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16 de enero de 2022

Laura B. Rojo, 3 poemas 3


Ilustración de Yuko Shimizu

CARICIA

El arte de desaprender me vuelve clara.
Desprendo la hojarasca de mis costados
con los diez dedos.
Caen pesados preconceptos
chorreando tinta.
En la mitad del pasillo me desvisto
frente a mi sombra.
No soy ajena, ya no lo soy.
Percibo el frío a medida que avanzo
descalza, acompasando sonidos.
Se derrama la noche entre mis piernas,
la poesía se espesa, se agolpa en mi piel.
Lo nombro y en la nada percibo su aroma.



Ilustración de Yuko Shimizu


MEMORIA

Hilos rojos de tiempo,
flores bordadas en relieve
cubriéndome del frío.
Relámpago de memoria.
Altivo zigzagueo de lumbre muerta.
Mirar hacia atrás, agua que retorna…
Unas manos cobrizas bordan
manos de artesana,
sostenidas por las mías.
Manos de Mujeres enlazadas.



Ilustración de Yuko Shimizu

UNA TROVA PARA ALFONSINA

Llévame contigo, Alfonsina,
cansada estoy del llano,
mientras tú duermes
y reverdeces como ramas.
Seré la lámpara, la vigía,
esa que no descansa.
Conocí el instinto desatado del hombre
y fui la que con el cincel
dio color y forma.
Esa mujer dulce y mental, firme plataforma,
que vio su obra concluida junto a otra.
Al igual que tú renuncié al rebaño,
rompí las ataduras, me espiné las manos.
Trato de escapar, y estoy detenida,
cubierta de pelaje visito tu tumba.
Nadie me reconoce en la selva de metal.
Los hombres me ven y susurran:
¿Es aquella una loba aullando a la Luna?
Mándame un consejo, mi dulce señora.
Sólo un pedido: córtame una rosa.


Poesía CircularEditorial Juana Manuela, Salta, 2020




Ph Enrique Bernales
Laura Beatriz Rojo
(Salta, Argentina)
POETA/MÉDICA/TALLERISTA/LETRISTA/CANTORA
de Poesía Circular, Editorial Juana Manuela, Salta, 2020
prólogo de Euloquio Rojo del Jardín
contratapa de Roberto Manzano
Lectura recomendada por Beatriz Vottero
para leer + en VICEVERSA MAGAZINE
para leer una reseña en PERIODISMO EN LÍNEA

20 de marzo de 2020

Beatriz Vottero, 7 poemas 7


Obra de Hope Gangloff


Mi madre intentó
enseñarme a obedecer
a las buenas costumbres
a los varones
a los mandatos familiares
Viví confundida
hasta descubrir
que una madre 
no quiere
lo mejor 
para sus hijos
Fue insoportable


Obra de Hope Gangloff

Mis hijos son adultos
Todavía
cuando vienen a dormir a casa
despierto de madrugada
para ir a arroparlos
Ellos creen que lo sueñan
pero saben



Obra de Hope Gangloff

Desplegué la prenda sobre mi falda
y comprendí que repetía el gesto de mi madre.
Cuando tomé las tijeras 
usé su misma precisión, tal vez su mismo ademán,
su misma certeza.
Ella me enseñó a coser.
Pero sobre todo me enseñó que
las madres cosen
y tejen 
después de la cena.
No hacen vestidos o camisas a esa hora:
remiendan medias, pantalones, 
refuerzan cierres,
y tejen.

Me hizo bien, sin embargo.



Obra de Hope Gangloff

llevo la costra del amor
pegada en el costado izquierdo
es fea y dura
como esas protuberancias de sal vieja
en las barcas encalladas

quiero despegarla
como cuando niña
me lastimaba las rodillas

sangrará
dice mi madre



Obra de Hope Gangloff

Como las enfermeras
o los serenos
hago la guardia
desuello imágenes.
Leo un poco
-dulce daño-
dejo el libro 
y voy por la casa a cuidar el sueño de mis hijos
con la vana ilusión de que nada les falte:
los abrigo, los beso, ajusto las persianas
y entonces sueño
me invento
que también mi madre me cuidaba.


Obra de Hope Gangloff


¿quién recogerá los pedazos del deseo
apagará la luz
cerrará la puerta
buscará mi manta
y abrigará estas manos?



Obra de Hope Gangloff


un náufrago bebe la última gota
de la botella que trajo consigo
luego la arroja al mar
es eso, el poema






Beatriz Vottero 
(Córdoba, Argentina)
Reside en Villa María
POETA/LICENCIADA Y PROFESORA EN LETRAS MODERNAS/
ESPECIALISTA EN LECTURA, ESCRITURA Y EDUCACIÓN/
DIPLOMADA EN EDUCACIÓN Y NUEVAS TECNOLOGÍAS
Coordinadora en ENTREPALABRAS
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28 de agosto de 2016

Beatriz Vottero, Entrañable Edith



Edith Vera (1985)



ENTRAÑABLE EDITH


Me gustaría recordar a Edith como yo la conocí. Una mujer muy hermosa de mirada profunda y serena, de andar cansino por sus muchos años pero siempre esbelta, grácil, con un modo de tintinear como los pájaros.

Yo la amaba, la encontraba cada vez a la vuelta de una esquina, sin buscarla pero sabiendo que su aura me iluminaba. Cada encuentro era así como una cita. La abrazaba como a una vieja y entrañable amiga, le acomodaba el pelo o el cuello del abrigo y elogiaba su perfume. La mayoría de las veces me daba algo, como una golosina al niño que nos hace un pequeño favor: me regalaba una piedra que llevaba en el bolsillo, o un poema manuscrito y ajado, o una hoja seca que acababa de recoger. Y desaparecía con la misma fugacidad, con su bolsita en el brazo y su alegre caminar.

