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3 de enero de 2019

Cris Pizzimenti, Estoy hecha de retazos



Ilustración de Sally Nixon
ESTOY HECHA DE RETAZOS

Estoy hecha de retazos. Pedacitos coloridos de cada vida que pasa por la mía y que voy cosiendo en el alma.
No siempre son bonitos, ni siempre felices, pero me agregan y me hacen ser quien soy.

En cada encuentro, en cada contacto, voy quedando mayor...
En cada retazo una vida, una lección, un cariño, una nostalgia...
Que me hacen más persona, más humana, más completa.

Y pienso que es así como la vida se hace: de pedazos de otras gentes que se van convirtiendo en parte de la gente también.
Y la mejor parte es que nunca estaremos listos, finalizados...
Siempre habrá un retazo para añadir al alma.

Por lo tanto, gracias a cada uno de ustedes, que forman parte de mi vida y que me permiten engrandecer mi historia con los retazos dejados en mí. Que yo también pueda dejar pedacitos de mí por los caminos y que puedan ser parte de sus historias.

Y que así, de retazo en retazo podamos convertirnos, un día, un inmenso bordado de "nosotros".


SOU FEITA DE RETALHOS

Sou feita de retalhos. Pedacinhos coloridos de cada vida que passa pela minha e que vou costurando na alma. Nem sempre bonitos, nem sempre felizes, mas me acrescentam e me fazem ser quem eu sou.

Em cada encontro, em cada contato, vou ficando maior… Em cada retalho, uma vida, uma lição, um carinho, uma saudade… Que me tornam mais pessoa, mais humana, mais completa.

E penso que é assim mesmo que a vida se faz: de pedaços de outras gentes que vão se tornando parte da gente também. E a melhor parte é que nunca estaremos prontos, finalizados… Haverá sempre um retalho novo para adicionar à alma.

Portanto, obrigada a cada um de vocês, que fazem parte da minha vida e que me permitem engrandecer minha história com os retalhos deixados em mim. Que eu também possa deixar pedacinhos de mim pelos caminhos e que eles possam ser parte das suas histórias.

E que assim, de retalho em retalho, possamos nos tornar, um dia, um imenso bordado de ‘nós’.




Cris Pizzimenti
(San Pablo, Brasil)
Reside en Guarujá
su página UMA PITADA DE ENCANTO
su FACEBOOK

12 de enero de 2013

Clarice Lispector, El reclutamiento


Fotografía de Alex Mazurov

EL RECLUTAMIENTO

Los pasos se están volviendo más nítidos. Un poco más próximos. Ahora suenan casi cerca. Todavía más. Ahora más cerca de lo que podrían estar de mí. Sin embargo continúan acercándose. Ahora no están más cerca, están en mí. ¿Van a sobrepasarme y a seguir? Es mi esperanza. Ya no sé con qué sentido percibo las distancias. Es que los pasos ahora ya no sólo están próximos y fuertes. Ya no sólo están en mí. Yo marcho con ellos.


O RECRUTAMENTO

Os passos estão se tornando mais nítidos. Um pouco mais próximos. Agora soam quase perto. Ainda mais. Agora mais perto do que poderiam estar de mim. No entanto continuam a se aproximar. Agora não estão mais perto, estão em mim. Vão me ultrapassar e prosseguir? É a minha esperança. Não sei mais com que sentido percebo distâncias. É que os passos agora não estão apenas próximos e pesados. Já não estão apenas em mim. Eu marcho com eles.



 1º edición de La legión extranjera, Clarice Lispector,  Editora do Autor, 1964,
de la biblioteca personal de Ana Cristina Cesar, en guarda del Instituto Moreira Salles desde 1999




Clarice Lispector 
(Ucrania 1920 - RJ, Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de Para no olvidar, Crónicas y otros textos, Colección Libros del tiempo, 
Editorial Siruela, 2010
Traducción de Elena Losada
para ver y escuchar ÚLTIMA ENTREVISTA EN TV
fotografías extraídas de ACÁ
para leer MÁS



Libro perteneciente a la biblioteca personal de Ana Cristina Cesar

3 de febrero de 2012

Clarice Lispector, Estoy procurando...


