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15 de agosto de 2026

Verónica González, 12 poemas 12 (de Lucio)


Fotografía de Aino Kannisto
CUIDAR

Tengo los dedos pelados por la lejía;
mis caricias raspan.
Sé que últimamente estoy tirando de más.
La meada
corroe más que la lavandina.
Tiro mucha para blanquear,
odorizar.
Tengo el superpoder
de borrarlo todo.

Me aconsejan:
“Sería mejor
abrir las ventanas
y dejar ir,
de a poco,
el (d)olor”.


Fotografía de Tom Hunter

Padre nuestro que estás en algún lugar
te pido:

que pueda vestirse 
y alimentarse.
Que vaya al baño solo,
que duerma por la noche,
que no convulsione
ni use su nariz como un embudo.
Anotá:
que no se autolesione
ni tenga fiebre.
No me vas conformar
con fortaleza para mí y esas cosas
de guerreras y batallas.


Ilustración de Gabriella Barouch
Nunca
todos hablan de todo,
ni siquiera de mí.
Pero al nombrar
“hijo”,
siempre.


Obra de Anna Wilson-Patterson

Unas
miman,
admiran,
dicen,
se quejan,
relatan
un montón de sucesos de sus hijos.

Otras
dan de comer,
rehabilitan,
usan cannabis,
limpian culos
y, también, hacen un
bollito apretado el corazón.



Ilustración de Georgiana Chitac
Madre
hoy cuida a su madre.
Yo
cuido a mi hijo.

Mi hijo
y la madre de mi madre
nos dejaron huérfanas.

Ilustración de Maite Mutuberria
No duermo. 

Duermo poco.
Hoy pienso: “No hice nada”.
Pelar papas y limpiar mierda, ¿cuánto suma?
Habitar el continuo concéntrico.
Podría pedir perdón a los que esperan más de mí.
Podría descansar del intento de curarlo todo —incluso a la
mala gramática—.
Podría descansar de la indignación
propia y colectiva.
Podría meterme en el agua y flotar
o quizás no.


Getty Images
Los autos van y vienen;
la gente corre, se choca, se aglutina.
Yo espero a mi madre
sentada en la vereda de mi casa de grande.
Espero que me salve.


Ilustración de Ofra Amit
El mar apareció.
Respiré su aire,
su olor a promesa. 
Me hundí en su infinitud y
lo interrogué durante días.
Le pregunté por qué.
Me susurró con voz de sal:
—Vas a poder.

Y le creí.


Ilustración de Georgiana Chitac

Desde tus ojos.
Atravesar el silencio,
descifrar el del viento
y el que hace el mar cuando rompe en la playa y en las rocas.
Y entender las vibraciones de las mariposas cuando chocan
sus alas.
Aprender idiomas puros,
sin giros semánticos,
para escuchar lo verdadero.



Ilustración de Georgiana Chitac
Engullo todo y trago de a bocados
la angustia sin fin.
¿Cómo llenar, pichón,
la voracidad que nos consume?
Buscar el nombre.
Unir consonantes y vocales.
Titular y significar las dudas.
Las preguntas nunca encuentran todas las respuestas
Hoy, Angelman, no te nombra.



Desearía obligar al mundo a amarte, 
aunque sea una centésima de lo que te amo yo, Lucio.

Me gustaría que te celen y se culpen si, 
al menos un día en tu vida, no te hablaron 
con cariño, vieron tus ojos y te acariciaron un poquito el pelo.

Y si tampoco intentaron rescatarte del silencio de palabras 
y no te contaron qué hicieron ese día, ni te preguntaron.

Yo te abrazo y te bendigo de amor de madre, 
que es lo más sincero que pude crear en este mundo.

No es vanidad, me brota como la lava de volcán 
y puedo reconocerlo sin vergüenza.



Ilustración de Georgiana Chitac

No es ley de la vida, pichón.
Pero no puedo protegerte de bacterias ni de la gente.
¿Será que no aprendí a nadar?
Eso hubiese sido útil, ¿no?
Saber que la ola puede taparte a veces, pero se sale a flote.
Dando brazadas ando por estos días de mierda.
Algo en la cabeza quiere decirme que "ya pasará",
pero la ansiedad es un monstruo sin forma.
Golpeo este cuerpo/alma para unirme a eso que sientes y no dices.
¿Te duele el pie, Lucio? ¿O te duele el corazón?




