Mostrando entradas con la etiqueta amy benoit. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amy benoit. Mostrar todas las entradas

24 de octubre de 2010

Amy Benoit, Meditaciones sobre una cornisa

Fotografía de Grudzien
Cuando volvía a casa el otro día,
cargada con las bolsas de las compras
en la canasta de mi bicicleta,
di la vuelta a una esquina y me detuve:
un camión de bomberos taponaba
la calle; una figura diminuta,
en la ventana de un noveno piso,
agitaba frenética los brazos
encaramada sobre la cornisa;
y un grupo heterogéneo de curiosos
se había congregado en la vereda:
dos jubilados señalando el cielo,
él apoyado en su andador, su esposa
haciéndose visera con la mano;
un par de adolescentes con sus piercings
y sus mochilas del colegio, enviándose
mensajitos de texto el uno al otro;
dos policías gordos que tomaban
café en vasos de plástico, apoyados
sobre el capot de un patrullero, mientras
un tercero le hablaba por megáfono
al potencial suicida; un camarógrafo
de incipiente calvicie, con la cámara
junto a él en el suelo, ociosamente
mascando chicle; y una periodista
con su espejo de mano, retocándose
el maquillaje mientras esperaba
para salir al aire.

Yo seguí
mi camino. Ya en casa, horas más tarde,
prendí el televisor de la cocina
para mirar el noticiero mientras
preparaba la cena. Oí que hablaban
del hombre que había visto en la cornisa:
trabajaba limpiando las ventanas
de algunas oficinas de la zona.
Lo habían disuadido los bomberos.
Cuando lo entrevistaron, declaró:
“Yo me pasé la vida en la cornisa.
No sabía qué más podía hacer”.

En la cocina, tras la cena, sola,
mientras fregaba la olla que había puesto
en remojo, me puse a pensar qué hace
que una vida reclame la atención
de las demás. Y fui a acostarme al cuarto.
Mi marido dormía con la tele
en un canal de compras. En su mesa
de luz, el velador aún estaba
prendido. Nuestra foto había quedado
mal apoyada sobre un libro, al borde.


Amy Benoit  
(Canadá)
Traducción Ezequiel Zaidenwerg
extraído de ACÁ

11 de octubre de 2010

Amy Benoit, Hora pico

Fotografía de Bruce Gilden
HORA PICO

para subirme al subte 
esta mañana, tuve que atravesar 
a los codazos una pared de gente 
una vez dentro del vagón, asfixiada 
y comprimida, vi que, ocupando 
una butaca entera del fondo, 
había un perro de la calle que dormía olvidado 
de sí mismo y todo lo demás, plácidamente
inflando y desinflando los pulmones.
nosotros somos, me parece a mí, un poco 
como él: nos abandonan
al mundo, deambulamos 
sin propósito, y en ese 
olvido de nosotros mismos, sin razón 
aparente nos cobijan, nos dan 
amor, nos dejan que durmamos, y todos 
los demás son de otra especie



Amy Benoit 
(Estados Unidos)
Traducción Ezequiel Zaidenwerg
para leer + en EMMA GUNST

31 de julio de 2010

Amy Benoit, Hasta que la muerte los separe

Obra "Maldecida", de Mariana Palova
HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE

Después de convertirte de un momento
a otro en un extraño, te paraste
súbitamente de la silla y fuiste
al dormitorio, con apuro, a hacer
en nervioso silencio la valija
que te iba a acompañar cuando te fueras
a dormir por un tiempo en el sofá
o en el cuarto de huéspedes de alguien.
Mientras te oía desde el comedor
revolver el placard y los cajones
con tu silla vacía frente a mí,
me acordaba de nuestro casamiento:
demasiada atención reconcentrada
en un único punto; ambos borrachos,
sobrellevando el afectuoso asedio
de parientes, amigos e invitados,
cumpliendo uno por uno los rituales
que nos permitirían, tras la fiesta,
ir a dormir y ser al día siguiente
ligeramente iguales que antes. Pero
me acordé sobre todo de los votos
que formulamos ante el sacerdote,
y pensé en sus palabras, tantas veces
repetidas: “en la prosperidad
como en la adversidad, en la salud
como en la enfermedad”; y me acordé,
la vez que te operaron del apéndice,
que cuando te llevaban al quirófano
levantaste el pulgar y me sonreíste
confiado: esa confianza es nuestro amor
y acabás de quebrarla. “A quienes Dios
ha unido”, repetía el sacerdote,
“no los separe el hombre”, aunque también
dijo “hasta que la muerte los separe”,
y ahora no dudo que las almas son
al fin solteras en la eternidad.



Amy Benoit 
(Canadá)
Traducción Ezequiel Zaidenwerg
para leer + en EMMA GUNST

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...