ACOSTARSE CON EL ENEMIGO
Hacer lo que no se hace: pedir dinero por lo que debe seguir siendo gratuito. La decisión no
le pertenece a la mujer adulta, el colectivo impone sus leyes. Las prostitutas conforman el único proletariado cuya condición conmueve como lo hace a la burguesía. Hasta el punto que, muchas veces, mujeres a quienes nunca les faltó nada están convencidas de esta evidencia: no debe ser legalizado. Los tipos de trabajos que las mujeres no pudientes ejercen, los sueldos miserables por los que venden su tiempo no interesan a nadie. Es la suerte que les toca por haber nacido mujer y pobre, a eso la gente se acostumbra sin problema. Dormir afuera con cuarenta años no está prohibido por ninguna legislación. El que te conviertan en un “sin techo” es una degradación tolerable. El trabajo es otra. Pero eso sí, vender sexo, eso concierne a todos y las mujeres «respetables» tienen algo que decir. Me pasó a menudo, durante estos últimos diez años, estar en un lindo salón junto a señoras que siempre fueron mantenidas vía el contrato marital, muchas veces mujeres divorciadas que habían obtenido pensiones dignas de llevar este nombre, y que me explican, a mí, sin sombra de duda, que la prostitución es en sí algo malo para las mujeres. Saben, intuitivamente, que este trabajo es más degradante que otro. Intrínsecamente. No practicado en circunstancias muy particulares, sino en sí. La afirmación es categórica, escasas veces combinada con matices, tales como «si las chicas no consienten», o «cuando no cobran ni un centavo de lo que hacen», o «cuando están obligadas a trabajar afuera en la periferia de las ciudades». Ya sean putas de lujo, ocasionales, callejeras, viejas, jóvenes, bien dotadas, dominadoras, toxicómanas o madres de familia a priori no hace ninguna diferencia. Intercambiar un servicio sexual por dinero, hasta en buenas condiciones, e inclusive de buen grado, va en contra de la dignidad de la mujer.
Prueba de ello: si pudieran elegir, las prostitutas no lo harían. Vaya retórica... Como si la
depiladora de la cadena Yves Rocher41 pusiera cera o apretara puntos negros por pura vocación estética. La mayoría de la gente que trabaja no lo haría si pudiera, ¡obviamente! Sin embargo en ciertos ámbitos repiten a porfía que el problema no es sacar la prostitución de la periferia de las ciudades donde las prostitutas están expuestas a todo tipo de agresiones (condiciones en las que hasta vender pan vendría a ser como practicar un deporte extremo), ni obtener marcos legales tales como los reclaman las trabajadoras sexuales, sino prohibir la prostitución. Resulta difícil no pensar que lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan por la suerte de las putas, es que en el fondo temen su competencia. Desleal, por ser demasiado adecuada y directa.
Si la prostituta hace su negocio en condiciones decentes, lo mismo que la esteticista o la
psiquiatra, si a su actividad le quitan todas las presiones legales que se conocen actualmente, la posición de mujer casada de repente se vuelve menos atractiva. Porque si el contrato
prostitucional se vuelve común, el contrato marital aparece más claramente como lo que es: un trato en el que la mujer se compromete a realizar cierta cantidad de faenas que aseguran el confort del hombre por tarifas que resisten toda competencia. Particularmente las tareas sexuales.
le pertenece a la mujer adulta, el colectivo impone sus leyes. Las prostitutas conforman el único proletariado cuya condición conmueve como lo hace a la burguesía. Hasta el punto que, muchas veces, mujeres a quienes nunca les faltó nada están convencidas de esta evidencia: no debe ser legalizado. Los tipos de trabajos que las mujeres no pudientes ejercen, los sueldos miserables por los que venden su tiempo no interesan a nadie. Es la suerte que les toca por haber nacido mujer y pobre, a eso la gente se acostumbra sin problema. Dormir afuera con cuarenta años no está prohibido por ninguna legislación. El que te conviertan en un “sin techo” es una degradación tolerable. El trabajo es otra. Pero eso sí, vender sexo, eso concierne a todos y las mujeres «respetables» tienen algo que decir. Me pasó a menudo, durante estos últimos diez años, estar en un lindo salón junto a señoras que siempre fueron mantenidas vía el contrato marital, muchas veces mujeres divorciadas que habían obtenido pensiones dignas de llevar este nombre, y que me explican, a mí, sin sombra de duda, que la prostitución es en sí algo malo para las mujeres. Saben, intuitivamente, que este trabajo es más degradante que otro. Intrínsecamente. No practicado en circunstancias muy particulares, sino en sí. La afirmación es categórica, escasas veces combinada con matices, tales como «si las chicas no consienten», o «cuando no cobran ni un centavo de lo que hacen», o «cuando están obligadas a trabajar afuera en la periferia de las ciudades». Ya sean putas de lujo, ocasionales, callejeras, viejas, jóvenes, bien dotadas, dominadoras, toxicómanas o madres de familia a priori no hace ninguna diferencia. Intercambiar un servicio sexual por dinero, hasta en buenas condiciones, e inclusive de buen grado, va en contra de la dignidad de la mujer.
Prueba de ello: si pudieran elegir, las prostitutas no lo harían. Vaya retórica... Como si la
depiladora de la cadena Yves Rocher41 pusiera cera o apretara puntos negros por pura vocación estética. La mayoría de la gente que trabaja no lo haría si pudiera, ¡obviamente! Sin embargo en ciertos ámbitos repiten a porfía que el problema no es sacar la prostitución de la periferia de las ciudades donde las prostitutas están expuestas a todo tipo de agresiones (condiciones en las que hasta vender pan vendría a ser como practicar un deporte extremo), ni obtener marcos legales tales como los reclaman las trabajadoras sexuales, sino prohibir la prostitución. Resulta difícil no pensar que lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan por la suerte de las putas, es que en el fondo temen su competencia. Desleal, por ser demasiado adecuada y directa.
Si la prostituta hace su negocio en condiciones decentes, lo mismo que la esteticista o la
psiquiatra, si a su actividad le quitan todas las presiones legales que se conocen actualmente, la posición de mujer casada de repente se vuelve menos atractiva. Porque si el contrato
prostitucional se vuelve común, el contrato marital aparece más claramente como lo que es: un trato en el que la mujer se compromete a realizar cierta cantidad de faenas que aseguran el confort del hombre por tarifas que resisten toda competencia. Particularmente las tareas sexuales.
Virginie Despentes
(Nancy , Meurthe-et-Moselle, Francia, 1969)
de King Kong Théorie, Edicions Grasset&Fasquelle, 2006
de Teoría King Kong, Editorial Melusina, S.L., 2007
Traducción de Marlène Bondil
para leer una ENTREVISTA
para leer MÁS



