"El apartamento estaba muy silencioso. Crucé la cocina de puntillas y apreté la cara contra el congelador, aspirando los olores complejos de aquellas vidas. Había algunas fotografías de niños en la puerta del frigorífico. Tenían amigos, y esos amigos habían dado origen a más amigos.
Nunca había visto nada tan íntimo como las fotografías de aquellos niños. Quería alargar la mano y coger la bolsa de plástico que había encima del frigorífico, pero a la vez quería mirar a cada uno de aquellos niños.
Uno se llamaba Trevor, e iba a celebrar su fiesta de cumpleaños ese sábado. ¡Por favor, venid!, rezaba la invitación. ¡Vamos a flipar como las ballenas! Y la invitación era la imagen de una ballena. Era una ballena auténtica, una fotografía de una ballena de verdad. Examiné sus diminutos y sabios ojos y me pregunté dónde se encontraría en aquel momento. ¿Estaría viva y nadando, o habría muerto hacía ya mucho tiempo, o se encontraría moribunda en ese preciso instante? Cuando muere una ballena, va cayendo al fondo del mar muy lentamente, y tarda un día entero en hacerlo.
Los demás peces la ven caer, como si fuera una estatua gigante o un edificio, pero lentamente, muy lentamente.
Centré mi atención en aquel ojo. Trataba de meterme en su interior, de llegar hasta la ballena de verdad, la ballena moribunda, y susurré: No es culpa tuya."
(fragmento)