Verónica González
(Pasco, Córdoba, Argentina, 1976)
Reside en Villa María
POETA/ESCRITORA/MAMÁ DE LUCIO/TÉCNICA EN COMUNICACIÓN SOCIAL/
TÉCNICA EN PROTOCOLO Y ORGANIZACIÓN DE EVENTOS/
DIPLOMADA EN POLÍTICA Y GESTIÓN DE LA DISCAPACIDAD
de Lucio, (en proceso de edición)
para leer una nota en REDACCIÓN ROSARIO


2 de mayo de 2025

Camila Vallendor, 3 poemas 3


Ilustración de Karlotta Freier

21:47. Todavía nos une el cordón umbilical, pero algo se cortó. Miro a este ser, distinto de mí, que me apoyaron en el pecho. Hasta hace quince minutos no había borde entre ella y yo. Me distraigo. Mastico una galletita de queso. Trato de evocar el dolor que atravesé. Cómo fue el proceso que nos partió en dos. Su magnitud lo convierte en una memoria imposible. El padre corta el cordón con un bisturí. Cierro los ojos. Elijo desconocer el ritual que nos separa. Alumbro la placenta. Su humedad es un alivio para mi piel ardiente. Mi vulva es una flor desgajada. Tengo un desgarro de segundo grado. Ofrendo la beba al padre mientras la partera enhebra el hilo. Necesito un tiempo para entender esto. Para que me suturen la herida de traer una hija al mundo. Cosen mi cuerpo como una prenda nueva e incómoda. La achican para que me calce. La maternidad es un traje demasiado grande. Cuando terminan, la beba vuelve al hueco entre mis tetas. Le acerco el pezón. Dicen que debería extraer calostro de los pechos. Pero duerme. Trato de retener indicaciones: leche, puntos, sueño, temperatura. Desde la cama veo los movimientos sincronizados de los demás. Ejecutan una coreografía que me es ajena. Limpian la sangre del piso. Ponen toallas en el lavarropas. Preparan té antes de irse. Con cada despedida se apaga una luz. Ahora nada mantiene a raya el miedo. Sobre mí tengo acostada una criatura desconocida.


Ilustración de Karlotta Freier
[…]
Su boca sigue succionando aunque ya esté dormida. Pasaron ocho minutos. Si intento sacarle el pezón, chupa más fuerte. El riesgo de despertarla es aún demasiado grande. Conozco sus tiempos. Espero el momento indicado para desprenderme. La maternidad es un oficio que requiere cierta técnica. Vuelvo a la cocina. Mis ojos intentan acostumbrarse a la luz. Una amiga raspa el interior de la palta. Corta el tomate en pequeños cubos. Exprime un limón. Mientras ella me visita, creo en un futuro posible. Los sábados clasificamos películas para cuando mi hija crezca. Nos acomodamos en el sillón. Descanso en su regazo. Me trenza el pelo con dedicación. Cuando termina, lo desarma y vuelve a empezar. La tele tiene el volumen bajo para no despertar a mi beba. Elsa canta en su castillo de nieve; Anna escala una montaña para buscarla. El puerperio es una grieta helada, y yo estoy en el fondo. La presencia de mi amiga teje una cuerda a la que puedo aferrarme. Ella me sostiene con destreza, espera a que esté lista para salir. La maternidad es un oficio que requiere cierta técnica. Un oficio que no se puede ejercer sola.



