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21 de septiembre de 2017

Raquel Cané, 4 poemas 4 (de Cartas a H.)



Fotografía de Emma Neely


Vivirás en una isla. Pienso en los accesos a los lugares.
Puentes, autopistas, caminos, subterráneos.
Una isla conectada. Las vías radios de corriente
sanguínea.
Llegarás por el aire, caerás hasta entramarte en las calles,
hasta tener tu puerta, hogar, escondite.
Donde vivo, un solo camino llega hasta mi casa. Un tajo
en la tierra que es fango cuando llueve.
Aquí la sangre de los muertos se seca bajo el sol y brota
de los animales que matamos para comer. No hay vías
que drenen el flujo de llegada o de partida.
Lo que vive enraíza, se aprende, se come, se entierra.
¿No es fácil aterrizar, no es así?
De volar, no sé. Sólo miro los pájaros.




Fotografía de Emma Neely



H, me alegra tu cuerpo encuentre descanso. Un espacio
de silencio.
Practicar yoga te devolverá al eje, decís, flexibilizará tus
movimientos.
A mí me sobra silencio, no sé de mi cuerpo, siento
cuando duele o se cansan los brazos, a veces sostener un
pincel, en la misma posición, es más pesado que arrastrar
leña.
Me maravilla lo que contás de disociar, codo, rodilla,
pie, con sólo respirar.
Yo descubro mi espalda cuando clavo la azada en la
huerta, aunque no distingo, espalda y cadera, están
pegadas.
La tierra es fértil, podría alimentar varias bocas, doy
gracias.
Amo dar de comer, ¿sabías?
Respiro, sí, lo sé cuando me agito o suspiro.
Empiezo a extrañar tus cartas.




Fotografía de Emma Neely



H, la nieve, ahora decís, es demasiada.
No conozco la nieve. Sé de la escarcha, repta, es tosca,
hace ruido.
¿La nieve cae delicada, envuelve?
La escarcha se pisa, hay que quebrarla.
¿Será la diferencia entre nostalgia y tristeza?
Caricias frías, una sobre otra, danzan confundiendo el
recorrido sobre tu piel.
Astillas trepan desde mis pies, los detienen ante un 
paisaje nítido.
¿El frío tendrá distintas formas? La nieve nunca llega a doler, ¿o sí?
La escarcha abre heridas que el tiempo no cierra, sólo
fortalce los callos.
¿Son suaves tus manos?



Fotografía de Emma Neely




H, mi útero está seco, no sangro. Es como si un cuarto

vacío supiera nunca más será habitado. Quietud de un

nodo compacto, irrigado, vivo, pero inútil.
Me acuesto en la cama, meto una mano debajo de la
pollera y palpo. Alguna vez sentí la dimensión de esas
paredes flexibles.
En aquella cama de hospital, cubierta tan solo por una
sábana, mientras esperaba una enfermera trajera a mi
hija después de los primeros controles médicos. Pude
tomarlo en mi mano, del tamaño de una manzana,
jugoso latía, como quien practica un movimiento
gimnástico. Se contraía, se relajaba, buscaba su sitio
después del parto. Sentí la ausencia, no escuchaba aún el
llanto, como tampoco sentía su cuerpo dentro del mío.
Me habían vaciado. Pero el útero me decía, vivo, estoy
aquí, yo que me esparcí, me muevo.
Cómo será la vida, esa vida en mí, en el centro exacto de
mi estatura. Imagino la aridez y me asusta se extienda,
que arrase mis huesos, como un zonda, pero no, el útero
se ha vuelto piedra, un saco vacío, silencioso, al que no
puedo dejar de escuchar.
El útero se ha convertido en mi casa, donde me encierro,
como si otra vez pudiera entrar por mi propio ombligo y
esperar.
No sé por qué te cuento esto, será el invierno, no sé.
Entre nosotros, anacronismos. ¿Cómo podrías orillar
lo que en mí se repliega? Cómo, si vos estás regando las
flores de tu balcón. Será el respeto por las estaciones, o
por la dignidad del jazmín que aún perfuma.



ph Alejandra López

Raquel Cané
(Santa Fe, Argentina, 1974)
POETA/ESCRITORA/ILUSTRADORA/
DISEÑADORA GRÁFICA/ARTISTA
de Cartas a H., Poemario inédito
para leer más en: EL MUNDO INCOMPLETO
para leer una nota en: LA CUENCA SANTAFESINA
y MÁS
su página en FACEBOOK

12 de agosto de 2017

Olalla Castro, 4 poemas 4


Fotografía de Emma Neely
UNA VOZ Y SU ECO

Leer a las otras que, antes que tú,
leyeron a otras otras,
buscando a la vez una voz y su eco.
Sacar una foto de familia y constatar
que, aunque nadie nos viera,
también tuvimos rostro.