Fotografía de Sally Mann

... Estoy procurando, estoy procurando. Estoy intentando entender. Intentando dar a alguien lo que viví y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que viví. No sé qué hacer de lo que viví, tengo miedo de esa desorganización profunda. No confío en lo que me sucedió. ¿Me sucedió alguna cosa que yo, por el hecho de no saber cómo vivir-la, viví otra? A eso querría llamar desorganización, y tendría la seguridad de aventurarme, porque después sabría para dónde volver: para la organización anterior. A eso prefiero llamar desorganización, pues no quiero confirmarme en lo que viví — en la confirmación de mí perdería el mundo como yo lo tenía, y sé que no tengo capacidad para otro.


 ... estou procurando, estou procurando. Estou tentando entender. Tentando dar a alguém o que vivi e não sei a quem, mas não quero ficar com o que vivi. Não sei o que fazer do que vivi, tenho medo dessa desorganização profunda. Não confio no que me aconteceu. Aconteceu-me alguma coisa que eu, pelo fato de não a saber como viver, vivi uma outra? A isso quereria chamar desorganização, e teria a segurança de me aventurar, porque saberia depois para onde voltar: para a organização anterior. A isso prefiro chamar desorganização pois não quero me confirmar no que vivi — na confirmação de mim eu perderia o mundo como eu o tinha, e sei que não tenho capacidade para outro.





Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de La pasión según GH, 1964
Traducción de Alberto Villalba
para leer el TEXTO COMPLETO
y MÁS


17 de octubre de 2011

Clarice Lispector, Felicidad clandestina


(*)

FELICIDAD CLANDESTINA

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

(1971)

FELICIDADE CLANDESTINA

Ela era gorda, baixa, sardenta e de cabelos excessivamente crespos, meio arruivados. Tinha um busto enorme, enquanto nós todas ainda éramos achatadas. Como se não bastasse enchia os dois bolsos da blusa, por cima do busto, com balas. Mas possuía o que qualquer criança devoradora de histórias gostaria de ter: um pai dono de livraria.

Pouco aproveitava. E nós menos ainda: até para aniversário, em vez de pelo menos um livrinho barato, ela nos entregava em mãos um cartão-postal da loja do pai. Ainda por cima era de paisagem do Recife mesmo, onde morávamos, com suas pontes mais do que vistas. Atrás escrevia com letra bordadíssima palavras como “data natalícia” e “saudade”.

Mas que talento tinha para a crueldade. Ela toda era pura vingança, chupando balas com barulho. Como essa menina devia nos odiar, nós que éramos imperdoavelmente bonitinhas, esguias, altinhas, de cabelos livres. Comigo exerceu com calma ferocidade o seu sadismo. Na minha ânsia de ler, eu nem notava as humilhações a que ela me submetia: continuava a implorar-lhe emprestados os livros que ela não lia.

Até que veio para ela o magno dia de começar a exercer sobre mim uma tortura chinesa. Como casualmente, informou-me que possuía As reinações de Narizinho, de Monteiro Lobato.

Era um livro grosso, meu Deus, era um livro para se ficar vivendo com ele, comendo-o, dormindo-o. E completamente acima de minhas posses. Disse-me que eu passasse pela sua casa no dia seguinte e que ela o emprestaria.

Até o dia seguinte eu me transformei na própria esperança da alegria: eu não vivia, eu nadava devagar num mar suave, as ondas me levavam e me traziam.

No dia seguinte fui à sua casa, literalmente correndo. Ela não morava num sobrado como eu, e sim numa casa. Não me mandou entrar. Olhando bem para meus olhos, disse-me que havia emprestado o livro a outra menina, e que eu voltasse no dia seguinte para buscá-lo. Boquiaberta, saí devagar, mas em breve a esperança de novo me tomava toda e eu recomeçava na rua a andar pulando, que era o meu modo estranho de andar pelas ruas de Recife. Dessa vez nem caí: guiava-me a promessa do livro, o dia seguinte viria, os dias seguintes seriam mais tarde a minha vida inteira, o amor pelo mundo me esperava, andei pulando pelas ruas como sempre e não caí nenhuma vez.

