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3 de julio de 2026

Alfonsina Clariá, Tengo la impresión...


Obra de Aron Wiesenfeld

Tengo la impresión de haber vivido en otro mundo. De haber hablado otro lenguaje: el mismo en el que escribo. La forma en que miro las cosas: más allá y por detrás de la superficie, desdibujándolas a veces, habitándolas otras. Yo las fabrico al desnudarlas.

Estoy en el mundo percibiéndolo otro, haciéndolo otro. Una trama inventada. Adentrada. Una red tan fina, tan fantasmagórica, que voy quedándome cada vez más sola. Como una araña, presa de su propia tela.

No es como digo ni como veo; lo sé. No es, sencillamente, así. Es otra cosa. Hablo en un idioma que yo misma desconozco. En una lengua a la que ni los muertos responden. 

No necesito estar en otro lugar más allá de esta tela, traslúcida de tan fina; de esta hebra donde engarzo y sostengo voces que no sé de dónde vienen, cuya resonancia me hipnotiza.

Voy a desaparecer musitando sílabas inconexas. Porque de desaparecer se trata. He aprendido, al fin, a desaparecer. 

                                                                                          

Alfonsina Clariá 
(Córdoba, Argentina, 1972)
POETA/LICENCIADA EN LETRAS MODERNAS/ 
ESCRITORA/DOCENTE/INVESTIGADORA
de Papeles desordenados (libro inédito)
para leer MÁS

2 de abril de 2026

Miryam Hache, Perdona


Fotografía de Miles Aldridge
PERDONA

«No te enamores nunca, hija», me dijo mi mamá en la cocina, era 2002 o 2003, y aunque nadie lo predijo, ese día iba a darse la última reunión del club de las mujeres desesperadas, como llamábamos Flor y yo al grupete que venía a casa con mi mamá y mi tía Silvia y a veces hasta mi abuela, a hincharse de masitas y pastafrola, mate o café o vino según cuántas horas se extendiera la jornada de tirar papelitos, fotos y frustraciones en una olla. Entre carcajadas tristes, a pura lágrima rabiosa, a chusmerío infame, a puro tirarse dardos con los dientes afilados. Con el alma rota en la mano, pasaban las tardes y los años y ellas no conseguían nada. Los amarres no ataron a Ricardo, el exesposo de María, ni trajeron de vuelta a mi papá, ni al imbécil —como lo llamaban en ese entonces— del exesposo de mi tía, el papá de Flor. Lo único que esas mujeres lograron con el club fue pasar las horas, por un rato regodearse en el odio que las juntaba, sentirse menos solas, purificar la idea sacra de que los hombres eran los culpables de todos sus males, porque no sabían decir patriarcado ni supieron nunca de las relaciones asimétricas de poder fundantes de casi todas las cosas que las rodeaban, pero sí supieron hacer de la soledad su patria, del sufrimiento un rosario, del runrún de sus tardes juntas un rumor que, para Flor y para mí, fue una losa inmerecida. Pero a veces esas señoras eran graciosas, a veces cantaban boleros de Luis Miguel o entonaban letras de Raphael a gritos, a veces solo cocinaban y no destruían cartas ni quemaban viejos recibos de luz y gas, ni se insultaban ni rompían jarrones contra el suelo, ni mentaban hechizos de magia negra. A veces solo se sentaban a jugar al scrabble y a criticar a otras mujeres, a reírse un rato. A Florencia le parecía que nuestras mamás hablaban mucho, demasiado, decía, «Sobre todo la tuya, pasa de estar tirada como una muerta durante semanas a convertirse en payasa de feria, no se calla, eh, no sé cómo haces para vivir con ella». Y es verdad, mi mamá siempre estaba muy cansada o muy animada, muy acostada o muy de pie, pero algunos días, como ese en el que se juntaron todas, las seis o siete que eran, por última vez, parecía tranquila, estable diría yo ahora. Hacía meses que había empezado a hacer una terapia holística donde hablaban del apego, de viejos mandatos, de purgar los rencores a través de acciones desinteresadas y bondadosas, yo sabía que lo intentaba, que intentaba no faltar a las sesiones aunque a veces no pudiera ni levantarse de la cama, que intentaba no contarme lo malo, todo lo que yo nunca supe, lo que todavía no sé, sabía que estaba intentando cocinar para mí y para sus amigas una receta nueva de pollo relleno con pasas y verduras, que había comprado velas aromáticas, y había limpiado toda la casa con mucho esfuerzo —aunque quedaban bolas de mugre detrás de los muebles o entre las cosas—, que se había teñido las canas nuevas que empezaban a ocuparle la melena, que intentaba sonreír cuando no quería sonreír, sacarse ese odio ancestral a los hombres que no sabía de dónde venía y la anegaba por dentro y, sabiendo todo eso, la vi luchando contra sí misma cuando me dijo: «No te enamores nunca, hija, sé libre, pero no andes como una tonta enamorándote de los hombres, por favor», y sacó del horno el pollo quemado y desbordado de una masa informe, el vapor nos borroneó la cara, inundó la cocina, las señoras empezaron a entrar, yo por un momento me quedé atajando las palabras de mi madre, no sabía qué hacer con ellas, y vi toda la grasa que ella no había limpiado bien, todavía incrustada a los azulejos de la pared, de la mesada, vi las varices en las piernas de todas, la desolación ante el pollo quemado, y me pareció buena idea, esa noche, escribir en mi diario bordado de flores que «amar es resistir», y decidí algo que me perjudicaría o al menos pensaba que elegía, elegí algo que me arrastraría y me pasé el resto de la adolescencia y de la vida enamorándome hasta de los perros. 