Ilustración de Karlotta Freier
[…]
Los días transcurren sin variación. Elena cumplió nueve semanas. Solo puedo sentir agotamiento. El padre llega del trabajo. Ni siquiera se saca la campera. Me voy a dormir a lo de mi mamá. Me duele mucho la muela. Necesito descansar. Mi vida se parece a caminar por los bordes de un precipicio. El vértigo ante la inminencia de un paso en falso. El movimiento previo a la caída. Me tendrías que entender. Vos pariste. Sabés lo que es el dolor. Sostuve el equilibrio durante meses. Mi cuerpo en posturas imposibles para evitar el desastre. Caigo desde el filo. Estallo contra el fondo del cañadón. Le digo que se vaya y no vuelva. Me gustaría perder la conciencia. Que haya sangre, huesos rotos, sirenas de ambulancia. Que el daño sea evidente, que su dimensión pueda medirse. La maternidad es un accidente invisible.


Ilustración de Karlotta Freier


*

Colección marca de nacimiento,
Editorial Cielo de Pecas, 2024
Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes 2022





Camila Vallendor
(CABA, Argentina, 1992)
Reside en Villa Los Coihues
POETA/GESTORA CULTURAL/ACTIVISTA
Colección marca de nacimiento,
Editorial Cielo de Pecas, 2024
Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes 2022
para leer + en EL CIELO DEL MES
para leer una entrevista en EL CORDILLERANO

21 de junio de 2023

Anna Swir, Ella no recuerda


Again Into the Wind, obra de Andrea Kowch

ELLA NO RECUERDA

Ella fue una mala madrastra.
Ahora vieja, está muriendo lentamente
en una covacha vacía.

Se retuerce
como una garra de papel ardiendo al fuego.
No recuerda que fue mala
pero sabe
que siente frío.

Traducción de Bernardo Gómez

SHE DOES NOT REMEMBER

She was an evil stepmother.
In her old age she is slowly dying
in an empty hovel.

She shudders
like a clutch of burnt paper.
She does not remember that she was evil.
But she knows
that she feels cold.

Traducción del polaco de Czeslaw Milosz y Leonard Nathan



Anna Swir – Anna Świrszczyńska
(Varsovia, 1909- Cracovia, Polonia, 1984)
en CLAVE. Revista de Poesía, No. 18, Septiembre 2012
para leer MÁS

16 de mayo de 2023

Leire Bilbao, 3 poemas 3 (+2)


Ilustración de Monica Garwood

LAS SALAS DE ESPERA ESTÁN REPLETAS de
[mujeres
rellenando formularios
con buena letra, pacientes,
no vayan a confundirse de idioma. Nos dicen
con el lenguaje universal de las manos, de las 
[miradas, de los gestos:
introduzcan solamente una letra por recuadro,
no confundan su nombre, su género, su fecha
[de nacimiento,
no traspasen los límites de la página;
el bolígrafo es un arma peligrosa.

Quién nos avisará de nuestro turno,
quién nos ordenará espere,
el 84-B hoy, ayer el 32-D
con las manos más negras que la tinta,
la carne más arrugada que las hojas,
letras torcidas nuestros cuerpos:
las mujeres estamos repletas de salas de espera,
las sillas no van a hacer la revolución por nosotras.

itxarongelak emakumez beteta daude
inprimakiak betetzen
letra txukunez, patxadatsu
ez nahastu hizkuntzaz, esaten digute
eskuen begien keinuen lengoaia unibertsalaz
sartu banan-banan zure letra bakoitza karratutxoetan
ez nahastu zure izenaz zure sexuaz zure jaiotze dataz
ez igaro orriaren mugak
boligrafoa arma arriskutsua da

nork esan behar digu noiz den gure txanda
nork agintzen itxaron
84-B zenbakia gaur, 32-D atzo
eskuak tinta baino beltzago
haragia orriak baino zimurrago
okertutako letrak gure gorputzak
urteen zenbakiz hornitzen
emakumeok itxarongelaz beteta gaude
aulkiek ez dute gugatik iraultzarik egingo



Ilustración de Monica Garwood


MOJARSE
como los pájaros se mojan cuando llueve.
Pensar con las plumas.
Dar de comer a las crías en la boca.

Masticar la idea
de devorarlas.

Busti
txoriak euri egunetan bustitzen diren moduan.
Lumekin pentsatu.
Kumeei ahotik ahora jaten eman.

Animalia karraskaria bazina
hazi ezin dituzun jaioberriak
irensteko senari
itzuri egin ahalko zeniokeen
mamurtu.


