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11 de mayo de 2021

Annie Le Brun, 4 pensamientos 4


Ilustración de Monica Garwood


La tecnología nos impide imaginar, y la sociedad tecnológica ha logrado que no se vea la violencia entre nosotros, no existe, la niega. Esta sociedad en favor del progreso está todo el tiempo afirmando un positivismo mentiroso. Niega esa oscuridad que es inherente a toda sociedad, a todo ser humano.

(...)


Ilustración de Monica Garwood


Fuimos seducidos por la llegada de las técnicas informáticas, porque nunca nos habíamos sentido tan informados, nunca habíamos visto tantas imágenes, escuchado tanta música; entonces, por qué oponernos a lo que parecía una democratización cultural. En realidad era lo contrario, me pareció que era una nueva forma de censura que no descansaba en la prohibición ni en la falta de información, sino en el exceso y nos impedía tomar esa distancia necesaria que requerimos tanto para pensar como para soñar.

(...)

Ilustración de Monica Garwood

Trata de encontrar soluciones y respuestas utilizando un poco todo lo que tenemos a la mano, todas las herramientas posibles como lo hace un trabajador, un carpintero o un cerrajero.

sobre la presentación del libro Del exceso de realidad, Fondo de Cultura Económica, 2006
Leído en LA JORNADA




Ilustración de Monica Garwood


¿Hasta cuándo consentiremos en no ver que la violencia del dinero persigue acabar con nuestro mundo sensible, para hacernos olvidar lo esencial, la búsqueda apasionada e indispensable de lo que no tiene precio?»; es una guerra feroz en «… donde la menor manifestación de lo que no tiene precio ha de ser neutralizada de inmediato, cuando no subvertida, pervertida o, simplemente, aniquilada.

Traducción y prólogo de Lydia Vázquez Jiménez




Ph Philippe Matsas
Annie Le Brun 
(Rennes, Francia, 1942 - Croacia, 2024)
POETA/ESCRITORA/CRÍTICA LITERARIA/ENSAYISTA
para leer una entrevista en EL CULTURAL

22 de julio de 2017

Agota Kristof, Sin poesía (+1)


Agota Kristof por Olivier Roller

Leo aún, si tengo algo que leer, a la luz reverberante. Luego, cuando me duermo
llorando, nacen frases en la noche. Dan vueltas a mi alrededor, cuchichean, adquieren
un ritmo, riman, cantan, se convierten en poemas:

«Ayer, todo era más bello,
la música en los árboles
el viento en mis cabellos
y en tus manos tendidas
el Sol.»

(de La analfabeta/L’analphabète, 2004
Traducción de Juli Peradejordi)





A G O T A  D I X I T

Fotografía de Cig Harvey
SIN POESÍA

Un editor italiano se ha propuesto publicar toda la obra de Agota Kristof, empezando por los poemas en húngaro. Ella se niega. 

¿Cuando escribía en húngaro también era tan cruda, o la crudeza de su estilo viene del hecho de que el francés no sea su lengua materna? 

"No, no. En húngaro era muy poética. Demasiado. Por eso no me gustan aquellos poemas. Creo que si hubiera seguido escribiendo en húngaro habría ido quitando y quitando, diciendo sólo lo estrictamente necesario. Seguramente mi forma de escribir viene del teatro. Diálogo puro. Lo justo, sin relleno, sin grasa. ¿Para qué dar vueltas? ¿Para hacer literatura? No me interesa la literatura."