La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026


Miryam Hache
(Buenos Aires, Argentina, en los 80')
Reside en Barcelona, España
ESCRITORA/GESTORA CULTURAL
de La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026
su página en facebook IMAGINACIONES FÍLMICAS
para leer + en ESCRITURAS INDIE
ALASTOR
y en EMMA GUNST
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28 de septiembre de 2025

Samanta Schweblin, Mariposas


Obra de Ofra Amit
MARIPOSAS

Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos… Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla pero Gorriti solo mira las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quedate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes.
No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones…? Ah, no; con la mía no se puede, es demasiado inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Pero por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, pero él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se le escape. Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Entonces la sostiene con una mano, desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude y una de las alas se abre al medio como un papel.
Calderón lo lamenta, intenta inmovilizarla para ver bien los daños, pero termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero ya no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, pero ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y entonces, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, las puertas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan.
Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas sólo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a apartar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas, los colores de la suya. 





Samanta Schweblin
(Buenos Aires, Argentina, 1978)
Reside en Berlín
de Pájaros en la boca, EMECÉ, 2009
Pájaros en la boca y otros cuentos, reeditado por Editorial Random House, 2018
para leer + en CECI MAUGERI
en X


21 de enero de 2025

Cecilia Solá, 3 poemas 3


AMIGAS

Que la diosa, el universo, las deidades o las energías, guarden a las amigas.
A todas las amigas, y a una en particular, vos sabés el nombre.
La que te acribilla a whatsapps hasta que logra explicarte todo, o que le expliques algo.
La que pregunta qué te pasa, hasta que te hace preguntarte que te pasa.
La que te dice "bolu, la estás cagando"
Y la que te dice "bolu, te están cagando"
O "bolú, la estoy cagando"
La que automáticamente te defiende primero y te pide explicaciones después, cuando están a solas.
La que ni a palos te va a dejar salir con eso, que te queda horrible, pero jamás te va a decir que te queda horrible, entonces te va a proponer que te midas veinticinco cosas más.
La que convirtió tu ridículo en una anécdota heroica.
La que te sopló los raspones.
Y te mostró sus cicatrices.
Y levantó tu bandera.
Y te compartió su utopía, para ver si querías habitarla.
La amiga con la que se mostraron los infiernos, se aguantaron los pecados, y se saltearon la penitencia, porque ya no creían en la culpa.
Y lloraron, lloraron, lloraron, y sin saber como terminaron a las carcajadas, armando un ejército, planeando la intifada.
Esa, que va a salir a buscarte, y se va a asegurar de que sea una foto en la que estés hermosa.