Era la tardecita el mejor momento para encontrarla. A esa hora iba a la verdulería. O a veces de noche, bien entrada la noche.

Recuerdo que muchos tenían la impresión de que no estaba del todo cuerda. Suponían que vivía aislada, fuera de la realidad, en una especie de ensoñación turbadora, rodeada de sus gatos y sus libros. Yo estoy convencida, en cambio, de que ella tenía una acabada conciencia de lo que ocurría a su alrededor, del trazado y marcas de su propia historia y de la historia política del país. Además, conocía muy bien a las personas, y escogía con quien relacionarse, tratando de evitar el roce de los rencores ajenos. Sabía quién era cada uno y jugaba a hacerse la distraída cuando era conveniente. Era una auténtica estratega, llegando incluso -sin que nos diéramos cuenta- a establecer las reglas de cada juego.

Por eso yo creo que no dejó nada librado al azar, a pesar de vivir cada momento así,
gratuitamente, como dejando fluir los instantes y las horas. No programaba grandes cosas, apenas un encuentro en el café de la esquina o conseguir orquídeas para regalar en Navidad.

Pero medía los pasos de su propio camino, y viendo aproximarse irremisiblemente el final escogió discretamente su biógrafa y sus testimoniales porque quería dejarnos su recuerdo y su obra.

Cada uno en su entorno se convirtió de esta manera en una pieza única que sólo cobraría valor al encastrarse, a su debido momento, con las demás piezas que ella paciente y minuciosamente iba diseñando desde el arco profundo de su dolor, de su salud tan frágil, de su soledad y del vacío que la pacata sociedad de su juventud le había concedido, segura y sencillamente porque era mujer y demasiado osada, demasiado bella, demasiado poeta, demasiado militante. Ni su condición docente le fue perdonada: cuando la Dictadura la separó de su cargo hubo quienes recordaron el informe negativo que había hecho la inspección porque ella galardonaba su despacho de directora con las consignas del Mayo Francés. Seamos realistas, pidamos lo imposible.

Recordarla hoy, en el Día Internacional de la Mujer, seguramente significa para muchos de
nosotros admirar una pequeña estrella que no cesa de brillar. Creo, por ello, que en Edith no es posible distinguir vida y obra, porque sus ideas, su mirada, su percepción de las cosas y del devenir están inscriptos en su palabra.

Ojalá su clara imagen nos aliente a creer en la elección cotidiana de celebrar el día y celebrar la noche. Sin ostentaciones, pero sin reparos. Capaces de pedir como cuando ella dice:


No me dejen morir como una mariposa
atravesada por un alfiler.
Deseo ver una vez más
cómo la ardiente noche
lucha contra la obsesiva realidad
y volver a asistir al misterio de los días que se abren.
Quiero deletrear cada nuevo libro escrito por la tierra.
En cantos pagaré la gracia concedida.

(Edith Vera)

O que podamos vernos en el cristal de lo vivido y decir, con ella:



Me encuentro con el pasado
y él, con una brizna entre los labios,
se disculpa.
-No es así- le digo, dándole a beber
un poco de agua clara.
Yo sé que todo pasó, toda emoción,
todo amor y todo dolor
fue mi quehacer en esta tierra,
bajo nuestro sol, bajo nuestra luna.
Ni una hebra dejé
fuera de la desordenada urdimbre de mi vida.

(Edith Vera)


O que seamos capaces de ver, como percibía ella:


Sorteando unos papeles
un vaso y los cuadros del mantel,
se eleva una palabra desde las mandarinas.
Paul Klee la toma,
le agrega unos pájaros
y la tierra y un mar hecho de cintas.
Y los pájaros ven el mar sobre sus cabezas,
y otros ven el cielo a sus pies.
La palabra no es pronunciada.
No tiene voz.
Aún no hay voz para describir tal maravilla.

(Edith Vera)

Pero que a la vez elijamos siempre la palabra, aun cuando nos silencien:



La palabra,
ese dibujo,
esa piedra lanzada al tiempo,
esa gran emoción
que pasa de cuerpo a cuerpo.
La palabra,
ese mar
donde los caracoles unen sus espirales.
La palabra,
palabra esperando otra palabra.
La palabra
pájaro de plata posado siempre en el
                         anca del aire.

(Edith Vera)


Y que sepamos que siempre hay un poema:


La poesía
camina por el pueblo
trepa a los techos
entra por la ventana,
golpea a las puertas
buscando algún lugar donde
hacer su fuego.
Si no fuera así
poco valdría.

(Edith Vera)


Y que seamos, finalmente, capaces de auscultar la vida y de esperarla, siempre, como ella:



Tengo la absoluta certeza
de que un bosque encendido vuela sobre mi cabeza
y que uno de sus pájaros
traza con el ala
el recorrido exacto de la vida
descendiendo entre piedras grises.
Abajo, abiertas, mis venas y arterias,
esperan.
Viejos aromas de resinas exhuma el bosque
cuando las garras
dejan su huella en la piel.

(Edith Vera)




8 de marzo de 2016





Beatriz Vottero 
(Córdoba, Argentina)
Reside en Villa María
LICENCIADA EN LETRAS MODERNAS/PROFESORA DE LA UNVM
su blog: ALFABETIZACIÓN DIGITAL: ENCUENTROS Y DESENCUENTROS
para leer más en: TINTA DE POETASREVISTA IMAGINARIA
y ACÁ
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