Mas não ficou simplesmente nisso. O plano secreto da filha do dono de livraria era tranqüilo e diabólico. No dia seguinte lá estava eu à porta de sua casa, com um sorriso e o coração batendo. Para ouvir a resposta calma: o livro ainda não estava em seu poder, que eu voltasse no dia seguinte. Mal sabia eu como mais tarde, no decorrer da vida, o drama do “dia seguinte” com ela ia se repetir com meu coração batendo.

E assim continuou. Quanto tempo? Não sei. Ela sabia que era tempo indefinido, enquanto o fel não escorresse todo de seu corpo grosso. Eu já começara a adivinhar que ela me escolhera para eu sofrer, às vezes adivinho. Mas, adivinhando mesmo, às vezes aceito: como se quem quer me fazer sofrer esteja precisando danadamente que eu sofra.

Quanto tempo? Eu ia diariamente à sua casa, sem faltar um dia sequer. Às vezes ela dizia: pois o livro esteve comigo ontem de tarde, mas você só veio de manhã, de modo que o emprestei a outra menina. E eu, que não era dada a olheiras, sentia as olheiras se cavando sob os meus olhos espantados.

Até que um dia, quando eu estava à porta de sua casa, ouvindo humilde e silenciosa a sua recusa, apareceu sua mãe. Ela devia estar estranhando a aparição muda e diária daquela menina à porta de sua casa. Pediu explicações a nós duas. Houve uma confusão silenciosa, entrecortada de palavras pouco elucidativas. A senhora achava cada vez mais estranho o fato de não estar entendendo. Até que essa mãe boa entendeu. Voltou-se para a filha e com enorme surpresa exclamou: mas este livro nunca saiu daqui de casa e você nem quis ler!

E o pior para essa mulher não era a descoberta do que acontecia. Devia ser a descoberta horrorizada da filha que tinha. Ela nos espiava em silêncio: a potência de perversidade de sua filha desconhecida e a menina loura em pé à porta, exausta, ao vento das ruas de Recife. Foi então que, finalmente se refazendo, disse firme e calma para a filha: você vai emprestar o livro agora mesmo. E para mim: “E você fica com o livro por quanto tempo quiser. ”Entendem? Valia mais do que me dar o livro: pelo tempo que eu quisesse ” é tudo o que uma pessoa, grande ou pequena, pode ter a ousadia de querer.

Como contar o que se seguiu? Eu estava estonteada, e assim recebi o livro na mão. Acho que eu não disse nada. Peguei o livro. Não, não saí pulando como sempre. Saí andando bem devagar. Sei que segurava o livro grosso com as duas mãos, comprimindo-o contra o peito. Quanto tempo levei até chegar em casa, também pouco importa. Meu peito estava quente, meu coração pensativo.

Chegando em casa, não comecei a ler. Fingia que não o tinha, só para depois ter o susto de o ter. Horas depois abri-o, li algumas linhas maravilhosas, fechei-o de novo, fui passear pela casa, adiei ainda mais indo comer pão com manteiga, fingi que não sabia onde guardara o livro, achava-o, abria-o por alguns instantes. Criava as mais falsas dificuldades para aquela coisa clandestina que era a felicidade. A felicidade sempre iria ser clandestina para mim. Parece que eu já pressentia. Como demorei! Eu vivia no ar… havia orgulho e pudor em mim. Eu era uma rainha delicada.

Às vezes sentava-me na rede, balançando-me com o livro aberto no colo, sem tocá-lo, em êxtase puríssimo.

Não era mais uma menina com um livro: era uma mulher com o seu amante.




Clarice Lispector 
(Ucrania 1920 - Brasil 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de Felicidade clandestina: contos, Nova Fronteira, 1985
en Felicidad clandestina, Editorial Grijalbo, 
Colección El espejo de tinta, 1988
Traducción de Marcelo Cohen 
para leer MÁS
(*) fotografía extraída de la web sin datos del autor

9 de octubre de 2011

Eliana Pougy, No, yo no te amo


Ilustración de  Chris Neal Silas


NO, YO NO TE AMO

Porque cuando pienso en ti imagino tus ojos mirándome y tus manos en mis brazos. Después, me llevas a una esquina cualquiera, me agarras y la gente se besa en la boca. Yo gimo, tú me muerdes el cuello y yo sonrío con los ojos cerrados. Me empujas contra la pared y yo te aparto el pelo para verte el rostro. Me miras con esa carita linda y dices que yo lo soy todo para ti y que no puedes vivir sin mí. Y yo digo te digo que tardaste mucho y que no sabía que era la vida antes de que tu aparecieras. La gente se va descubriendo, nuestras manos se mueven por todas partes y nuestros cuerpos se encajan, así, perfectamente. La gente queda sin aliento y se miran como si el mundo fuera a acabar mañana y nunca más se fueran a ver. Me sujetas el rostro y me dices que nunca viste nada más lindo en tu vida. Yo te miro a los ojos y no digo nada, solo lloro.