No me acuerdo.
Me puse a pensar, y no me acuerdo, y ese no acordarme se me asienta entre pecho y garganta, como un sollozo.
No logro recordar cuando nos besamos por última vez.
Besarnos de besarnos, nomás, sin sabor a despedida, a ruego, a desesperación.
Besarnos de puro gusto, con ese gesto de sujetarme un solo lado de la cara, y mi costumbre de mirarte besarme, en vez de cerrar los ojos.
De otros besos, sí me acuerdo: los besos en los aeropuertos y las terminales, preludios de una despedida que desconocíamos.
Los besos- mordisco de los encuentros y los re encuentros, a medio camino entre la sonrisa y el suspiro.
De los besos de lluvia, me acuerdo.
Y de los de sol, también.
Pero del último beso, no.
Y esa memoria faltante insiste en hacerse presente en las líneas incoherentes de un poema inconcluso que me empeño en escribir, cuando no puedo dormir.


Fotografía de Adriana Lestido

Hay gente que viene cascoteada. Parece que no, pero si te arrimás un poco, si la mirás de cerca, se le ven las grietas en la porcelana, se les escucha el miedo detrás de la baladronada, hay un ruidito raro en el motor del “joya, nunca taxi”.
Te pido un favor: tené cuidado.
No hagas experimentos con esa gente, si te gana el aburrimiento, o las buenas intenciones que duran lo que te dura el aburrimiento.
Si les decís que vas a estar, está.
Si te cuentan que les duele, no les digas que se victimizan. Ya fueron víctimas y aprendieron a callarse para que nadie se atreviera a creer que eran débiles.
Cuando esa gente te abre la puerta, te deja entrar a todas las habitaciones. Encontrarás algunas más desordenadas que otras, algunas más limpias que otras, algunas más luminosas que otras, pero tené por seguro que en cualquiera de ellas hallarás siempre refugio. Esa gente ha sido tan desamada que valora el amor que le ofrecen como el agua fresca en los eneros y la cobijita bajo los techos helados de zinc.
No se trata de que vos tengas que andar sembrándoles florcitas. Con que no les pises los brotes, ya es un montón.



Cecilia Solá
(Entre Ríos, Argentina, 1969-2025)
Reside en Resistencia, Chaco
ESCRITORA/DOCENTE/ACTIVISTA DD.HH
Leídos en EN AMOR ARTE
para leer una entrevista en AUNQUE VISTAS DE SEDA



20 de diciembre de 2024

Tununa Mercado, 2 fragmentos 2 (de En estado de memoria) +2


Obra de Diana Dowek

...Una se pasa toda la vida tratando de apoyarse en columnas, de adherir la pobre masa psíquica a estructuras exteriores con el objeto de dotarla de una forma; se arrima a los demás, ya sean personas, animales o cosas hasta fundirse con ellos, se hace de costumbres buscando en la repetición la manera de evitar la infelicidad. Los recursos no tienen fin y son renovablesde manera cotidiana; obran a veces como conjuros, mandas ingenuas que hora a hora se van depositando en pequeños altares domésticos y por las que se espera recompensa. Si hay luna llena, por ejemplo, se cierran las ventanas para impedir la exacerbación de la locura que producen sus rayos; si el viento ulula, se cierra también la ventana para que no entren sus maleficios...


Obra de Diana Dowek

... Pero la mudez era absoluta, todo lo que se arrojara rebotaría, deslizándose sin poder sumar siquiera su huella a las marcas vitalicias, y entonces el desciframiento cada vez más habría de parecerse a una de las empresas de la locura: la que se erige para insistir sobre la realidad reclamando realidad...

de En estado de memoria, colección Vindictas, UNAM, 2019


TUNUNA DIXIT

Hay quienes han discernido los rasgos de femineidad en mi escritura. No podría precisar lo que se me atribuyo, pero sí puedo decir que escribo con un inconsciente anclado en la niña que era, con sus rincones luminosos y sombríos, sus animales perdidos, la violencia de la familia, el entramado de las luchas políticas, el humor. Escribo esa niña. Más femenina, imposible”.


Estábamos en México, exiliados, en plena dictadura militar. Y, de pronto, se me presentaba la oportunidad de llegar, a través de esos libros [Con Trotsky. De Prinkipo a Coyoacán. Siete años de exilio, de Jean van Heijenoort, y las Cartas a Natalia Sedova, su mujer, de León Trotsky], al centro mismo de una tragedia que resume tiempos de guerra y revolución y que era, en definitiva, nuestra propia tragedia. La traducción, entonces, no fue solo una manera de ganarme la vida, sino una herramienta de aprendizaje que modeló aquellos años de formación, dándoles un sentido. […] Toda escritura, me arriesgo a decirlo, es una transgresión de un orden, de una normalidad, de un statu quo. […] Traducir es escribir, es transgredir”.



