de 2011

Olga Orozco, Mujer en su ventana


Ph Judy Dater, Self-portrait with Stone, Badlands, South Dakota, 1981

MUJER EN SU VENTANA

Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando 
                                                                                               con sus angelicales procesamientos. 
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos 
seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
–¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo 
                                                                                        que los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.

MULHER À JANELA

Está afundada na sua janela
contemplando as brasas do anoitecer, ainda possível.
Tudo se consumou no seu destino, inalterável a partir de agora,
tal como o mar num quadro,
e no entanto o céu continua a passar com as suas angélicas procissões.
Nenhum pato selvagem interrompeu o voo para oeste;
lá longe continuarão a florescer as ameixoeiras brancas, como se nada fosse,
e alguém há-de erguer a sua casa algures
sobre a poeira e o fumo de outra casa.
Inóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca mais.
Por uma fissura do coração sai um pássaro negro e é noite
-ou será um deus caído agonizando sobre o mundo?-,
mas ninguém o viu, ninguém sabe,
nem aquele que acredita que dos laços desfeitos nascem asas belíssimas,
os nós instantâneos do acaso, a aventura imortal,
embora cada pegada encerre com um selo todos os paraísos prometidos.
Ela ouviu em cada passo a condenação.
Agora não é mais do que uma mulher imóvel, alheada, na sua janela,
a simples arquitectura da sombra asilada na sua pele,
como se alguma vez uma fronteira, um muro, um silêncio, um adeus,
tivessem sido o verdadeiro limite,
o abismo final entre uma mulher e um homem.

Traducción al portugués de Maria Sousa



Olga Orozco 
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
de Con esta boca en este mundo, Editorial Sudamericana, 1994
para leer MÁS

16 de septiembre de 2010

Olga Orozco, Anotaciones para una autobiografía



Olga Orozco

ANOTACIONES PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA

" Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos. Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido. Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañe varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular. 

En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría, junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento. Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! "blanca mujer que lee el pensamiento" sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice "fin"! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota. En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.  No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides. ¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso. Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder? "





Olga Orozco 
(Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)
en Poesía completa, Adriana Hidalgo editora
Cuidado de la edición y cro~ología de Ana Becciú
Prólogo de Tamara Kamenszain
para leer MÁS

1 de julio de 2010

La intimidad de los objetos (versión emmagunst)

(Mariel está entre mis poetas preferidas...)


En tanto levantáis,
insaciables arenas,
médanos fugitivos que cumplen en el viento
un sombrío destino


Tú no preguntas nada, nunca,
porque no hay nadie ya que te responda

De todos los que amaron ciertas edades suyas,
ciertos gestos,
las mismas poblaciones con olor a leyenda,
no quedan mas que nombres a los que
a veces vuelven como a un sueño


Porque indefensos viven los hombres en la dicha
y solamente entonces, mientras muere a lo lejos su vana melodía,
recobran nuestros rostros una aureola invencible


Nuestro largo combate fue también un
combate a muerte con la muerte poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola
boca en este mundo con esta sola boca?



palabras de Olga Orozco
fotos de emmagunst
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