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16 de diciembre de 2025

Jorgelina Soulet, 5 poemas 5


 Obra de Pete Ulatan
Floto
en la noche
como si fuera
una astronauta rusa
lanzada
al espacio.
A veces
salgo de mi nave
para aspirar
polvo de estrellas
y volar
alucinada
con gravedad cero.
Los días son largos
y oscuros
entonces me dedico
a buscar algún cometa
para treparme a su cola.
Inventé también
un idioma intergaláctico
para hablar
con los marcianos
pero no responden
aunque los puedo ver
bailando
en la superficie
de su planeta seco.
Desde mi cápsula espacial
observo
la luna
las estrellas
la redondez del mundo.


Obra de Carla Roth
Yo quisiera desprenderme
del amor
como quien se saca
una camisa.
Abrir cada botón
con delicadeza
doblar después
el cuello
las mangas
los puños.
Deshacerme del amor
como si fuera
una camisa vieja
y agujereada
colocarla en una caja
no olerla
no mirarla
no saber que está.
Yo quisiera desvestirme
del amor
este ropaje antiguo
que me queda holgado
o muy chico
y me aprieta
me asfixia.
Yo quisiera desnudarme
del amor
ser solo un cuerpo
suave y vacío
como una camisa
sin estrenar.




Fotografía de Paul Perrault
Atardeció
otra vez
en mi terraza
y no viniste.
No cruzaste
la avenida
no corriste
agitada
no tocaste el timbre
nunca llegaste.
No debí
haberte esperado
con todo este cielo
los árboles
el deseo
el agua a punto.


Fotografía de Bryan Derballa
Cuando vuelva al mar
y me hunda
en el sonido metálico
que atraviesa el silencio
bajo el agua.
Cuando regrese
para dejar en remojo
este corazón
que boquea
como pez en la orilla y pueda
hacer cabriolas
saltos mortales mirando el horizonte.
Cuando vuelva
a tensarse mi piel
con escamas de sal.
Cuando vuelva a respirar violento
fuerte como soplido de ballena
y me queme los pies demorando
la llegada del médano
a la orilla.
Cuando estalle otra vez el golpe seco
de la primera ola en medio
del pecho y vuelva
al mar y me abandone
al vaivén
azul y sea otra vez
el pez que fui.
Cuando vuelva.


Ilustración de Andrea Ucini
... soy una selva de raíces vivas,
solo el follaje suele estarse muerto.

Fui cuidadosa, mamá.
Escarbé con paciencia china
no usé la fuerza
no maldije
no di golpes bruscos
pero la maceta se rompió
se derramó en mis manos
como si fuese de agua.
Me quedé observando
el pan compacto de raíces
cegadas por la luz.
La pena fue tan grande, mamá,
porque esa maceta era
entre las tuyas
mi favorita.
De terracota
robusta
parecía eterna.
¿Y qué hago ahora
que no tienen refugio
esas raíces?
¿Crecerá el pino
de hojas como agujas
sin su tierra?
¿Crecerá
como seguí creciendo
cuando te fuiste
y quedé ciega
con mis raíces al sol?


 Raíces al sol, Salta el Pez Ediciones, 2022
Colección Camalote



Jorgelina Soulet
(Buenos Aires, Argentina, 1972)
POETA/EDITORA/LICENCIADA EN LETRAS/
CORRECTORA LITERARIOS, EDUCATIVOS Y CIENTÍFICOS
de Raíces al sol, Salta el Pez Ediciones, 2022
Colección Camalote
para leer + en EMMA GUNST

22 de noviembre de 2025

Delfina Bunge, Sabiduría (+1)

Obra  A moment in time, de Nina Tsereteli

SABIDURÍA

Así sencillamente como el pájaro canta
dar en una palabra todo su corazón,
tener dentro del alma una dulzura santa
que luminosa alumbra con suave resplandor

Brindar el corazón en una frase sola
y con suave sonrisa mostrar el alma entera,
así como en verano sonríe la corola
y como el fuego amigo en invierno atempera.

Sentir el alma plena de alegría y dulzura
y saber expandirla también en derredor
como una tenue música tejida de ternura
que sabe apaciguar suavemente el dolor.

Luminosa, segura de su eterno brillar,
ser la lámpara suave que ilumina el hogar,
segura, previsora reconfortante y santa,
¡consumirse despacio alumbrar, alumbrar,
así, sencillamente como el pájaro canta!