(extraído de EL PAÍS, nota de Javier Rodríguez Marcos)





Agota Kristof 
(Csikvánd, Hungría, 1935 - Neuchâtel, Suiza, 2011)
Escribió toda su obra en francés
para leer + en BLOG DEL AMASIJO
para leer Los viajeros del barco, en LA CANCIÓN DE LA SIRENA
para leerla en lengua italiana
para leer una nota en AHORA SEMANAL
y en ELMUNDO.ES

6 de diciembre de 2015

Serge Fridman, La chica del puente (fragmento)


Vanessa Paradis / Adéle


Puede que no me merezca nada mejor. Debe de estar escrito en algún sitio, no sé dónde. Hay gente que ha nacido para ser feliz, y a mí todos los días de mi vida me han engañado. Todo lo que me prometieron me lo creí, pero nunca he conseguido nada. No sé hacer ninguna cosa, no le importo a nadie... no soy feliz... ni siquiera soy realmente desgraciada, porque seguro que te sientes desgraciado cuando has perdido algo, pero nunca he tenido nada mío, sólo mi mala suerte.

- ¿Cómo se imagina el futuro, Adéle? 

- No lo he pensado... Cuando era pequeña sólo deseaba una cosa: crecer. Quería que todo sucediera deprisa, pero ahora no sé para qué ha servido todo esto. No sé para qué. Hacerme mayor. El futuro es... es como una gran sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire, y detrás de los cristales un montón de gente que pasa corriendo, sin verme. Tienen prisa. Cogen trenes, o taxis. Tienen un sitio a donde ir, alguien con quien encontrarse. Y yo me quedo sentada, esperando. 

- ¿Qué espera, Adéle? 

- Que me ocurra algo.




de la película La chica del puente/La fille sur le pont, 1998
Escrita por Serge Fridman
Dirigida por Patrice Leconte 


6 de octubre de 2013

Virginie Despentes, Acostarse con el enemigo


Fotografía de Anja Niemi "The wife"

ACOSTARSE CON EL ENEMIGO

Hacer lo que no se hace: pedir dinero por lo que debe seguir siendo gratuito. La decisión no
le pertenece a la mujer adulta, el colectivo impone sus leyes. Las prostitutas conforman el único proletariado cuya condición conmueve como lo hace a la burguesía. Hasta el punto que, muchas veces, mujeres a quienes nunca les faltó nada están convencidas de esta evidencia: no debe ser legalizado. Los tipos de trabajos que las mujeres no pudientes ejercen, los sueldos miserables por los que venden su tiempo no interesan a nadie. Es la suerte que les toca por haber nacido mujer y pobre, a eso la gente se acostumbra sin problema. Dormir afuera con cuarenta años no está prohibido por ninguna legislación. El que te conviertan en un “sin techo” es una degradación tolerable. El trabajo es otra. Pero eso sí, vender sexo, eso concierne a todos y las mujeres «respetables» tienen algo que decir. Me pasó a menudo, durante estos últimos diez años, estar en un lindo salón junto a señoras que siempre fueron mantenidas vía el contrato marital, muchas veces mujeres divorciadas que habían obtenido pensiones dignas de llevar este nombre, y que me explican, a mí, sin sombra de duda, que la prostitución es en sí algo malo para las mujeres. Saben, intuitivamente, que este trabajo es más degradante que otro. Intrínsecamente. No practicado en circunstancias muy particulares, sino en sí. La afirmación es categórica, escasas veces combinada con matices, tales como «si las chicas no consienten», o «cuando no cobran ni un centavo de lo que hacen», o «cuando están obligadas a trabajar afuera en la periferia de las ciudades». Ya sean putas de lujo, ocasionales, callejeras, viejas, jóvenes, bien dotadas, dominadoras, toxicómanas o madres de familia a priori no hace ninguna diferencia. Intercambiar un servicio sexual por dinero, hasta en buenas condiciones, e inclusive de buen grado, va en contra de la dignidad de la mujer.
Prueba de ello: si pudieran elegir, las prostitutas no lo harían. Vaya retórica... Como si la
depiladora de la cadena Yves Rocher41 pusiera cera o apretara puntos negros por pura vocación estética. La mayoría de la gente que trabaja no lo haría si pudiera, ¡obviamente! Sin embargo en ciertos ámbitos repiten a porfía que el problema no es sacar la prostitución de la periferia de las ciudades donde las prostitutas están expuestas a todo tipo de agresiones (condiciones en las que hasta vender pan vendría a ser como practicar un deporte extremo), ni obtener marcos legales tales como los reclaman las trabajadoras sexuales, sino prohibir la prostitución. Resulta difícil no pensar que lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan por la suerte de las putas, es que en el fondo temen su competencia. Desleal, por ser demasiado adecuada y directa.
Si la prostituta hace su negocio en condiciones decentes, lo mismo que la esteticista o la
psiquiatra, si a su actividad le quitan todas las presiones legales que se conocen actualmente, la posición de mujer casada de repente se vuelve menos atractiva. Porque si el contrato
prostitucional se vuelve común, el contrato marital aparece más claramente como lo que es: un trato en el que la mujer se compromete a realizar cierta cantidad de faenas que aseguran el confort del hombre por tarifas que resisten toda competencia. Particularmente las tareas sexuales.