¿Cómo nacer de un hueco, de un grito
que ya nadie recuerda?
¿Cómo nacer sin madres,
si alguien raspó hasta casi borrarlos
sus ojos y sus versos de la historia?
Por eso hubo que hurgar en la basura,
sin pararse a pensar
si fue por repulsión o fue por miedo
como acabaron allí tantos poemas.

Hace décadas que estamos excavando.
Con una larga pala, torcidas las espaldas,
somos ésas que desentierran
lo que otros enterraron con esmero.
Para ser escritora,
tendrás que seguir con la espalda torcida.
Leer a las otras que, antes que tú,
leyeron a otras otras.
Y convertirte a la vez en voz y en eco.



Fotografía de Emma Neely

QUIÉN SABE CUÁNTO BARRO

Y ¿qué hay de las hermanas
que, para poder escribir,
apretaron sus pechos bajo paños
hasta quedarse sin aire?
¿Qué hay de las que tuvieron
que inventar una firma
que pudiera leerse con voz ronca?
Hasta las que bordaron con palabras
estaban asustadas
(quizás más que ningunas).
Y las más peligrosas,
ésas a las que colocaron en fila
y apuntaron con sus brillantes bolas,
¿dónde fueron a parar una vez derribadas?
¿Qué gancho de metal las sacó de la pista?
¿Pronunciaremos, quizás,
con la misma fluidez con que decimos
Homero-Flaubert-Cervantes-Shakespeare,
los nombres de las otras enterradas?
Quién sabe cuánto barro
las separa del mundo, de los libros.
Quién sabe cuántas locas del desván,
en sus secretos escritorios,
se dedicaron a detonar botes de tinta.
Quién sabe cuántas madrigueras
cavaron escribiendo,
cuántas grutas estrechas, cuántos pozos.
Quién sabe cuán profundo
habría que escarbar para encontrarlas.



Fotografía de Emma Neely
EL RESTO ERA SILENCIO

Hubo mujeres
que procuraron borrar con su escritura
la escritura de siglos y siglos y siglos
de escritura.
Hubo mujeres que trataron
de poner sus palabras
encima de palabras anteriores:
las que ellos habían dejado caer
sobre sus bocas,
al tiempo que apretaban las mordazas.
Hubo mujeres que intentaron
romper los relatos de piedra
que habían sido tallados al principio del mundo
(repitiéndose desde entonces
alrededor del fuego,
donde se cuentan las cosas importantes).
Hubo mujeres que aprovecharon
que sus hijos cantaban en la iglesia
para rayar la luz de las vidrieras 
buscando bajo la Verdad otras verdades.
Hubo mujeres que apartaron de un manotazo,
como se aleja a las moscas de la sopa,
a Santo Tomás, a Freud, a Milton
y al resto de señores con sombrero
para quienes ellas fueron únicamente
unos seres delgados, susurrantes.
Hubo mujeres que,
al escribir, borraron,
pues sospechaban que sólo
en mitad de esa raya
con forma de horizonte
se abría un punto de fuga diminuto:
el único posible.
Hubo mujeres que supieron,
sin que nadie tuviera que decirlo,
que una vez superados los confines
de aquella tachadura,
el resto era silencio.



Fotografía de Emma Neely

ESAS HUELLAS SON TÚ

En la historia hubo bordados rosa palo
y una lista infinita de lazos,
broches, tocados y sombrillas.
Las mujeres, sentadas en la hierba,
admiraron a los jugadores de críquet
con las piernas primorosamente cruzadas.
Pero no todo eran síes detrás del abanico.

En la historia
hubo dedos deslizándose
sobre cuentas de nácar,
miles de rojas bocas
rogando al mismo dios
que había cerrado todos los pestillos
desde fuera.
En la historia hubo ojos
detrás de las cortinas
y un luto de serrucho
hiriendo la vida hasta talarla.
Hubo casas de retiro y camisas de fuerza.
Baños fríos y un palo entre los dientes
justo antes de cada nueva descarga.
En la historia hubo hermanas
frotando las baldosas sobre las que,
el día anterior,
se habían desangrado otras hermanas.
Era enjuagar o morir
(y ambas cosas dolían).