Traducción del francés de Alfonsina Storni




 Poesías, Ediciones Selectas América, Nº35, 1920
Cuadernos Quincenales de Letras y Ciencias
Prólogo de José Enrique Rodó
Traducción de Alfonsina Storni



B O N U S  T R A C K




[…] Aunque yo no creyera del todo viable esas ideas [feministas], más degradante me parecía tener que aceptar que habíamos sido puestas en el mundo para no tener —hasta cierta edad— otra preocupación que el vestirnos, divertirnos y agradar… ¡para encontrar novio!

por Axel Gasquet


Delfina Bunge de Gálvez
(Bs.As., 1881 - Alta Gracia, Córdoba, Argentina, 1952)
POETA BILINGÜE/ESCRITORA/ENSAYISTA/PERIODISTA/FILÁNTROPA ARGENTINA
de Poesías, Ediciones Selectas América, Nº35, 1920
Cuadernos Quincenales de Letras y Ciencias
Prólogo de José Enrique Rodó
Traducción de Alfonsina Storni

3 de septiembre de 2020

Carmen Ruiz Fleta, 13


Fotografía de Giovanni Marrozzini

13

Que no te escondas.
Que no hagas como tu madre y no te escondas.
Que aprendas de ellas:
de Virginia, de Alfonsina, de Anaïs,
y sepas dar un golpe de verso
cuando la vida se ponga bruta.




Carmen Ruiz Fleta
(Zaragoza, España, 1978)
POETA/PERIODISTA
de Vida doméstica, colección La Gruta de las Palabras, 
Editorial Prensas de la Universidad de Zaragoza (PUZ), 2017
para leer MÁS


12 de febrero de 2018

Alfonsina Storni, 7 frases 7 (de Cositas sueltas)


Three Dancers, Mills College, 1929
Fotografía de Imogen Cunningham



El hombre que habla mal de otras mujeres, complace a la perversa, halaga a la mediocre y repugna a la mujer digna.


*



Fotógrafo anónima, Mary Wigman cerca del lago Maggiore,
Monte Verità, 1913


Cuando una mujer virtuosa perdona a la no virtuosa con cierto dejo de apostolado, no deja de tener su mérito: revela siquiera un principio de comprensión humana. Pero a mí me interesa profundamente la mujer virtuosa, cuya virtud sea tan excelsa que no se crea habilitada para extender el perdón: contadas veces hallé a esta mujer.


*



s/d del autor de la fotografía

Infinidad de mujeres son capaces de amor sin objeto definido, sin intereses cercanos, sin premeditación de amor.


*


s/d del autor de la fotografía


Y ni un solo hombre es capaz de tal cosa.
        Esto no me parece una superioridad de la mujer.
        Me parece un "modo" muy agradable, estéticamente considerado, de su naturaleza, nada más.


*



La cruz de toda mujer, fotografía de Audy Sanabria


La mayoría de las mujeres forjan sueños equivocados
del amor; su imaginación
las lleva a célicas visiones, perjudiciales,
en razón de lo exagerado.
        Es así, como, para muchas mujeres la vida se divide en dos mundos: el que imaginaron y el que viven.


*



Alumnas del Instituto Internacional de Movimiento Margaret Morris 
practican en la playa de Sandwich en la costa de Kent, 17 de agosto de 1935



Cuando una mujer dice lo que piensa, en voz alta, las mujeres se asustan de escucharse en la que habla, a pleno sol.


*



Fotografía de Frederick Boissonnas, 1913


Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su
interior; ese día la moral sufrirá un vuelco;
las costumbres serán cambiadas.






Alfonsina Storni
(Capriasca, Suiza, 1892 - Mar del Plata, Argentina, 1938)
de Cositas sueltas, La Nota, nro. 203, 04.07.19, pág. 712-3
en Escritos. Imágenes de género, Editorial EDUVIM, 2014
Colección Letras y Pensamiento en el Bicentenario
Estudio Preliminar Tania Diz
en WIKIPEDIA
para leer MÁS 

12 de marzo de 2016

Alfonsina Storni, Sábado



Ilustración de Elena Odriozola
SÁBADO

Me levanté temprano y anduve descalza 
Por los corredores: bajé a los jardines 
Y besé las plantas 
Absorbí los vahos limpios de la tierra, 
Tirada en la grama; 
Me bañé en la fuente que verdes achiras 
Circundan. Más tarde, mojados de agua 
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos 
Con zumo oloroso de diamelas. Garzas 
Quisquillosas, finas, 
De mi falda hurtaron doradas migajas. 
Luego puse traje de clarín más leve 
Que la misma gasa. 
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo 
Mi sillón de paja. 
Fijos en la verja mis ojos quedaron, 
Fijos en la verja. 
El reloj me dijo: diez de la mañana. 
Adentro un sonido de loza y cristales: 
Comedor en sombra; manos que aprestaban 
Manteles. 
                         Afuera, sol como no he visto 
Sobre el mármol blanco de la escalinata. 
Fijos en la verja siguieron mis ojos, 
Fijos. Te esperaba.