(fragmento)





Virginie Despentes 
(Nancy , Meurthe-et-Moselle,  Francia, 1969)
de King Kong ThéorieEdicions Grasset&Fasquelle, 2006
de Teoría King Kong, Editorial Melusina, S.L., 2007
Traducción de Marlène Bondil
para leer una ENTREVISTA
para leer MÁS

5 de marzo de 2013

Virginie Despentes, Tenientas corruptas


Naomi Watts, King Kong, 2005



ESCRIBO DESDE LA FEALDAD Y PARA LAS FEAS: las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas. 

Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria de la feminidad: desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí vuelvo a empezar hoy. Cuando estaba en el paro no sentía vergüenza alguna de ser una paria, sólo rabia. Siento lo mismo como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una tía buena. 

Pero siempre hemos existido. Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas de hombres, que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse. Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado. Incluso hoy que las mujeres publican muchas novelas, raramente encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas. Por el contrario, a las heroínas de la literatura contemporánea les gustan los hombres, los encuentran fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. 

Son, sin embargo, mis cualidades viriles las que hacen de mí algo distinto de un caso social entre otros. Todo lo que me gusta de mi vida, todo lo que me ha salvado, lo debo a mi virilidad. Así que escribo aquí como mujer incapaz de llamar la atención masculina, de satisfacer el deseo masculino y de contentarme con un lugar en la sombra. 

Escribo desde aquí, como mujer poco seductora pero ambiciosa, atraída por el dinero que gano yo misma, atraída por el poder de hacer y de rechazar, atraída por la ciudad más que por el interior, siempre excitada por las experiencias e incapaz de contentarme con la narración que otros me harán de ellas. No me interesa ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar. Nunca me ha parecido evidente que las chicas seductoras se lo pasen tan bien. Siempre me he sentido fea, pero tanto mejor porque esto me ha servido para librarme de una vida de mierda junto a tíos amables que nunca me habrían llevado más allá de la puerta de mi casa. 

Me alegro de lo que soy, de cómo soy, más deseante que deseable. Escribo desde aquí, desde las invendibles, las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo montárselo, ésas a las que los hombres no les hacen regalos, ésas que follarían con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más zorras, las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño seco, las que tienen tripa, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello duro y negro que no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren enseñarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las que no saben proteger, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta beber en los bares hasta caerse al suelo, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.

Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio, buen ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos , esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, aparte del hecho de que parece romperse la crisma por poca cosa, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista.

(fragmento)




Virginie Despentes 
(Nancy , Meurthe-et-Moselle, Francia, 1969)
de King Kong Théorie/ Teoría King Kong
Edicions Grasset&Fasquelle, 2006
Traducción de Paul B. Preciado
para leer la versión de Marlène Bondil
para leer MÁS
en WIKIPEDIA

7 de diciembre de 2012

Violette Leduc, 3 fragmentos 3 (+1)


Winona Ryder,  s/d del autor de la fotografía

"¿Y la literatura? Me abruma... Estoy cercada; escribo lo que he vivido.
Doy relieve a dramas convertidos en naderías con los años... 
Escribir es dar nuestro calor. He dado mis manos tibias a una sierra de metales en una quincallería... 
Escribir es prostituirse. Es coquetear, es venderse. Es tal vez algo peor: la prostituta no siente nada... 
Escribir es empapar la pluma en agua de mar el primer día de vacaciones. 
Todo el mundo ve el cielo, todo el mundo es escritor. 
Lo demás son juegos de espejos... 
¿Escribir o callarse? 
Escribir la palabra imposible en la curva de un arco iris. 
Todo estaría dicho."