Ilustración de Monica Garwood

CORTAR EL CORDÓN
cuando deje de latir.

Romper el papel
si no late.

Moztu zilborrestea
taupada egiteari uzten dionean.

Moztu orria
taupada egiten ez badu.



LEIRE DIXIT (x2)

Etxeko Urak, Editorial Susa, 2020

«La poesía es mi género natural, y una de sus preciosas limitaciones, que a mí me parece una ventaja, es que te obliga a economizar: los silencios son poderosos, y hay que decir lo máximo posible, crear un universo, con el mínimo de recursos posible.⁣ Cuando quise leer sobre la maternidad, me di cuenta de que los libros a los que solemos recurrir, un manual para dar el pecho o un decálogo sobre la crianza, por ejemplo, no me interesaban. No encontraba en ellos ninguna respuesta. Por el contrario, la literatura, la ficción, sí me daba respuestas para las preguntas que me podían surgir.⁣ En el proceso de escribir este libro, he leído otros en los que sí he encontrado lo que buscaba. La ficción ofrece muchas veces respuestas. Y la poesía, además, te ofrece, la oportunidad y la cercanía necesarias para crear una primera persona creíble en la que camuflar tanto aquellas cosas más personales como otras que no son atribuibles a ti misma.⁣ 
Ya lo decía Pessoa: "O poeta é um fingidor".»⁣



Aguas madres, La Bella Varsovia, 2023

«Me gusta decir que no es un libro sobre la maternidad, sino que es un libro escrito desde la perspectiva de la maternidad. Entiendo que la poesía es eso, un punto de vista, una perspectiva, un sitio desde donde mirar. Y la maternidad me dio esa nueva mirada, incluso un nuevo idioma debajo de la piel, debajo del vientre. Un idioma más físico.»




Leire Bilbao 
(Ondarroa, Bizcaya, España, 1978)
de Etxeko Urak, Editorial Susa, 2020
en Aguas madres, La Bella Varsovia, 2023
Traducción de Ángel Erro
para leer + en EMMA GUNST

18 de julio de 2020

Katie Makkai, Bella


Ilustración de Brunna Mancuso
BELLA

Cuando era apenas una niña, le pregunté a mi madre,
"¿Cómo seré? ¿Seré bella? ¿Seré bella? ¿Seré verdaderamente bella?" 
¿Ahora qué sigue? Ah, sí: "¿Seré rica?" 
Que es casi lo mismo que ser bella, dependiendo de donde compres.
Y la bella pregunta nos infecta desde la procreación; pasa por nuestra sangre y aliento hacia nuestras células. 
La palabra cuelga de los corazones de nuestras madres bajo una luz de neón de preocupación. 

"¿Seré querida? ¿Valdré la pena? ¿Seré bella?". 
Pero la pubertad me dejó esta irónica suma de espejo de feria
dientes puestos en ángulos irreales, nariz torcida, 
cara larga como la de un asno y marcas donde mis hormonas pintaron a mi pobre madre. 

"¡Cómo pudo suceder esto! Tendrás piel de porcelana en cuanto veamos a un dermatólogo". 
"Te chupabas el pulgar, por eso tus dientes son así". 
"Un frisbee te golpeó cuando tenías 6, 
si no tu nariz sería normal".

"No te preocupes, vamos a repararlo todo", solía decir agarrándome la cara, 
girándola de un lado a otro como si yo fuera un repollo que fuera a comprar. 

Pero esto no se trata de ella. No era su culpa. 
A ella también la criaron para que creyera que el mejor don 
que podía darle a su hijita rara era una fachada rentable.
A los dieciséis ya había sido encurtida con ungüentos, medicamentos, peróxidos. 
Los dientes ceñidos a pinzas metálicas, 
en una camilla de hospital. La cara envuelta de gasas que cubrían la nariz a estrenar 
que un cirujano venía de esculpir. 
Con el estómago repleto de las pintas de mi propia sangre que tragué durante la anestesia 
y con cada convulsión de mis tripas, era como si mi cuerpo 
me estuviera gritando de adentro hacia afuera: 
"¿qué les permitiste que te hicieran?". 