Alfonsina Storni 
(Suiza 1892 - Argentina 1938)
de El dulce daño, Sociedad Cooperativa Editorial Limitada, 
Buenos Aires, 1918
y en SábadoAlfonsina Storni, Conaculta, 2012
Ilustraciones de Elena Odriozola
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23 de abril de 2014

Leopoldo Brizuela, El derecho a leer a las mujeres


Ilustración de Sally Nixon

EL DERECHO A LEER A LAS MUJERES

Desde que empecé a escribir, y sobre todo, desde que empecé a publicar y a hablar públicamente sobre mis lecturas, amigos, colegas, periodistas, críticos, me han hecho la misma pregunta: ¿por qué leés tantas mujeres? Una pregunta que siempre me perturbó tanto como para contestarla, apenas, con evasivas o subterfugios. Como si decir la verdad –una verdad de la que yo mismo era apenas consciente, a fuerza de no discutirla- pudiera exponerme al peor peligro.

Yo balbuceaba: “Bueno, no te mencioné tantas”. Y era verdad: la recriminación ocurría a la segunda o tercera escritora citada, pero ya eran más de las que el propio interlocutor conocía o juzgaba prudente conocer. Otras veces yo fingía recoger el guante de un duelo del que sabía que desertaría: “Si yo hubiera mencionado sólo escritores varones, ¿vos me lo habrías hecho notar?” Porque era obvio que no. Y ni aun a las autoras mujeres que sólo nombran escritores varones, ni siquiera a las críticas o profesoras que sólo incluyen libros de escritores varones en sus programas, antologías, ensayos, este interlocutor les habría objetado ningún tipo de ignorancia.

Pero yo no respondía, y el otro, envalentonado, como si hubiera desenmascarado una artimaña o una conspiración, remataba: “te pregunto simplemente porque es raro”. Se erigía, en fin, como representante o árbitro de la normalidad, y todo parecía volver a ella. Me había recordado, y era su victoria, la ley que rige para todos, varones y mujeres: sólo el que se disimula sobrevive.

Dos vías

Primera salvedad. Quizá yo no me haya atrevido hasta hoy a contestar claramente esa pregunta, por carecer de otra ayuda que los libros de las mismas escritoras. Porque formular en términos teóricos lo que me habían revelado la inercia de las protagonistas de Jean Rhys y la lucidez de las heroínas de Doris Lessing; demostrar por qué las reflexiones que Simone de Beuvoir o de Adrienne Rich sobre el “segundo sexo” podían también aplicarse a mi experiencia, era una tarea que iba más allá de mis capacidades. Hoy, en cambio, contamos con las teorías sobre la construcción de la masculinidad; y esas teorías pueden ayudarme a explicar cómo la violencia y el terror que corrían soterrados bajo esa escena repetida, echan raíces en la infancia.

Dicen los especialistas que en sociedades como la nuestra se “hace varón” el que se aleja de la madre; se echa al varón de la casa, a la escuela o a la calle, para que otro aprendizaje mucho más importante que el que declaran los colegios: la masculinidad, esa condición que es un valor en sí y que le permitirá ocupar, durante el resto de su vida, los espacios de poder del patriarcado. Como lo explica Ariel Sánchez en Marcar la cancha este aprendizaje se da por dos vías. Por un lado, el varón busca un grupo de varones en el que pueda adquirir y desarrollar fuerza, entendida ésta como la capacidad de ejercer violencia sobre los demás. A través del mecanismo básico de la competencia, y de la medición de fuerzas que ésta posibilita, se establecen las jerarquías dentro del grupo; y la lealtad a éste y a sus jerarquías se entenderá como una verdadera condición de existencia.