(de La locura ante todo, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 
1973
Traducción de Estela Canto)



Fotografía de девушки, одиночество

La quiebra. Estar en quiebra. A los quince años yo leía las lista de quiebras. Mi lectura, una cacería del fracaso. Siempre he hurgado en los diarios de provincia.

1944 ¿Es que estoy en quiebra? ¿Estaré en quiebra? Las estaciones han volado en relámpagos, los caminos son trabajos, mi dinero duerme en mi valija, una gran ciudad va organizarse, me rechazará. Estoy clavada, mi quiebra es inevitable. Las balas silban por encima de los techos. Refugiada en un departamento, en el muelle Malaquais, me acurruco en una buena bañera vacía. Los revólveres se callan, yo espío, de pie en la bañera, la monto, entreabro la ventana del lado de la calle Bonaparte, me asomo, espío. Si me asomo demasiado por la ventana me matarán. No, no espío. Miro los cascos y las bolsas de arena, busco a París más allá de las barricadas, junto a su río. París esta vacío, es altanero. Un árbol se somete, un árbol nos observa con todas sus hojas, es verano. Un chasquido. Es la muerte, sólo una ráfaga. Cierro la ventana, vuelvo a la bañera, me siento, apoyo la frente en las rodillas. Ni un amigo, Ni una amiga mientras los revólveres tienen sus crisis de rabia. Tengo miedo, mis lágrimas caen en la bañera. Súbitamente, el silencio. Salgo de la bañera, troto hasta la ventana, la entreabro, me asomo, me asomo. Dos camilleros llevan a un muerto en una camilla. La mano ha caído, todavía está caliente, es blanda, las botas bostezan, una manta terrosa cubre el cuerpo, la cara. Un muerto. Es el primero que veo. Los camilleros son rutinarios, parecen distraídos. Oigo el silbido. Un revólver, un solitario, reanima el combate, el muerto es arrastrado más lejos. Cierro la ventana, me acurruco en la bañera, lejos de mi valija, lejos de mi dinero.

Los revólveres se calman, salimos a la calle, me reintegro a mi domicilio.




Porno, de Wes Anderson

No hay más que palabras definitivas. No hay otras palabras. Tengo una fiebre de buscador de oro para encontrar esa palabra: el diamante de una obrera. Si no la encuentro voy a arrastrarme a lo largo de los cafés cerrados a las once de la noche. Las sillas, una sobre otra, son elocuentes, y yo estoy muda. ¿En qué te has convertido, tú, que querías escribir? Un pedazo de diario pisoteado con el que se divierte el viento en una calle pisoteada. 

(de La locura ante todo, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1973
Traducción de Estela Canto)

B O N U S  T R A C K 

Mi caso no es único: tengo miedo de morir y me desgarra estar en el mundo. No he trabajado, no he estudiado. He llorado, he gritado. Las lágrimas y los lamentos me han llevado mucho tiempo. La tortura del tiempo perdido en cuanto reflexiono en ello. No puedo pensar mucho tiempo, pero puedo complacerme ante una hoja de lechuga marchita ante la cual no tengo más que penas para rumiar. El pasado no alimenta. Me iré como he llegado: intacta y cargada con los defectos que me han torturado. Hubiera querido nacer estatua, y soy una babosa en mi propio estercolero. Las virtudes, las cualidades, el valor, la meditación, la cultura. De brazos cruzados, me he destrozado ante esas palabras.