Nilda "Tununa" Mercado
(Córdoba, Argentina, 1939)
Reside en Buenos Aires
ESCRITORA/PERIODISTA/FEMINISTA/EDITORA
para leer una nota en PÁGINA 12

5 de junio de 2024

Josefina Ludmer, (sobre la escritura femenina)


Fotografía de Sussana Majuri

"A propósito de la escritura femenina me gustaría tratar de dar vuelta mi propia reflexión: tratar de ser otra para verme como otra. Porque creo, y sigo creyendo ahora mismo, que no existe la mujer como categoría universal y esencial."

de El espejo universal y la perversión de la fórmula (sobre Alfonsina Storni), en Carmen Berenguer, Eugenia Brito et al. Escribir en los bordes. Congreso Internacional de literatura femenina latinoamericana, 1987. Santiago (Chile), Editorial Cuarto propio, 1990 : 275-287.



Josefina Ludmer Nemirovsky
(San Francisco, Córdoba, 1939 – 
Bs. As., Argentina, 2016)
ESCRITORA/PROFESORA/ENSAYISTA/CRÍTICA LITERARIA/
GRADUADA EN LETRAS
para leer una entrevista en EXCÉNTRICA
para leer + en LA VACA
su BLOG



22 de diciembre de 2023

Lola Copacabana, En las noches eternas de angustia...


Arte de Shaylin Wallace

En las noches eternas de angustia y llanto algo se quiebra, algo se muere para siempre. Una en la desesperación se asusta y piensa no, si soy yo la que me estoy muriendo. Y está muy bien, en realidad, esa muerte. Especialmente para poder recordarla, porque a la mañana siguiente con la cara hinchada y los ojos achinados una vuelve a despertar y es igual que renacer. Se da a luz a una nueva versión de una misma, a una decididamente menos vulnerable, y en este sentido, a una mucho más perfecta.

Irse entumeciendo. La próxima vez van a tener que venir con una aguja mucho más gruesa y clavar mucho más profundo para lograr el mismo efecto.

Ponele, a mí me vienen entrenando así de muy chiquita, y cuesta horrores porque adentro hay agua y agua y agua, pero es cierto que da a poco va doliendo menos. Te vas curtiendo.”

de Buena Leche, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2006


Buena Leche, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2006




Lola Copacabana - Inés Gallo de Urioste - 
(Buenos Aires, Argentina, 1980)
ESCRITORA/TRADUCTORA/EDITORA EN MOMOFUKU/
LICENCIADA EN PSICOLOGÍA/PSICOANALISTA
para leer una entrevista en WAY BACK MACHINE


17 de abril de 2023

Leila Sucari, Ninguna palabra tuya (+3)


Fotografía de Laura Stevens

NINGUNA PALABRA TUYA

Si viviéramos en otro tiempo, ahora te escribiría una carta. Agarraría una hoja en blanco, una birome de tinta azul y me sentaría, en esta misma mesa, a escribirte con el corazón en el puño. Si viviéramos en otro tiempo, un tiempo en blanco y negro, de barcos enormes atravesando mares y de carteros que andan en bicicleta, te escribiría una carta y la firmaría con sangre y le dibujaría flores, pájaros y enredaderas en los márgenes. 

Si viviéramos en otro tiempo, te escribiría para contarte lo extraño del tiempo sin vos. Te diría que estoy sentada en la cocina, mirando las plantas mientras mi hijo se queja del hambre. Te contaría que la luz del día se volvió opaca de pronto y que eligió esconderse detrás de los árboles haciendo de la tarde un lugar más triste. Te diría que sopla un viento suave que mueve al delfín de un lado para el otro, que lo obliga a chocarse contra los bordes de la pileta y que yo lo miro, hipnotizada, con un poco de pena y otro poco de envidia por ese flotar suspendido sobre el agua estancada. 