Y durante todo este tiempo, un coro incesante gemía como la jeringa intravenosa que destilaba belleza líquida en mi sangre.
"¿Seré bella?". ¿Seré bella como mi madre, quitando el envoltorio de regalo 
para revelar el ramo-hija que sus $10.000 le compraron? 
¿Bella? Bella.

Y no he visto mi propia cara en diez años. 
No he visto mi propia cara en diez años, pero esto no se trata de mí. 

Esto se trata del circo de auto-mutilación que hemos pintado nosotros mismos. 
Se trata de las mujeres que recorrerán 30 tiendas y 6 centros comerciales para encontrar el vestido de noche perfecto, 
pero que no tienen ni la más remota idea de dónde encontrar la plenitud o cómo vestirse de alegría; 
que van divagando por la vida, encadenadas a una bolsa de compras, 
bajo la tiranía de esas dos bellas sílabas. 

Se trata de hombres sumidos en bares, practicando la atracción 
llenos de miedo, y de todos aquellos que se irán cabizbajos a casa esta noche 
sólo porque no hubo suficientes extraños a los que les pareciste apto o apta para coger.

Esto, esto se trata de la hija que tendré algún día. 
Cuando te acerques a mí, ya picada y manchada de inseguridad, implorando: 
"Mamá, ¿seré bella? ¿Seré bella?", 
te limpiaré esa pregunta de la boca como si fuera labial barato y te diré 
"NO".
"La palabra 'bella' se queda corta ante lo que tu serás y ninguna hija mía será definida en cinco letras. 

Tú serás bellamente inteligente, bellamente creativa, bellamente maravillosa. 
Tú nunca serás meramente 'bella'".

PRETTY

When I was just a little girl, I asked my mother, “What will I be? Will I be pretty? Will I be pretty? Will I be pretty? What comes next? Oh right, will I be rich?” Which is almost pretty depending on where you shop. And the pretty question infects from conception, passing blood and breath into cells. The word hangs from our mothers' hearts in a shrill fluorescent floodlight of worry.

“Will I be wanted? Worthy? Pretty?” But puberty left me this funhouse mirror dryad: teeth set at science fiction angles, crooked nose, face donkey-long and pox-marked where the hormones went finger-painting. My poor mother.

“How could this happen? You'll have porcelain skin as soon as we can see a dermatologist. You sucked your thumb. That's why your teeth look like that! You were hit in the face with a Frisbee when you were 6. Otherwise your nose would have been just fine!

“Don't worry. We'll get it fixed!” She would say, grasping my face, twisting it this way and that, as if it were a cabbage she might buy.

But this is not about her. Not her fault. She, too, was raised to believe the greatest asset she could bestow upon her awkward little girl was a marketable facade. By 16, I was pickled with ointments, medications, peroxides. Teeth corralled into steel prongs. Laying in a hospital bed, face packed with gauze, cushioning the brand new nose the surgeon had carved.

Belly gorged on 2 pints of my blood I had swallowed under anesthesia, and every convulsive twist of my gut like my body screaming at me from the inside out, “What did you let them do to you!”

All the while this never-ending chorus droning on and on, like the IV needle dripping liquid beauty into my blood. “Will I be pretty? Will I be pretty? Like my mother, unwrapping the gift wrap to reveal the bouquet of daughter her $10,000 bought her? Pretty? Pretty.”

And now, I have not seen my own face for 10 years. I have not seen my own face in 10 years, but this is not about me.

This is about the self-mutilating circus we have painted ourselves clowns in. About women who will prowl 30 stores in 6 malls to find the right cocktail dress, but haven't a clue where to find fulfillment or how wear joy, wandering through life shackled to a shopping bag, beneath those 2 pretty syllables.

About men wallowing on bar stools, drearily practicing attraction and everyone who will drift home tonight, crest-fallen because not enough strangers found you suitably fuckable.