Y por otro lado, la construcción de la masculinidad depende del hallazgo de un varón a quien calificar de “maricón”; mediante su hostigamiento permanente, el varón pretenderá demostrar su rechazo de todo lo femenino, es decir, su ya definitivo alejamiento de la madre. Como recordará cualquier persona de mi edad, para los niños de los años sesenta el mote de “maricón” no tenía que ver con la homosexualidad –la mera idea de “sexualidad” era ajena a nuestro mundo – sino con una u otra característica de personalidad que los demás varones identificaban como “femenina”. Eran características sorprendentemente variadas -podían ir de una manera de moverse o de hablar, a un rasgo físico o, precisamente, según me cuentan amigos mayores, a la afición a la lectura-; pero todas parecían vincularse con una carencia de fuerza física, o con una disidencia respecto del uso de la fuerza.

Ahora bien. Lo perverso del mecanismo de hostigamiento al “maricón” reside en que, como es demasiado fácil ejercer violencia sobre el débil -tanto más cuanto que el propio grupo le ha impedido desarrollar su fuerza-, quien lo agrede demuestra menos su masculinidad que la íntima, infinita vileza del entramado social. Y por eso la violencia contra el maricón se reitera cotidiana, incesantemente, en pos de esa demostración imposible; causando en sus víctimas daños de por vida sobre los que la sociedad de hoy, al fin, parece al fin abrir los ojos. Daños para los que, durante siglos, casi no ha habido otra salida que la lectura.

Vida y literatura

Segunda salvedad. Quizá la pregunta ¿por qué leés tantas mujeres? me habría perturbado menos si yo hubiera empezado a hacerlo por algún tipo de estrategia política o deliberación. No. Empezamos a leer escritoras, digamos, “espontáneamente”, como un animal perseguido que descubre de pronto el único lugar del mundo que se parece a su primer cubil; pero fue allí, también casi por sorpresa, donde encontramos permiso para ser lo que se nos había prohibido, y armas para lograrlo.

Para horror de quienes sostienen que lo único importante es el texto, nunca buscamos solamente libros: buscábamos autores cuya experiencia pudiéramos adivinar detrás del enigma de sus obras. ¿Y cómo podía dejar de interesarnos un nombre de mujer en la tapa de un libro, si era la prueba de que alguien, en sociedades aun más opresivas que la nuestra, había hecho algo que los demás no esperaban de ella, y había pagado precios altísimos por hablar, ya que sus contemporáneos no podían comprenderla, con algún “hermano del futuro”, es decir, con nosotros mismos? Si una película nos había iniciado en la compasión por Anna Frank y su muerte trágica, lo que nos cautivó para siempre de su Diario fue su decisión de sostener, ante la asfixia del confinamiento político y familiar, el deseo de dialogar consigo misma, y convertirse, así, en una escritora. Si una canción compuesta por dos varones nos había hablado del suicidio de Alfonsina Storni; la solapa del primer libro de ella que pedimos que nos compraran nos llevó a leer cada uno de sus poemas como otra creación no deseada por los hombres y salvada de su vigilancia omnímoda.

Por supuesto, detrás de aquella pregunta “pero ¿por qué leés tantas mujeres?” uno creía entender: “no son tan buenas” Pero ya nos dábamos cuenta de que la literatura escrita por mujeres poseía valores que pocos varones podían apreciar. Básicamente, esa capacidad de invención y manejo de herramientas que representaban, más o menos disimuladamente, una experiencia de incomodidad y rebeldía; produciendo esa experiencia única que llamamos arte y que implica no sólo goce estético, sino transformación profunda de la percepción de la realidad. Así, aunque pocos varones pudieran comprenderlo, una sola frase de Carson McCullers, apenas la primera de su primera novela: “En el pueblo había dos mudos y estaban siempre juntos” podía generar una experiencia estética infinitamente más rica que todos los cuentos de Ernest Hemingway, con sus alardes de macho que se foguea entre soldados, mafiosos, cazadores y toreros.

Y si escribir literatura, como dice Gilles Deleuze, es inventar una lengua extranjera dentro de la lengua; y si la tarea de las mujeres ha sido subvertir por la poesía la convención masculina, ¿quién nos lo reveló mejor que Sara Gallardo, con ese Eisejuaz mataco santo o loco que es su alter ego -ese personaje insólito capaz de sugerir, en un lenguaje nuevo, todo aquello que la cultura argentina no había podido nombrar nunca?

