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8 de agosto de 2020

Gemma Gorga, 7


Fotografía de George Pruteanu

7

Cuando era niña le gustaba cubrir con la mano
el cristal de la linterna y mirar a contraluz el
borroso perfil de los dedos, de un rojo acuoso, los
quietos huesecillos como crisálidas, la seda blanca
de la piel. Constantemente aquel deseo de que la
luz atravesara su carne y le llegara muy adentro
del corazón, como si ella, toda entera, 
fuera un farolillo chino de suave papel. 
Con los años entendió, sin embargo, que
siempre es de noche en el centro de la rosa.



Quan era petita li agradava tapar el vidre de la
llanterna amb la mà i mirar a contraclaror el
perfil borrós dels dits, d’un vermell aigualit, els
ossets quiescents com crisàlides, la seda blanca
de la pell. Constantment aquell desig que la
llum li travessés la carn u li arribés ben endins
del cor, com si tota ella fos un fanalet xinés de
paper fi. Amb els anys va entendre, però, que al
centre de la rosa sempre és de nit.



Gemma Gorga 
(Barcelona, España, 1968)
POETA/PROFESORA
LICENCIADA Y DOCTORA EN FILOLOGÍA HISPÁNICA
de Llibre dels minuts, Columna, Barcelona, 2006
en Semantics and Nutrition: 語義和營養,
International Poetry  Nights in Hong Kong, 2015
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2 de marzo de 2013

Beverly Pérez Rego, 2 poemas 2 (II)


Marion Cotillard, fotografiada por Mario Testino

ESCURANA

Él piensa que soy santa. 
Está loco. 
Las santas son morenas y menudas, 
o blancas como el yeso, 
y no gritan, 
como yo bajo su cuerpo.
Él piensa que soy santa. 
Lo sé: me unta de saliva, 
me cubre de gasas, 
me prende velas. 
Dice: Hazme un milagro. 
Entonces, reúno los doce miembros 
de su cuerpo infiel, 
y los coso, punto de cruz, 
sobre la blanca superficie. 
Parece un alfabeto, dice, 
y los puntos le duelen. 
El hilo seco 
imprime su carne. 
Ya estoy listo, anuncia. 
Ya puedo leerme. 
Sé lo que viene. 
Me cubro el rostro 
mientras se va. 
Adiós, Escurana. 
Ése es mi nombre 
cuando él sale por mi puerta.

(de Escurana, 2004)



ESCURANA

He thinks I am a saint.
He's crazy.
Saints are brown and tiny,
or white as chalk,
and do not scream,
like me under his body.
He thinks I am holy.
I know: he smears me with saliva,
covers me with gauze,
and lights candles.
He says: Make me a miracle.
Then, gathering the twelve members
of his unfaithful body,
I sew, cross stitch,
on the white surface.
It looks like an alphabet, he says,
and the stitches hurt.
The dry thread
prints his flesh.
I'm ready, he announces.
You can read me.
I know what's coming.
I cover my face
as he leaves.
Goodbye, Escurana.
That is my name
when he walks out my door.



Fotografía de George Pruteanu

Toma mi cuerpo:
tu ala oscura me viste
con ajustado rigor.

Toma mi nombre:
las voces que me llamaban
han callado para siempre.

Toma mi vida:
por certeza de tenerla
he errado el camino.

Miedo tengo de escribirme
y dar en el blanco.

(de Libro de Cetrería, 1994)





Beverly Pérez Rego 
(Halifax, Canadá, 1957) 
Vive en Venezuela
POETA/TRADUCTORA/SOCIÓLOGA/LICENCIADA EN LETRAS/MÚSICA
en Poesía reunida, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 
Caracas, 2006
Traducción de la autora
para leer sus POEMAS EN INGLÉS
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22 de agosto de 2012

Victoria Sibelles, Espejos rotos


Fotografía de George Prutenau
                                                                                                                                                   

ESPEJOS ROTOS

“...voy dejando pedazos de vida atrás”
Juan Rulfo                                                                                                                                                               
   

Quizás eso es lo terrible, despertarme en un gran escalón sin saber a donde voy.
Pensar, tal vez, que esa mitad del camino es el final de todo.
El subir o el bajar me resultan igual de difícil. Los pasamanos están lejos, aunque ellos se acerquen no podría tomarlos. Nada me alienta a cambiar la cómoda posición. Lo de abajo ya lo pasé, ya dije basta una vez, y soy persona de una sola palabra, o por lo menos respeto las varias que pude haber dicho.
Arriba está ella, jamás me dijo que subiera,
pero es hiriente la forma en que espera, lo sabe.
En mi escalón mando yo, es como el “patrón de la vereda” que jugaba
cuando era chica, nadie entra ni puede pasar sin que yo quiera, si no, lo toco.
Y no juega más.
No es que me guste hacerlo, pero el juego es así.
A mí me lo hicieron muchas veces, cada vez que quería ir al escalón de alguien.
Donde esta ella no hay escalones, y eso me anima un poco.
Me daría miedo que baje a buscarme.
Es peligroso andar por escalones que uno nunca pisó.
No quiero que se lastime.
Pero, más que por ella, es por mí.
No me quiero doler de amor. 



Victoria Sibelles 
(Córdoba, Argentina)
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