This, this is about my own some-day daughter. When you approach me, already stung-stayed with insecurity, begging, “Mom, will I be pretty? Will I be pretty?” I will wipe that question from your mouth like cheap lipstick and answer, “No! The word pretty is unworthy of everything you will be, and no child of mine will be contained in five letters.

“You will be pretty intelligent, pretty creative, pretty amazing. But you, will never be merely 'pretty'.”




Katie Makkai
(Estados Unidos)
LICENCIADA EN ESCRITURA/SLAMMER/
COFUNDADORA DEL PROGRAMA DE POESÍA DENVER
National Poetry Slam, 2002



17 de julio de 2020

Tamara Domenech, 3 poemas 3 (de La escuela, el castillo)


Obra de Yuko Shimizu
Yo me tendría que haber avivado.
Antes de sentirme viva.
Que a través de las células se transmiten cosas que vienen dentro de nosotros.
Una política.
Una ideología.
Una personalidad.
Una manera de pensar las cosas.
Yo desconfío.
Las personas no cambian.
No pueden cambiar por una simple eyaculación.
O sí. 
Pero no fue mi caso.
A mí me cuesta enfrentar un ideal, no porque no lo tenga claro,
sino porque sí o sí me enfrento con un padre cuando una tiene un hijo.
Son dos luchas.
La que yo quiero transmitir y la del otro.
Que transmite totalmente al revés lo que para mí es de una manera.
Que uno se pueda enamorar de otra persona es una posibilidad.
Pero cómo se lo decís a un hijo.
Me enamoré de otra o tu mamá es una cucaracha.
Me enamoré de otra o tu mamá no lo sabe.
Me enamoré de otra o no se lo cuentes a nadie.




Ilustración de @futurepowerstation 
basada en una imagen de Yuko Shimizu
MATERNAL

Martes 14 de julio de 2015

La tristeza se me va cuando veo el cuchillo.
Corto la torta para mi hijo y reparto.
Cortar es repartir y me toca un pedazo.
No como nunca.
Podría vivir sin comer.
Pero hoy me sirvo una porción y la disfruto sentada.
Con este cuchillo de filo plateado y mango azul defiendo.
Mi paz.
Mi paladar.
La paz de mi paladar.
El paladar de mi paz.
No me lastima.
Me protege.
De mí.
Voy a probar moverme con un cuchillo invisible en la mente.
En mi corazón.
En el bolsillo de la campera.
No voy a dejarme sin comida.
Una torta.
Son doce porciones de amor.
Mi hijo me regala la oportunidad de quererme.



Obra de Yuko Shimizu
FÉRTIL

Martes 8 de septiembre de 2015

De los treinta años que tengo llevo veinte de fertilidad.
Un total de doscientos cuarenta óvulos.
Menos tres hijos.
Vi doscientas treinta y siete veces una parte de mi cuerpo irse por un inodoro 
o estancada en un algodón en un tacho de basura.
A mí me llegó tarde.
A los dieciocho recién cumplidos.
No tuve susto ni nada.
Mis amigas me lo habían anticipado desde la primaria.
Mi mamá no.
Ella nunca me dijo que un hijo era la unión de lo que yo veía caer 
y una célula que el varón tenía o se sacaba.
A mí eso me sigue llamando la atención.
Los colores.
Rojo y blanco.
Cuando estoy con mis hijos los veo en rosa por definición fisiológica.
No me entra en la cabeza que un charquito 
y un poquito de espuma los haya formado.
Esa unión es un paisaje en una cama.
En la que mi marido ya no duerme.
Si yo dibujo no me quiero separar.
No hay desechos.
Me siento una flor boreal.
de La escuela, el castillo, Ediciones Liliputienses, 2020



Tamara Domenech 
(La Plata, Bs. As., Argentina, 1976)
Reside en CABA
POETA/ESCRITORA/COMUNICADORA SOCIAL/DOCENTE
EDICIONES PRESENTE/GESTORA CULTURAL/ARTISTA VISUAL
de La escuela, el castilloEl Ojo del Mármol, Argentina, 2018
de La escuela, el castilloEdiciones Liliputienses, España, 2020
para leer una entrevista en ZIBILIA
para leer + en su BLOG

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