Temblé con el temblor de cada una
y reí con su risa,
porque también rieron.
Y es que la historia estuvo llena
de pequeñas victorias
de las que ningún diario se hizo eco:
gritos agudos que rompieron las copas
justo antes del brindis,
miles, millones de palabras
escritas cuando el trigo estaba alto,
justo antes de comenzar la siega.
Minúsculas pisadas
(las propias de quien anda de puntillas)
adentrándose en los bosques más azules:
la húmeda memoria de aquéllas que escaparon.
Aunque el tiempo y el espacio no coincidan,
ese rastro encaja con tu sombra.
No intentes olvidarlo:
esas huellas son tú y nombran el camino.





Olalla Castro Hernández
(Granada, España, 1979)
POETA/DOCTORA EN TEORÍA DE LA LITERATURA Y PERIODISMO
en Poesía contra Corriente, Poemas (in) surgentes, 
Editorial La Vorágine, 2017
extraídos del blog VOCES DEL EXTREMO
su blog SOLILOQUIO DE LA MUJER-BALA
para leer + en EMMA GUNST

12 de mayo de 2017

Carmen Ruiz Fleta, 3 poemas 3



Fotografía de Raoul Huasmann, 1931

Mi hija crece mientras mi padre mengua.
Un desfile de células despojadas,
abandona el salón de la que fue mi casa
y la cabeza del que fue mi padre.
Las cortinas filtran
la luz manzana a la que huele Candela.
Todo en el mismo espacio.
Con los muebles y el espejo ante el que crecí. 

Abuelo y nieta se dan la mano.
Candela es estruendosa.
El abuelo arrastra su silencio hasta el dormitorio.
Parece que se entienden.

Mi padre llora todas las tardes.
A veces, los pasos de ella le hacen dejar de llorar.
Procura esconderse para hacerlo.
Es un hombre
y aún es joven para ser tan viejo.

Mi hija entiende a mi padre mejor que yo.
Pero yo sé por qué llora mi padre.





Fotografía de Emma Neely

7

En la sartén, el sofrito del arroz.
Recuerdas a tu madre,
lo que aprendiste de ella.
En sus últimos años,
sólo era ya
un pertinaz aliento,
vestido de piel y huesos.
Libre de memoria,
sonreía a las mañanas del otoño.
Qué tristeza verla así, pensabas.
Y qué alivio.
Renacida, sin recuerdos.

El arroz exige atención.
Empieza a cocerse.
Viste morir a un hijo,
antes de que tu madre viera morir al suyo.
¿Qué sentido tiene eso?
Ninguna madre debería ver morir a un hijo.
Ningún hijo de ninguna madre debería morir.

No crees en dios, pero le pides cuentas.
Y la respuesta siempre es el silencio.
Es más. Si existiera dios, se encogería de hombros.

El colorante empieza a teñir.
Los granos alargados, aún duros.
En un rato llegaremos todos.
El bullicio, la conversación banal,
el revuelo infantil.
Todos con nuestras preocupaciones.
Todos con nuestras miserias, mentiras, trabajos,
enemigos, miedos y fobias.
Todos creyéndonos más importantes
que los demás.
Y desde luego, mucho más trascendentes
que ese plato de arroz
que ignorantes devoramos.




Fotografía de Cig Harvey



No crees en Dios.
Y tampoco estás dormido.
¿Contra quién rezas cuando cierras los ojos?
Todos los veranos de la prehistoria 
se comprimen en un solo.
Unas vacaciones desteñidas
en coches sin aire acondicionado,
ni cinturón de seguridad.
Estíos de hermanas 
jugando con cajetillas de tabaco
y aguardando dos horas al baño 
para hacer la digestión.
Sólo una vez 
el apartamento estuvo en primera línea de playa,
pero no había toma de antena,
y nos quedamos sin ver los Juegos Olímpicos.
Había un momento de la tarde
en el que el olor a aftersun lo llenaba todo.
Era justo antes del paseo marítimo 
y los tenderetes 
y el helado.
Era cuando creíamos 
que los padres serían siempre jóvenes,
y nosotras nunca tan viejas como ellos.

Nos parecía entonces que la felicidad era eso.
Barquillo y chocolate.
Y estar muy morenos.
Y eso era dios.

Estás despierto. Estás sentado. No abres los ojos.
Ojalá estés rezando, papá.








Carmen Ruiz Fleta
(Zaragoza, España, 1978)
PERIODISTA/POETA
de Vida doméstica, colección La Gruta de las Palabras, 
Prensas de la Universidad de Zaragoza (PUZ), 2017
para leer MÁS y MÁS
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