Violette Leduc 
(Arras, Pas de Calais, 1907 - Faucon, Francia, 1972) 
ESCRITORA
para leer MÁS
su WEB 

4 de febrero de 2012

Hélène Cixous, A la luz de una manzana (+2)


(*)

A LA LUZ DE UNA MANZANA

Era una mujer casi increíble. O, mejor dicho: una escritura. Einstein decía que, algún día, a la gente le costaría creer que hubiera existido jamás un hombre como Gandhi, de carne y hueso, sobre la tierra.
Nos cuesta, pero también nos reconforta, creer que Clarice Lispector haya podido existir, muy cerca, ayer, tan lejos, antes que nosotros. Kafka también es irrecuperable, excepto... a través de Clarice Lispector.
Si Kafka fuera una mujer. Si Rilke fuera una brasileña judía nacida en Ucrania. Si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cincuentona. Si Heidegger hubiera podido dejar de ser alemán, si hubiera escrito la Novela de la Tierra. ¿Por qué cito todos estos nombres? Para intentar perfilar el terreno. Por ahí escribe Clarice Lispector. Ahí donde respiran las obras más exigentes, ella avanza. Pero luego, donde el filósofo pierde aliento, ella continúa, va aún más lejos, más lejos que cualquier clase de saber. Después de la comprensión, paso a paso, se adentra estremeciéndose en el incomprensible espesor tembloroso del mundo, con el oído finísimo, alerta para captar incluso el ruido de las estrellas, incluso el mínimo roce de los átomos, incluso el silencio entre dos latidos del corazón. Vigía del mundo. No sabe nada. No ha leído a los filósofos. Y, sin embargo, a veces juraríamos oírles susurrar entre sus bosques. Lo descubre todo.
Todos los momentos paradójicos de las pasiones humanas, los dolorosos maridajes de los contrarios, que constituyen la mismísima vida, miedo y valentía (el miedo es también valentía), locura y sabiduría (la una es la otra como la bella es la bestia), carencia y satisfacción, la sed y el agua... Nos descubre todos los secretos, y, una a una, nos brinda las mil claves del mundo.
Y también esa experiencia suprema, sobre todo hoy en día, consistente en ser-pobre a fuerza de pobreza, o a fuerza de riqueza.
Allí donde el pensamiento deja de pensar para convertirse en un arranque de alegría, ahí escribe Clarice Lispector. Ahí donde la alegría se hace tan aguda que duele, ahí nos hace daño esta mujer.
Y también en la calle: pasa un hombre apuesto, una anciana, una niña pelirroja, un perro asqueroso, un cochazo, un ciego.
Y, bajo la mirada de Clarice Lispector, cada acontecimiento despunta, lo común se barre y muestra su tesoro que es, precisamente, común. Y, de repente, ahí está como un vendaval, como un incendio, como un mordisco: la vida.