Te preguntaría si te acordás del día en el que nos sumergimos en esa misma agua en la que ahora flotan hojas secas y pedacitos de insectos. Te hablaría del viento, de cómo se mezcla con el ruido metálico de los colectivos y de las sirenas, de cómo se quiebra con los gritos de los loros que cruzan mi rectángulo de cielo, justo antes de que se haga de noche. Te hablaría, también, del sonido que hace contra las hojas de los plátanos y de las ganas que tengo de cerrar los ojos, imaginar que el sonido es el de un mar, y dormirme con vos, así, navegando entre mis piernas. Después te diría, con una mezcla de orgullo y timidez, que ayer fui a la cama con tu remera, y que a la mañana la vi decaída y seca a la menta que me regalaste y que para alegrarla –o al menos darle un poco de alivio– la regué tanto que se armó una tormenta negra sobre los platos recién lavados.

Te contaría que en la casa de enfrente otra vez pusieron lucecitas de Navidad. Que la glicina está a punto de florecer y que me intriga saber de qué color serán los pétalos cuando se abran. Te diría que hoy anduve en bicicleta, que después llegué a casa, me tiré en el sillón, que recorrí con mi mente cada milímetro de tu cuerpo, y que mi gato me preguntó por vos. 

Te diría que el silencio es un espacio que se hace, y que tu miedo también es el mío. Que extraño tirarnos sobre el piso de madera a respirarnos. Que te pienso y que pensarte es otra forma del amor. 

Si viviéramos en otro tiempo, me tomaría todo el tiempo que no tengo para escribir esta carta, para contarte de mis planes al otro lado del río, de la playa de los acantilados a la que quiero que vayamos, de los besos que se multiplican en mi boca como medusas en época de apareamiento, y de cómo hoy logré arreglar la puerta rota de la alacena. 

Te diría que el puente que ahora nos separa no es tan grande como la distancia –ese hueco inquieto– que se forma entre mi piel y mis órganos cuando no sé nada de vos. Si viviéramos en otro tiempo no tendría miedo de llenarte de palabras y adjetivos, de contarte con detalles, que a nadie le interesan, cómo las raíces de la suculenta que encontramos ahora se esparcen por el agua del frasco y parece que se abrazaran o que formaran venas y arterias imposibles. Te contaría, como si fuese un milagro, que alrededor de las raíces viven un montón de peces miniatura que son puras cabecitas que giran, cuerpos que bailan, inútiles, y que hasta parecen felices. 

Si viviéramos en otro tiempo, te diría que te espero, que tenemos todo el tiempo del mundo y que no necesito ninguna palabra tuya.  Te diría que no te quedes en el desierto, que acá están las aguas para que las nademos, para que flotemos y buceemos en ellas. Te diría –aunque sea mentira– que con mi mano puedo hacer que crezca un yuyo en el centro de tu pecho, un tallito verde que abra lo rígido, por donde pase el aire fresco,  que te haga respirar, que arranque lo oscuro y vuelva todo más suave y etéreo.

Pero vivimos acá, entonces no te digo nada.  O casi. Agarro el celular, miro tu estado de WhatsApp, me detengo en tu foto durante un rato, la foto que te saqué hace como tres siglos, y te escribo dos palabras que suenan como huesos rotos contra el teclado: “cómo va”. Dos palabras, sin mayúsculas ni puntos. Dos palabras blancas, secas, frías, para no invadirte, con un acento a punto de salir volando, desesperado. Te escribo y espero a que me respondas. Y espero con el corazón, no en el puño, no en mi pecho, no en tu mano, sino en ese punto inexacto del aire en el que están los mensajes cuando todavía no llegaron a destino. Una tilde azul. Silencio. “cómo va” y no digo nada de todo lo que quisiera decir. Y no hay cielos ni peces ni voces más allá de lo que vos quieras imaginar. De la forma insólita, del posible malentendido, que elijas darle a este mensaje absurdo que acabo de eliminar.

de Te hablaría del vientoEditorial Excursiones, 2021


*

B O N U S  T R A C K 
 Nos besamos y el aire huele a comida recién hecha 
y a flores inflamadas, mientras allá lejos, 
el mundo sigue ocurriendo 
y el viento agita los árboles”