Una fuerza secreta

Creo que ya puedo empezar a responder. Leer a las mujeres fue un modo de transformar nuestras homéricas cargas de dolor, odio y violencia contenida en una fuerza productiva alternativa y nueva. Y quizá llegó el momento de describirla, para no sobrevalorarla y exponerse a un daño mayor. ¿En qué consiste, hoy por hoy? En principio, creo que todo maricón que sobrevive a la infancia consigue distanciarse y comprender, no sólo el por qué de las violencias que se ejercían sobre él, sino los terrores e impotencias que también torturan, secretamente, a los violentos.
En este sentido, desde muy temprano he visto a mis compañeros escritores como los niños que fueron, empeñados en la agotadora tarea de demostrar su poder ejerciéndolo de aquellas mismas dos maneras. Mírenlos en cualquier congreso de literatura: cómo se camuflan, como compiten, cómo intentan seducir: sobreactúan su masculinidad, acaso porque la poesía, convengamos, no es la habilidad que un coronel de caballería quisiera para su primogénito. Escúchenlos hablar –quizá sería excesivo pedirles que dialoguen con ellos-. Formateados por el fútbol, su primera preocupación ha sido integrarse a “un equipo” bajo el ala de un “director técnico” que les dijera qué y cómo escribir de modo que cada frase, cada palabra, diera testimonio de sus atributos viriles. Y hablan del “campo literario” como de la cancha en donde han salido a jugar un campeonato permanente; y de ganar premios como de “hacer un centro”, y de “meter” libros en una editorial importante, o un artículo en un medio masivo, como quien habla de goles. Y es cierto que cada tanto nombran a escritoras, cómo no; pero son siempre aquellas que, alegres convictas de la parcela que la cultura les asignó, le sirven para ejemplificar viejas categorías, aquellas que hasta los vivan y alientan como las porristas más sofisticadas de la historia.

Y en segundo lugar, guiados por aquellos “directores técnicos” que son siempre grandes humilladores, los muchachos se aplican a señalar a “los maricones de la literatura”-ésos que no se debe ser- ; y a la literatura “maricona” – aquello que no se debe escribir. Hoy como ayer, lo “maricón” no tiene que ver necesariamente la elección sexual de un escritor, sino con aquellas características que se corresponden los estereotipos de lo femenino; características tan asombrosamente variadas como para pertenecer a campos tan distintos y vastos de la cultura que, a fuerza de rechazarlos, la mayoría de los varones destaca por una ignorancia sobrecogedora. Pero volviendo a nuestro tema. Los muchachos se burlan, por ejemplo de la admiración de los “maricones” por las mujeres escritoras, como si no fuera más que una variación del amor delictual por la madre; no ven que, como señala Wayne Koesterbaum, lo que el “maricón” celebra de las “divas” es un exceso de voz sólo comparable a la magnitud de su propia imposibilidad de decir, y a la tradición perdida que esa voz de diva devuelve, por sorpresa, con vitalidad arrasadora. Los muchachos se ríen de los “maricones” por la franqueza con que éstos quieren expresar sentimientos, asimilándolos mecánicamente al kitsch, que tanto maricón celebra; enfermos de “pudor” (ese mecanismo parecido a la vergüenza pero que va más allá: porque es el castigo autoinflingido a su parte “femenina”) los varones niegan así su propia incapacidad para lidiar con lo que sienten, y esa risa es lo poco que pueden hacer con su desesperación. Porque están desesperados, es evidente: habiendo “naturalizado” su ignorancia hasta sentirla como un rasgo de su propia identidad; en cada cosa desconocida con que se confrontan no ven una posibilidad de enriquecerse, sino el peligro de su propia disolución… Prueba de que todavía hay que ir con mucha prudencia: porque no hay nada más violento que un negador acorralado.

Una necesidad y un derecho

En fin, ¿por qué leemos a las mujeres? Porque es una necesidad, quizá nuestra necesidad más profunda, y donde hay una necesidad hay un derecho. Porque ese derecho es el de toda una tradición que sobrevive, fortalece y se libera cuando leemos y respondemos a la lectura con nuestras propias obras Y porque, por mucho que intenten convencernos de que todo cambió, como si la utopía del viejo feminismo hubiera sido la única alcanzada, el cambio sólo afecta a la superficie de lo social, no al sustrato de las costumbres y al estrato profundo de las mentes.

¿Cómo se explica que, en una época en que ya nada dificulta el libre intercambio sexual entre dos personas adultas, los varones sigan haciendo florecer, en secreto, como tratantes pero también como clientes, la explotación sexual? No menos misteriosa resulta otra evidencia: aunque muchos de los grandes libros de todas las literaturas hayan sido escrito por mujeres, y aunque las mujeres sean mayoría en las carreras de letras, las editoriales, los talleres literarios, etc. la presencia de mujer en la literatura aun sigue considerándose una anomalía?