Mirada furibunda, voz que se esfuerza, escritura que se afana en hurgar, en desenterrar, en des-olvidar: ¿qué? Lo vivo, los inagotables misterios de nuestra "habitación" en la tierra. ¡Los hay, y muchos! Reinos y especies y seres. Hay que salvar todo cuanto existe, rescatarlo del olvido que se apodera de nuestra existencia cotidiana. Y henos aquí que gracias a la obra de Clarice Lispector todo resucita, los recuperamos tal cual; todo cuanto tiene derecho a ser nombrado, ya que es. Silla, estrella, rosa, tortuga, huevo, niño...ella se preocupa maternalmente y por toda clase de "hijos".
Como todas las más grandes obras, la de Clarice Lipsector es iniciación, humilde e incesante asombro y, a la vez, lección para el lector. Reeducación del alma. La obra nos reintegra a la escuela del mundo. La obra, en sí misma, es la escuela y la escolar. Pues quien escribe no sabe. Lo cual no impide que, a veces, creamos la luz, a tientas en la oscuridad y encontrando el cuerpo inesperado.
Escribir: rozar el misterio, delicadamente, con la punta de las palabras, procurando no aplastarlo a fin de des-mentir.
Tranquilos: también escribe cuentos. Una mujer joven y rica se encuentra con un mendigo. Y, en seis página, ahí está el Evangelio, o el Génesis. No, no exagero mucho.
Una mujer y una cucaracha: son las protagonistas del drama de Re-conocimiento titulado La Pasión según G:H. ¿Lo cuento? Ella, (una mujer designada con las inicales G.H., o la escritura) es decir, la pasión, parte de una habitación de servicio. De una pared blanca en la que aparece, dibujada, una silueta de mujer. Y avanza. A paso de página, con ritmo regular, sostenido, hasta la revelación final. Cada página posee la plenitud de un libro. Cada capítulo es una tierra. Por explorar, por superar: cada peldaño aleja al "yo" de su ego. A cada paso, un muro. Se abre. Un error. Develado. G.H. encuentra una cucaracha. Pero no habrá "Metamorfosis" monstruosa alguna. Al contrario, para G.H., el bicho es el representante real de una especie que ha perdurado en su ser - cucaracha desde la prehistoria-. El trozo de ser vivo, horrible, repugnante, admirable en su resistencia a la muerte. A ese cuerpo, el cuerpo del otro, al que se atreve, debe, no quiere, infringir la muerte. G.H. pregunta con violencia el secreto de lo vivo, la materia prehumana que no muere. ¿Qué es la vida la muerte sino una construcción mental, humana, una proyección del yo? La vida prehumana no conoce la muerte. La pasión según G.H. es esta travesía por el caparazón, por todos los caparazones, hasta la materia ilimitada, neutra, impersonal...
No, no he contado nada. Hay que seguirla, palabra por palabra, en su ascensión hacia abajo. Sí, con ella, descender también es ascender.
¡Acaso somos ahora sus hijos?
Ahora voy a descender hasta las estrellas terrestres que parpadean, débilmente, en el libro La Hora de la Estrella.

de La risa de la medusaEditorial Anthropos, 1975
Prólogo y traducción de Ana María Moix
extraído de PAULINA MOVSICHOFF


HÉLÈNE CIXOUS DIXIT (x2)

“Debemos politizar la poesía... ”
“[...] lo necesitamos. Debemos, si queremos existir vivas, lograr ser contemporáneas de una rosa y de los campos de concentración, pensar lo intenso de un instante de vida, de cuerpo, y la agonía de las hambrunas. La vida debe pensar la vida, y contra-pensar la muerte.” 

“Nous avons à politiser la poésie… »
« nous avons besoin. Nous devons, si nous voulons exister vivantes, parvenir à être contemporaines d’une rose et des camps de concentration, à penser l’intense d’un instant de vie, de corps et les affres des famines. La vie doit penser la vie, et contre-penser la mort »

Entrevista publicada en Le coeur critique, 1997
Traducción de Julieta Sbdar Kaplan

En la palabra femenina, al igual que en la escritura, 
nunca deja de asomar lo que sigue conservando el 
poder de afectarnos por habernos antaño impactado y 
conmovido imperceptible, profundamente: el canto, la 
primera música, aquella de la primera voz amorosa, que 
toda mujer mantiene viva. 

de La joven nacida (2001: 56)


Hélène Cixous 
(Orán, Argelia Francesa, 1937)
ESCRITORA/POETA/PROFESORA UNIVERSITARIA/ FILÓSOFA/
FEMINISTA/CRÍTICA LITERARIA/ESPECIALISTA EN RETÓRICA
en WIKIPEDIA

10 de octubre de 2011

Simone Weil, La gravedad y la gracia (III)

(*)


¿Por qué desde el momento en que un ser humano testimonia poca o mucha necesidad de otro, éste se aleja? Gravedad.


(...) Actitud de súplica: necesariamente debo dirigirme hacia algo que no sea yo misma, puesto que se trata de liberarme de mí misma.





