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26 de octubre de 2020

Becky Urbina, 2 poemas 2 (+1)


Fotografía de Madalina Iordache Levay

BOCETO DE TEOLOGÍA
 
“El arte de hacer dioses”, rezaba el anuncio. Nos dieron
cubos de barro y nos mostraron una carta estelar.

Nunca me costó creer en Dios porque siempre me gustaron los cuentos. Los paisajes
exóticos, los animales en el arca y los nombres antiguos hicieron de la Biblia uno de mis
cuentos favoritos.
Mi primera duda de fe:  si la serpiente que le ofreció la manzana a Eva sería la misma bruja
que se la dio a Blancanieves muchos años después, cuando ya existían ropas y espejos.
Mi segunda duda fue por qué la manzana hizo despertar a una y dormir a la otra.
También me pregunté cómo pudieron ceder tan fácil ante una manzana, existiendo frutas
mucho más ricas como las fresas, los mangos y las chirimoyas.
Una noche le hice estas preguntas a Dios durante mis oraciones antes de dormir.
Él se rio y luego me dijo que era solo un cuento, que yo podía cambiar las frutas, animales y
nombres si me provocaba.
Al verme sonreír me hizo un guiño y cerró la ventana con un solo soplido, para que no me
resfriara.
Ese día entendí por qué tiene tantos nombres alrededor del mundo. Seguro se los
inventaron otros niños como yo.

 

Fotografía de Madalina Iordache Levay


BORRÓN Y CUENTA NUEVA

La primera vez que me llamaste inútil
tuve que contar ovejas para poder quedar dormida.
Reinicié la cuenta tres veces como buena para nada.

Las ovejas se burlaban de mí al son de sus balidos.

La inútil del ojo morado. La inútil de la nariz roja.
La inútil que tartamudea hasta al contar en la mente.
La oveja número 576, cansada de reír, me dejó acariciar su lana
y soñé con ella brincando en la sala mientras yo recogía sus pelusas.

La segunda vez que me llamaste inútil,
tuve que contarle al padre que pequé
de malos pensamientos. A veces es difícil
mantener la mente limpia con la cabeza rota.
Dieciséis padrenuestros y veinte avemarías
me bastaron para redimirme y quedar dormida.
Soñé con un frasco de lejía
derramándose en el piso mientras
yo intentaba secarlo.

La última vez que me llamaste inútil
tuve que contar aviones con los ojos cerrados.
Bastaron diecinueve para lograr abrir el ojo izquierdo.
Veintiséis para respirar por la nariz. Treinta y siete
para abordar. Mi vuelo es el 2579. Empiezo a contar nubes.
Creo que soñaré.


Carpe Diem Editora, 2014
Premio Scriptura 




B O N U S  T R A C K 


Fotografía de Madalina Iordache Levay


LICENCIA POSTNATAL

Y tuve que decidir, llegado el momento,
entre quedarme para cambiarte los pañales
o trabajar para poder comprarlos

Conoces bien el desenlace

Escapo a puntillas de nuestra habitación
luego de despojarte dormido de mi pecho

Al traspasar la puerta, oigo de lejos tu llanto
me muerdo los labios / me pellizco las muñecas

Afuera siempre es invierno

Arrastrando mis pasos me incorporo
a la gran máquina económica activa

Soy una tuerca girando al ritmo del eco
de sus zapatos taco cinco recién lustrados

El timbre de la tarde me devuelve a casa
con una bolsa de pañales en la mano

Tu risa tras la puerta quiebra
el metal nuestro de cada día




Becky Urbina
-Rebeca Urbina Balbuena-
(Lima, Perú, 1983)
POETA/NARRADORA/GESTORA CULTURAL/
MAESTRIÍA EN LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL/
para leer una entrevista en Diario Correo





30 de mayo de 2011

Charles Simic, 2 poemas 2


Imagen de la película Las alas del deseo

EN LA BIBLIOTECA

para Octavio

Hay un libro llamado
"Diccionario de Ángeles".
Nadie lo ha abierto en cincuenta años,
lo sé, porque cuando lo abrí
sus tapas crujieron, las páginas
se derrumbaron. Allí descubrí

que los ángeles habían sido una vez tan numerosos
como especies de moscas.
El cielo al ocaso
Solía estar espeso de ellos.
Había que agitar las manos
para mantenerlos apartados.

Ahora el sol brilla
a través de las altas ventanas.
La biblioteca es un lugar apacible.
Ángeles y dioses se apilaban
en libros oscuros no abiertos.
El gran secreto está
en algún estante junto
al cual la Srta. Jones
pasa todos los días en sus rondas.

Ella es muy alta,
de modo que mantiene
su cabeza inclinada como si escuchara.
Los libros están susurrando.
Yo no oigo nada, pero ella sí.

IN THE LIBRARY

for Octavio

There's a book called
"A Dictionary of Angels." 
No one has opened it in fifty years,
I know, because when I did,
The covers creaked, the pages
Crumbled. There I discovered

The angels were once as plentiful
As species of flies.
The sky at dusk
Used to be thick with them.
You had to wave both arms
Just to keep them away.

Now the sun is shining
Through the tall windows.
The library is a quiet place.
Angels and gods huddled
In dark unopened books.
The great secret lies
On some shelf Miss Jones
Passes every day on her rounds.

She's very tall, so she keeps
Her head tipped as if listening.
The books are whispering.
I hear nothing, but she does.

(en THE BOOK OF GODS AND DEVILS, 1990)


Fotografía de Caroline Kei

UNA VIDA DE FRAGMENTOS

Como una caja con fotografías viejas
Algunas ya rotas
Que encontraste en la basura
Y de las que salvaste algunas
mientras se llevaba el viento las otras.

Era un fría tarde azul de otoño
Cuando las dispusiste en la mesa
De la cocina y encontraste un rostro
Que te recordó a una muchacha
A la que una vez seguiste a la salida de la escuela.

Ella nunca se volvió a mirarte
Hasta hoy en que es todo sonrisa
Con los ojos apenas cerrados
Porque le molestaba el sol
O estaba a punto de pedir un deseo.

A LIFE OF FRAGMENTS

Like a box of old photographs
Some of them already ripped in pieces
You found on the dump
And helped yourself to a few
While the wind swept the rest.

It was a cold blue autumn evening
As you laid them out on the table
In the kitchen and found a face
That reminded you of a girl
You once followed from school.

She never turned to look at you
Until now, that is, all smiles
With her eyes tightly closed
Because the sun was in them,
Or she was about to make a wish.





Charles Simic 
(Belgrado, Yugoslavia, 1938 - EE.UU., 2023) 
Reside en EE.UU.
Traducción de José Luis Justes Amador
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