Te hablaría del vientoEditorial Excursiones, 2021


*


Fotografía de Laura Den Hertog

PERFUME DE JAZMÍN EN FLOR

No estaba la higuera ni el estanque ni los álamos,
no había casa ni árboles.
El campo, como le decíamos, era un terreno pelado 
cubierto de pasto seco,
lleno de espinas y de cardos que florecían mirando el cielo.
Durante mucho tiempo fuimos con mi papá,
su amigo Fernando con Violeta la hija, mi hermano y yo.
Dormíamos en carpas,
debajo del quincho para que el sol no nos derritiera.
Los días eran eternos
sacábamos garrapatas a los perros,
construíamos chozas con ramas,
nos aburríamos mientras tomábamos agua helada del pozo,
nos llenábamos con alfajores de chocolate,
juntábamos renacuajos en las zanjas y
recién eran las dos de la tarde.
Después ayudábamos a preparar el fuego,
comíamos carne con las manos,
chupábamos los huesos hasta no dejar nada.
En el campo no había leyes ni horarios,
nos parecíamos a los yuyos que crecen por todos lados
éramos libres y salvajes.
Los domingos a la noche 
nos volvíamos a casa cubiertos de polvo
la uñas negras el olor a humo impregnado en la ropa.
Mi madre nos bañaba con esponja
me desenredaba el pelo
y nos acostaba en camas bien tendidas 
que olían a colonia para bebé.
Era como aterrizar en un campo de algodón 
después de una misión por los turbios ríos del Amazonas
y al día siguiente dormíamos hasta cualquier hora.
Era difícil readaptarse a la rutina
la ciudad con sus ruidos
los peligros de cruzar la calle
la disciplina de la escuela
aceleraba el ritmo de las horas 
y devoraba los días.
Eran dos mundos tan distintos
que a veces me parecía que el campo era un invento.

Para fin de año
llegábamos en combi
nos quedábamos unas semanas
el calor era imposible
no había nada que hacer así que
huíamos.
Violeta y yo sabíamos que lo mejor estaba afuera
había que atravesar los pinches
andar por las calles de tierra
saltar tranqueras
esquivar alambrados
lo mejor eran las piletas de los otros
todos los veranos
o fue uno solo
Nos dábamos una gira por los tanques australianos
y las modernas piscinas de azulejos que había en la zona
nunca ví a nadie ¿Dónde estaban los dueños?
¿Porqué desaprovechaban esos oasis color turquesa?
¿Cómo era posible?

Lanzarse bomba era una experiencia religiosa.
No solo nos deshacíamos del calor agobiante de enero
sino que también deshacíamos los límites de la propiedad privada.
Para los niños como para los animales 
no existen papeles que valgan más que el deseo o la necesidad.
El agua fresca era más importante que la escritura de un terreno
y sus propietarios.
Nunca más volví a disfrutar tanto nadar en una pileta.
Todavía puedo sentir el vértigo del día
en el que apareció un auto rojo en el jardín
y un hombre gordo se bajó a los gritos
invocando a nuestros padres irresponsables
y al peso de la ley sobre nuestra conducta.
Salimos disparadas corrimos muertas de risa
hasta llegar a casa.
También hubo otra tarde
buceábamos en lo profundo de una piscina rodeada de flores
cuando de repente apareció una mujer.
No dijo nada.
Nos miramos las tres como ejemplares de distintas especies
tratando de entender.
¡Pueden venir cuando quieran!, dijo y se fue.
La humanidad no estaba perdida.
Pasaron casi veinticinco años de eso, ya no están las liebres,
los lagartos ni los perros abandonados.
Avanzó la autopista, creció el pueblo y dejó de verse el horizonte.
No hay caballos ni teros en el fondo del terreno.
El campo como le decimos se transformó en un pequeño bosque.
Los pinos cubren la hamaca, los álamos se reproducen sin límite,
hay moras, tomates y la higuera promete dulces para todo el año.
Casi no quedan luciérnagas, donde había un arenero ahora hay peces.