Simone Weil 
(París, Francia, 1909 - Kent, Inglaterra, 1943)
La gravedad y la gracia, Madrid, Trotta, 1988
Traducción de Carlos Ortega
para leer + en EMMA GUNST

20 de septiembre de 2011

Marguerite Duras, Hiroshima mon amour (**)


Fotografía de Toshi

Te encuentro. Me acuerdo de ti. Esta ciudad está hecha a la medida del amor. Tú estabas hecho a la medida de mi propio cuerpo. ¿Quién eres? Me estás matando. Estaba hambrienta. Hambrienta de infidelidades, de adulterios, de mentiras y de morir. Desde siempre. Ya me imaginaba que un día tropezaría contigo. Y te esperaba con una impaciencia sin límites, sosegada. Devórame. Defórmame a imagen tuya para que nadie más, después de ti, comprenda ya en absoluto la razón de tanto deseo. Vamos a quedarnos solos, amor mío. La noche no tendrá fin. El día no amanecerá ya para nadie. Nunca. Nunca más. Por fin. Me estás matando. Eres mi vida. Lloraremos al día muerto con conocimiento y buena voluntad. No tendremos ya nada más que hacer, nada más que llorar al día muerto. Pasará tiempo. Solamente tiempo. Y vendrá un tiempo. Vendrá un tiempo en que ya no sabremos dar un nombre a lo que nos una. Su nombre se irá borrando poco a poco de nuestra memoria. 
Y luego, desaparecerá por completo.




Marguerite Duras 
(Vietnam 1914 - París, Francia, 1996)
de Hiroshima mon amour (Alain Resnais, 1959)
(**) fragmento
para leer MÁS

5 de abril de 2011

Marguerite Duras, Hospital silencio

(*)

HOSPITAL SILENCIO

Se trata de mujeres, y sólo de mujeres, de gran cantidad de mujeres que abortan en una carnicería ultra moderna y especializada, un hospital parisino. Estamos zambullidos en el olor de la sangre, el de la carne humana, fetal, y en el de la mujer que la hace, que hace los hijos. Es para huir de ello. Estamos zambullidos en los menstruos de la mujer, sus ciclos lunares de sangrado. Es para huir de ello y es maravilloso porque está escrito, y para siempre. Esta extirpación, esta extracción del niño se muestra también aquí en cadena, pero caso a caso.

Hospital silencio no es en absoluto una requisitoria a favor o en contra de la libertad de aborto. Es un libro de literatura. Un escrito. Un texto. Sólo la literatura podía estar a la altura de este drama. El periodismo, con raras excepciones, no. Porque se queda en la puerta y sólo muestra lo aparente: precisamente lo que la literatura desdeña. A la literatura le pertenece todo. Toma y recompone. O recompone el mundo o no existe. Si no recompone el mundo que se vaya a paseo. Creemos librarnos de un feto y somos ya portadoras de un niño. Y abortar es matar al niño. También ahí reina la mentira, la hipocresía de la desesperación de las mujeres. Las mujeres no dicen nada. El escrito restablece la verdad o, más exactamente, la propone: al igual que cada muerte es la muerte, cada niño es el niño. Nadie ha hablado de Hospital silencio

Tal vez los hombres no han podido leerlo, asqueados, y las mujeres no han escrito sobre ello para no disgustar a los hombres.
Pero, leído o no, ese libro seguirá vivo en la literatura. Un gran libro silenciado hasta ese punto, significa algo.




Marguerite Duras 
(Vietnam, 1914 - París, 1996)
Le Monde extérieur, Paris, P.O.L., 1993, p. 147
en El Mundo exteriorEditorial Plaza&Janés Editores, 1994
artículo sobre Hospital silencio, de Nicole Malinconi
Editorial de Minuit
para leer MÁS

24 de febrero de 2011

Simone Weil, La gravedad y la gracia (II)


Holland House Library, 1940



No podrías haber nacido 

en mejor época que ésta, 

en que todo se ha perdido.



Simone Weil 
(París, Francia, 1909 - Kent, Inglaterra, 1943)
La gravedad y la gracia, Madrid, Trotta, 1988
Traducción de Carlos Ortega
para leer + en EMMA GUNST
MÁS
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