No, yo no te amo. Y eso, no es amor. Eso, baby, solo existe en el cine.





Eliana Pougy 
(Mogy das Cruzes, San Pablo, Brasil, 1961)
Traducción de Selo Blanco
su WEB

11 de octubre de 2010

Clarice Lispector, La opinión de un psicoanalista sobre mí


Clarice Lispector - s/d del autor de la fotografía

LA OPINIÓN DE UN PSICOANALISTA SOBRE MÍ

Por casualidad he tenido y tengo amigas que son o han sido analizadas por el doctor Lourival Coimbra, psicoanalista del grupo de Melanie Klein. Las conocidas y amigas me dijeron que le hablaron de mí. Supongo que el doctor Lourival debe estar harto de oir mi nombre. Hace unos días una de sus analizadas estuvo aquí en casa y decidí, como compensación por el desgaste de oídos del analista, enviarle un libro mío de cuentos, Lazos de familia. En la dedicatoria pedí disculpas por mi letra, que no es buena desde que mi mano sufrió el incendio.
Días después la chica apareció en casa para tomar un café conmigo y le pregunté si le había dado el libro al doctor Lourival. Ella dijo que sí y que, al leer la dedicatoria hizo un comentario. Me entró la curiosidad, quise saber qué había dicho. Y supe que, al leer la dedicatoria, el doctor Lourival había dicho: “Clarice da tanto a los demás, y sin embargo pide permiso para existir”.
Sí, doctor Lourival, pido humildemente existir, imploro humildemente una alegría, una acción de gracias, pido que me permitan vivir con menos sufrimiento, pido no ser puesta a prueba por las experiencias duras, pido a los hombres y a las mujeres que me consideren un ser humano digno de algún amor y de algún respeto. Pido la bendición de la vida.





Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - RJ, Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de Aprendiendo a vivir, Editorial Siruela, Madrid, 2007
Traducción de Elena Losada
para leer MÁS

4 de septiembre de 2010

Clarice Lispector, ¿Cómo se escribe?

Frase de un poema de Bárbara Butragueño
¿CÓMO SE ESCRIBE?

Cuando no estoy escribiendo, yo simplemente no sé cómo se escribe. Y si no sonara infantil y falsa esta pregunta que es de las mas sinceras, yo elegiría a un amigo escritor y le preguntaría: ¿Cómo se escribe?
Porque, realmente, ¿cómo se escribe? ¿qué se dice? ¿cómo se dice? Y ¿cómo se empieza? Y ¿qué se hace con el papel en blanco que nos enfrenta tranquilo?
Sé que la respuesta, por mas que intrigue, es esta única: escribiendo. Soy la persona que más se sorprende al escribir. Y todavía no me habitué a que me llamen escritora. Porque, salvo las horas en que escribo, no sé en absoluto escribir. ¿Será que escribir no es un oficio? ¿No hay aprendizaje, entonces? ¿Qué es? Sólo me consideraré escritora el día en que yo diga: sé cómo se escribe.


COMO É QUE SE ESCREVE?

Quando não estou escrevendo, eu simplesmente não sei como se escreve. E se não soasse infantil e falsa a pergunta das mais sinceras, eu escolheria um amigo escritor e lhe perguntaria: como é que se escreve? Por que, realmente, como é que se escreve? que é que se diz? e como dizer? e como é que se começa? e que é que se faz com o papel em branco nos defrontando tranquilo? Sei que a resposta, por mais que intrigue, é a única: escrevendo. Sou a pessoa que mais se surpreende de escrever. E ainda não me habituei a que me chamem de escritora. Porque, fora das horas em que escrevo, não sei absolutamente escrever. Será que escrever não é um ofício? Não há aprendizagem, então? O que é? Só me considerarei escritora no dia em que eu disser: sei como se escreve.




Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de A descoberta do mundo. Rio de Janeiro: Rocco, 1999a, p.156–157.
de Revelación de un mundo, Adriana Hidalgo editora, 2004
Selección de textos, traducción, presentación, revisión 
y notas de Amalia Soto
para leer MÁS

3 de septiembre de 2010

Clarice Lispector, El libro desconocido


(*) La constelación de Andrómeda, de Mariel Manrique



Estoy buscando un libro para leer. Es un libro muy especial. Yo lo imagino como a un rostro sin rasgos.No sé su nombre ni el de su autor. Quién sabe, a veces creo que estoy buscando un libro que yo misma escribiría. No sé. Pero me hago tantas fantasías con respecto a ese libro desconocido y ya tan profundamente amado. Una de las fantasías es ésta: yo lo estaría leyendo y de pronto, a una frase leída, con lágrimas en los ojos diría en un éxtasis de dolor y de final liberación: "¡Pero es que yo no sabía que se puede todo, mi Dios!".




Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de Revelación de un mundo, Adriana Hidalgo editora, 2004
Selección de textos, traducción, presentación, revisión y notas 
de Amalia Soto
para leer MÁS

Clarice Lispector, La comunicación muda





14 de febrero


Lo que nos salva de la soledad es la soledad de cada uno de los otros. A veces, cuando dos personas están juntas, a pesar de estar hablando, lo que ellas comunican silenciosamente una a la otra es el sentimiento de soledad.




Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de Revelación de un mundo, Adriana Hidalgo editora, 2004
Selección de textos, traducción, presentación, revisión y notas 
de Amalia Soto
para leer MÁS

26 de abril de 2010

Clarice Lispector, Es allí adonde voy


Fotografía de Víctor Lícari

ES ALLÍ ADONDE VOY


Más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos uno objeto: es allí adonde voy. En la punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de la alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí adonde voy.

En la punta del pie el salto. Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí adonde voy.
¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Yo os espero. Es allí adonde voy.

En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra "tertulia", y no sé ni dónde ni cuándo. Al borde de la tertulia está la familia. Al borde de la familia estoy yo. A la orilla de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy.

Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy.

Mientras tanto, lo que hay es el sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un rincón para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé sobre qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy.

Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En el extremo de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo a la orilla del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, perro ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.







Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - Brasil, 1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
de Silencio, Colección El Espejo de Tinta,
Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1988
Traducción y prólogo de Cristina Peri Rossi
para leer MÁS

5 de diciembre de 2009

Clarice Lispector, 2 fragmentos 2

foto de emmagunst




Siento ahora mismo el corazón latiendo desordenadamente dentro del pecho. Es una reivindicación porque en las últimas frases he estado pensando solamente en el nivel de mi superficie. Entonces las profundidades de la existencia se manifiestan para bañar y borrar las huellas del pensamiento. El mar borra las huellas de las olas en la arena. Oh Dios, qué feliz soy. Lo que estropea la felicidad es el miedo.Todavía tengo miedo. Pero el corazón late. El amor inexplicable hace que el corazón lata más de prisa. La única garantía es que he nacido. Tú eres una forma de ser yo y yo una forma de serte, éstos son los límites de mi posibilidad.Pero qué hacer si no te enterneces con mis defectos, mientras yo he amado los tuyos. Mi inocencia fue humillada por ti. No me amaste, eso sólo yo lo sé. Estuve sola. Sola de ti. Escribo para nadie y se está creando una improvisación que no existe. Me he despegado de mí.

de Agua Viva








Estuve sola todo un domingo. No telefoneé a nadie ni nadie me telefoneó. Estaba totalmente sola. Me quedé sentada en un sofá con el pensamiento libre. Pero en el transcurso de ese día, hasta la hora de dormir, tuve tres veces un súbito reconocimiento de mí misma y del mundo que me asombró y me hizo sumergir en profundidades oscuras de donde salí hacia una luz de oro. Era el encuentro del yo con el yo. La soledad es un lujo.

de Un soplo de vida





Clarice Lispector 
(Ucrania, 1920 - Brasil,  1977)
ESCRITORA/PERIODISTA
para leer MÁS
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