No supe nada más de Violeta. 
Los cardos se domesticaron el pasto es suave
igual que la planta de mis pies.
Dejé de correr.
Me volví cautelosa y sedentaria.
Hago collage de árboles y flores carnívoras
en la comodidad de mi sillón.
Me asusto si se me marcan las venas de los tobillos.
Acaricio con desconfianza los perros de la calle.
La promesa de la adultez es una trampa
en la que todos caemos. 
Las piletas me aburren. 
Un chapuzón para refrescarme y afuera.
Hace tiempo que abandoné mi condición de anfibia
y sin embargo todavía late en un rincón esa pulsión
de saltar tranqueras, esquivar púas, 
romper el límite de lo ajeno, ir más allá de lo conocido.
Algo queda aunque a veces no lo encuentre.
Escribo esto bajo la sombra del aromo
mientras mi hijo se trepa a un árbol
con un barco de naranja en la boca.
Lo miro desbordante de energía y de hambre
y me recuerda a la que fui.
Esa que ya no soy.
Dejo la computadora sobre la mesa de la cocina
porque ahora hay casa y salgo a caminar.
Las nubes forman espejismos en el cielo.
Mi padre trasplanta un romero
el jazmín está en flor
cierro los ojos
y escucho el sonido de los árboles
el viento que los golpea.
Y allá lejos
los pájaros anuncian la tormenta.

Transcripto de la lectura de Alejandro Apo en RADIO CUT


LEILA DIXIT

"Lo que más me gusta de escribir es no saber a donde voy, que sea un viaje de búsqueda, de sorprenderme. La palabra elige lo que quiere ser y un poco mi trabajo es escuchar lo que está pasando ahí, más que de guiar, después sí hay que tomar decisiones pero hay que detenerse a escuchar lo que está pasando. Hacerse un tiempo interno, esto de la escucha, de poder detener algo y escuchar, quizá se logre en un rato pero es un tiempo distinto al del reloj porque es el tiempo de poder conectar con cierta voz".

"Construir un espacio donde las palabras circulen y hagan vibrar la lengua. La escritura es un acto de soledad, pero la creación es colectiva. Es con los otros; sean personas, animales, plantas, estrellas, vivos o muertos. Se trata de abrir ventanas, que el mundo pase y te atraviese. Dejar de ser uno."

en la nota El tiempo y la maternidad (13-01-2022)


Leila Sucari 
(Buenos Aires, Argentina, 1987)
ESCRITORA/POETA/DOCENTE/TALLERISTA/
EDITORA FREELANCE
para leer una entrevista en ETERNA CADENCIA
para leer + en REVISTA ANFIBIA



26 de julio de 2021

Marta Lynch, No te duermas, no me dejes...




NO TE DUERMAS, NO ME DEJES…

No te duermas, no me dejes. Que la pequeña muerte no venga a sobornarnos.
Que no quede pendiente de mi angustiosa desazón, sola, frente al oscuro roble y a los hilos telefónicos que se mueven bajo el impulso del viento de un verano.
Este es un verano más. No me des la oportunidad de pensar que será el último.
Ha sido hermoso vivir la vida juntos y me desgarro pensando en que llegará un tiempo en el que alguno de los dos se irá.
La vida debería durar trescientos años, y aún así, pasados los trescientos, te estaría reclamando por una eternidad en la que vos y yo fuéramos los mismos.
Llámalo amor.
Llamémosle matrimonio.
Llamemos en auxilio de ambos esa fortaleza mental que libra de la nostalgia y de la melancolía.
Quererse de esta manera es un hecho antinatural.
Es contra natura oponerse lo persistente, lo que dura, lo que permanece, a la fatal finitud.
Uno de los dos o los dos estamos errados, amor mío. Uno de los dos debe desprender sus dedos de los dedos del otro.
Pero no hoy.
Todavía no.
Demos otra vuelta de tuerca a la historia que nos ocupó la vida.
No me dejes caer de esta mutua compañía que nos hace bien y nos gratifica.
Ahuyentá el sueño que viene hacia vos como un viento bendito.
No te duermas, no me dejes.
Recuperemos la luminosidad celeste, ahora que algunos creen vernos viejos y que estemos tan jóvenes como para continuar con la aventura de modo que hasta el sueño en que caemos juntos nos reúna.
Espero – oíme – que de este modo amable nos sorprenda el otro largo sueño.

f r a g m e n t o


No te duermas, no me dejes (Cuentos),
Editorial Sudamericana, Bs. As., 1985



Marta Lynch -Marta Lía Frigerio-
(Buenos Aires, Argentina, 1925 - 1985)
ESCRITORA/LICENCIADA EN LITERATURA
de No te duermas, no me dejes (Cuentos),
Editorial Sudamericana, Bs. As., 1985
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