¿Qué hacer con esta ceguera de los varones? Hay quien piensa que el cambio es imposible, o sólo posible en el caso de una remotísima mutación genética, y que nuestra tarea es combatir, aunque la manera de hacerlo resulte bastante inconcebible y, como sea, la disparidad de fuerzas todavía nos asegure una derrota inmediata. Otros sostienen que el camino es persuadir, olvidando que la persuasión, como señala Hanna Arendt, sólo es posible entre dos seres humanos en pie de igualdad, sin otra arma que la excelencia de sus argumentos. Incapaz de arriesgar un sólo consejo, me limito a señalar una comprobación: el varón con poder sólo cambia cuando aquellos de cuya explotación depende consiguen escapar o al menos correrse un poco de lugar, y los dejan sin base. Es decir, cuando cambiar se vuelve, para ellos, una cuestión de vida o muerte, y por fin ven la necesidad de cargo, a solas, de su destino.

Mi propósito personal es éste: hablar, escribir para nosotros. Estaremos más cerca de una liberación verdadera si, en lugar de atender al enemigo, de entrar en su juego de constante competencia y aniquilación, optamos, como las grandes escritoras, por propagar entre nosotros un saber que tienda puentes más allá del tiempo y el espacio y de los muros antiguos y nuevos. Si nos atrevemos a revivir, comprender, y consolar al niño que fuimos; si comprendemos la literatura como el vehículo más poderoso de ese amor y esa fraternidad, y tratamos de escribirla para los que aun hoy, todavía, los necesitan como el agua y el pan.





Leopoldo Brizuela
(La Plata, Bs. As., Argentina, 1963 - 2019)
POETA/ESCRITOR/PERIODISTA/TRADUCTOR
Texto publicado originalmente en ETERNA CADENCIA
en WIKIPEDIA
en FACEBOOK

4 de diciembre de 2012

Alfonsina Storni, Pudiera ser


Fotografía extraída de MADAMETAFETAN
PUDIERA SER 

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente, medido
estaba todo aquello que se debía hacer…
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
de mi casa materna…

Ah, bien pudiera ser…

A veces en mi madre apuntaron antojos
de liberarse, pero, se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo esto mordiente, vencido, mutilado,
todo esto que se hallaba en su alma encerrado,
pienso que sin quererlo lo he libertado yo.



POTREBBE ESSERE

Potrebbe essere che ciò che nel verso ho sentito
Non fosse altro che ciò che mai ha potuto essere,
Non fosse altro che qualcosa di vietato e represso
Di famiglia in famiglia, di donna in donna.

Dicono che nei solari della mia gente, era indicato
tutto quello che si doveva fare...
Dicono che le donne della mia casa materna
fossero silenziose...

Ah, bene poteva essere...

A volte in mia madre spuntarono desideri
di liberarsi, ma le saliva agli occhi
un'onda di amarezza, e nell'oscurità piangeva.

E tutto questo travaglio, vinto, mutilato,
Tutto questo stava racchiuso nella sua anima,
Penso que senza volerlo, io l'ho liberato.

(Traducción al italiano de Rosaria Distefano, 2005)




Alfonsina Storni 
(Suiza 1892 - Argentina 1938)
de Irremediablemente, 1919
en Antología poética (Compilación de Alfonsina Storni), 
Espasa-Calpe Argentina S.A, Buenos Aires, 1938
para leer MÁS
un ESTUDIO SOBRE SU OBRA


25 de agosto de 2012

Alfonsina Storni, Voy a dormir


Fotografía de Effetto Holtzman
VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío, 
manos de hierbas, tú, nodriza fina, 
tenme prestas las sábanas terrosas 
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. 
Ponme una lámpara a la cabecera; 
una constelación; la que te guste; 
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes... 
te acuna un pie celeste desde arriba 
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo: 
si él llama nuevamente por teléfono 
le dices que no insista, que he salido...




Alfonsina Storni 
(Suiza, 1892 - Argentina, 1938)
para leer MÁS










(*)

(*) Libro que pertenecía a la colección personal de  Julio Cortázar

...No sabemos si Cortázar tenía la costumbre, muchos escritores lo hacen, de guardar críticas, reseñas o entrevistas relativas al libro o al autor, entre las páginas. Lo cierto es que el libro de Alfonsina Storni Antología poética contenía un retrato de la escritora recortado de un diario, y un recorte, también de periódico, con el poema «Voy a dormir…», que termina con los conocidos versos:

Ah, un encargo
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.



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