PERFUME DE JAZMÍN EN FLOR
No estaba la higuera ni el estanque ni los álamos,
no había casa ni árboles.
El campo, como le decíamos, era un terreno pelado
cubierto de pasto seco,
lleno de espinas y de cardos que florecían mirando el cielo.
Durante mucho tiempo fuimos con mi papá,
su amigo Fernando con Violeta la hija, mi hermano y yo.
Dormíamos en carpas,
debajo del quincho para que el sol no nos derritiera.
Los días eran eternos
sacábamos garrapatas a los perros,
construíamos chozas con ramas,
nos aburríamos mientras tomábamos agua helada del pozo,
nos llenábamos con alfajores de chocolate,
juntábamos renacuajos en las zanjas y
recién eran las dos de la tarde.
Después ayudábamos a preparar el fuego,
comíamos carne con las manos,
chupábamos los huesos hasta no dejar nada.
En el campo no había leyes ni horarios,
nos parecíamos a los yuyos que crecen por todos lados
éramos libres y salvajes.
Los domingos a la noche
nos volvíamos a casa cubiertos de polvo
la uñas negras el olor a humo impregnado en la ropa.
Mi madre nos bañaba con esponja
me desenredaba el pelo
y nos acostaba en camas bien tendidas
que olían a colonia para bebé.
Era como aterrizar en un campo de algodón
después de una misión por los turbios ríos del Amazonas
y al día siguiente dormíamos hasta cualquier hora.
Era difícil readaptarse a la rutina
la ciudad con sus ruidos
los peligros de cruzar la calle
la disciplina de la escuela
aceleraba el ritmo de las horas
y devoraba los días.
Eran dos mundos tan distintos
que a veces me parecía que el campo era un invento.
Para fin de año
llegábamos en combi
nos quedábamos unas semanas
el calor era imposible
no había nada que hacer así que
huíamos.
Violeta y yo sabíamos que lo mejor estaba afuera
había que atravesar los pinches
andar por las calles de tierra
saltar tranqueras
esquivar alambrados
lo mejor eran las piletas de los otros
todos los veranos
o fue uno solo
Nos dábamos una gira por los tanques australianos
y las modernas piscinas de azulejos que había en la zona
nunca ví a nadie ¿Dónde estaban los dueños?
¿Porqué desaprovechaban esos oasis color turquesa?
¿Cómo era posible?
Lanzarse bomba era una experiencia religiosa.
No solo nos deshacíamos del calor agobiante de enero
sino que también deshacíamos los límites de la propiedad privada.
Para los niños como para los animales
no existen papeles que valgan más que el deseo o la necesidad.
El agua fresca era más importante que la escritura de un terreno
y sus propietarios.
Nunca más volví a disfrutar tanto nadar en una pileta.
Todavía puedo sentir el vértigo del día
en el que apareció un auto rojo en el jardín
y un hombre gordo se bajó a los gritos
invocando a nuestros padres irresponsables
y al peso de la ley sobre nuestra conducta.
Salimos disparadas corrimos muertas de risa
hasta llegar a casa.
También hubo otra tarde
buceábamos en lo profundo de una piscina rodeada de flores
cuando de repente apareció una mujer.
No dijo nada.
Nos miramos las tres como ejemplares de distintas especies
tratando de entender.
¡Pueden venir cuando quieran!, dijo y se fue.
La humanidad no estaba perdida.
Pasaron casi veinticinco años de eso, ya no están las liebres,
los lagartos ni los perros abandonados.
Avanzó la autopista, creció el pueblo y dejó de verse el horizonte.
No hay caballos ni teros en el fondo del terreno.
El campo como le decimos se transformó en un pequeño bosque.
Los pinos cubren la hamaca, los álamos se reproducen sin límite,
hay moras, tomates y la higuera promete dulces para todo el año.
Casi no quedan luciérnagas, donde había un arenero ahora hay peces.
No supe nada más de Violeta.
Los cardos se domesticaron el pasto es suave
igual que la planta de mis pies.
Dejé de correr.
Me volví cautelosa y sedentaria.
Hago collage de árboles y flores carnívoras
en la comodidad de mi sillón.
Me asusto si se me marcan las venas de los tobillos.
Acaricio con desconfianza los perros de la calle.
La promesa de la adultez es una trampa
en la que todos caemos.
Las piletas me aburren.
Un chapuzón para refrescarme y afuera.
Hace tiempo que abandoné mi condición de anfibia
y sin embargo todavía late en un rincón esa pulsión
de saltar tranqueras, esquivar púas,
romper el límite de lo ajeno, ir más allá de lo conocido.
Algo queda aunque a veces no lo encuentre.
Escribo esto bajo la sombra del aromo
mientras mi hijo se trepa a un árbol
con un barco de naranja en la boca.
Lo miro desbordante de energía y de hambre
y me recuerda a la que fui.
Esa que ya no soy.
Dejo la computadora sobre la mesa de la cocina
porque ahora hay casa y salgo a caminar.
Las nubes forman espejismos en el cielo.
Mi padre trasplanta un romero
el jazmín está en flor
cierro los ojos
y escucho el sonido de los árboles
el viento que los golpea.
Y allá lejos
los pájaros anuncian la tormenta.
Transcripto de la lectura de Alejandro Apo en RADIO CUT